El Jueves Santo de 2025, España y Marruecos exhibían sintonía en una declaración conjunta de sus respectivos ministros de Exteriores refiriéndose a que las relaciones entre ambos atravesaban su “mejor momento histórico”. Un mensaje en el que insistió durante los meses siguientes José Manuel Albares y que en el fondo da cuenta de una relación históricamente cíclica, con la posición sobre el Sáhara como telón de fondo y los conflictos latentes por la soberanía de Ceuta y Melilla o las aguas territoriales de Canarias. Tras la crisis de Ceuta, que fuentes de Moncloa llegaron a tildar de “ataque híbrido”, se ha evitado, sin embargo, un enfrentamiento diplomático como el que desembocó tras el cruce masivo de la frontera en 2021 o antes con Perejil. Todo lo contrario.
En Moncloa insisten en priorizar el modelo de la colaboración frente al de la confrontación, defendiendo sus mayores réditos ante las críticas de complacencia por todo el Congreso, y aseguran que la comunicación en estos momentos “es fluida” entre gobiernos a través de los ministros homólogos. Se remarca la colaboración durante las primeras horas para permitir la devolución de uno de cada diez migrantes que entraron de manera irregular. Con todo, se ha extremado la cautela y la desconfianza, hasta el punto de que Pedro Sánchez ha pedido cambiar la cooperación e iniciado un giro durante su viaje esta semana en Nueva York para reconocer que el control fronterizo de Rabat “falló”.
La desconfianza, aunque negada públicamente, se deja sentir también al intentar europeizar las relaciones y los territorios fronterizos, acudiendo a Frontex o con el jefe del Ejecutivo cargando contra “la falta de solidaridad por parte de muchos de sus gobiernos [de la UE] durante la crisis”. Las dudas se esconden menos desde el ministerio de Juventud e Infancia respecto al papel que jugará Rabat para facilitar la reagrupación familiar de los menores migrantes en Ceuta. En definitiva, se desliza la conclusión de que la relación es demasiado importante para romperse, aunque sin dejar de ser tensa y conflictiva.
Sánchez ha zigzagueado durante los últimos días en sus declaraciones, combinando los fallos al otro lado de la frontera los días 30 y 31 y aplaudiendo el “despliegue muy importante” de la gendarmería marroquí este mismo miércoles, ante las nuevas alertas de entradas masivas, o el pasado 15 de agosto. Fuentes del Gobierno mostraban una confianza recelosa el pasado miércoles al anticipar sobre la posibilidad de un nuevo asalto que “a Marruecos tampoco le interesa”. La vulnerabilidad española se reconoce así, pero también la interdependencia de Rabat y su coste de intensificar la crisis.
La complejidad de las relaciones bilaterales entre España y Marruecos se traduce en los altibajos asociados a la posición sobre el Sáhara, sobre todo en los últimos años, pero su principal termómetro es la frontera. De forma más tangencial se ha visibilizado la competición dentro de la colaboración en asuntos como la organización de la Copa Mundial de la FIFA, con la disputa sobre qué país acogerá la final, o la recuperación de España de las relaciones con Argelia, el rival magrebí de Marruecos. Sánchez se reunió con el presidente Abdelmadjid Tebboune en Argel solo diez días antes de la crisis en Ceuta y acordaron apuntalar esta nueva fase con una Reunión de Alto Nivel en Madrid este otoño.
Viaje del Rey
Con el ánimo de visibilizar estabilización, se ha anunciado un encuentro en Nueva York, en el marco de la semana de alto nivel de la ONU, entre Albares y su homólogo Nasser Bourita. Habitualmente, las crisis entre España y Marruecos suelen cerrarse políticamente con visitas o reuniones de alto nivel. Después del episodio de Perejil, por ejemplo, las relaciones se reimpulsaron con la Reunión de Alto Nivel en Marrakech en 2003. Algo más tiempo se necesitó tras la entrada masiva a Ceuta en 2021, además de un giro previo de España sobre el Sáhara al abrazar la propuesta de autonomía, aun con el matiz de ajustar la solución a las resoluciones de Naciones Unidas.
El ministro de Exteriores marroquí, Nasser Bourita, y el español, José Manuel Albares, en Madrid. / ALBERTO ORTEGA / EUROPA PRESS
Lo que sí está en la agenda “para las próximas semanas” es la visita del Rey a Ceuta y Melilla. A expensas de la reacción que genere en Rabat. Tras la última visita, realizada en 2007 por el ahora Rey emérito con José Luis Rodríguez Zapatero en La Moncloa, Marruecos respondió con la retirada de su embajador en Madrid. Asimismo, impulsó manifestaciones de protesta antes y durante las visitas de los Reyes eméritos a las dos ciudades.
El objetivo del Gobierno es mostrar contundencia ante la innegociable españolidad de estos territorios, que incluso después de la crisis migratoria tildaron como “ocupados” varios representantes marroquíes. Mientras tanto, desde Moncloa se defiende que Sánchez siempre ha sido “valiente en materia de política exterior”, acuciado por las críticas transversales de los grupos parlamentarios por exculpar a Marruecos de toda responsabilidad.
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