Tiene 63 años, vive en París, es cosmopolita y presenta trazas de dandismo. Es uno de los hombres más ricos del mundo. No es David Guetta. Ni Zidane. Mohamed VI es el rey de Marruecos y está de moda por haber supuestamente ordenado u alentado la llegada masiva de inmigrantes a Ceuta el pasado 31 de julio.
El rey ausente, lo llaman en su país, el rey enfermo, también. Lo de enfermo es una cantinela recurrente. Ya en 2023 fueron muchas las informaciones alarmantes sobre su enfermedad, la sarcoidosis, un trastorno inflamatorio crónico que afecta a órganos como los pulmones. Como hay que tratarlo con corticoides, a veces aparece algo hinchado. A él se le hincha la cara y a nosotros se nos hinchan otros órganos al ver cómo alienta la reclamación, infundada, de Ceuta y Melilla o cómo propicia estas marchitas verdes para colapsar Ceuta.
Su gran batalla ahora es albergar la final del Mundial de Fútbol 2030. Si lo consigue sería un triunfo para él y la certificación de nuestra necedad. Pudiendo ganar y alzar la copa del Mundial en el Bernabéu, el Nou Camp o el estadio de La Cartuja, tendría su gracia que nos proclamáramos campeones del orbe balompédico en Rabat.
Pese a ser como un mandatario a lo feudal, aparenta modernidad. Está aprovechando en política exterior el favor de Donald Trump y de Israel, que le están dando alas. Su país, con un enorme potencial y en desarrollo, no termina de encumbrarse al primer mundo y aún depende, y tanto, de las ayudas, por ejemplo, de España y la UE, socio preferente. Pero España no lo presiona con esto, trata de apaciguarlo. Siempre con el mismo resultado: no se apacigua.
Mohamed VI es amable, taimado, buen negociador y hombre paciente. Le gusta que lo interpreten. Cuando hace esperar horas a cualquier ministro de Exteriores, el infortunado suele tratar de interpretar a qué obedece esa descortesía. En Marruecos hay una supuesta prensa libre. Y periodistas en la cárcel. Una supuesta libertad política. Y partidos proscritos. Gran país, si tuviera buen señor. Prefiere tener vasallos o súbditos. Las prerrogativas del rey son amplísimas y se reserva el nombramiento de los denominados ministros de Estado: la mayoría, las carteras más estratégicas y sensibles.
En cuanto a su vida personal, se casó en 2002 en el palacio real de Rabat con la princesa Lalla Salma, de soltera Salma Bennani. Fue la primera esposa de un monarca marroquí en recibir un título real oficial y aparecer en los medios. Es la madre del príncipe heredero Mulay Hasán y de la princesa Lalla Khadija. Se divorciaron en 2018 y desde entonces no se le conocen otras relaciones o sí pero son discretas.
No sabemos si la prensa rosa marroquí goza de libertad de movimientos, pero en estos tiempos de redes sociales transnacionales, los cotilleos son muchos. En Francia, la prensa frivolona lo trata a veces como un socialité más. Aprendió de niño español gracias a una cuidadora, se educó en el árabe marroquí y en francés, habla también inglés. Se puede coartar a un país, y al vecino, en varios idiomas.
Pertenece a la dinastía alauí; es el décimo octavo monarca de esta estirpe; le gustan los perfumes, la buena ropa y algunos deportes. También los relojes. Y viajar a Grecia. Posee múltiples propiedades inmobiliarias, entre ellas, que se sepa, un palacete en París. Es hijo de Hassan II y nieto de Mohamed V, reyes muy conocidos para bien y para mal por varias generaciones de españoles. Tiene cinco hijos, entre ellos, el príncipe heredero ya citado, Mulay Hasán (nacido en 2003). No tiene con Felipe VI la sintonía ni el trato que su padre y su abuelo tuvieron con Juan Carlos I o con Franco, pero considera, cuando le conviene, que son «familia».
El Gobierno español sondeó la posibilidad de que Felipe VI hiciera una llamada al monarca marroquí unos días después de la entrada masiva de migrantes. No se produjo, no sabemos qué efecto tendría.
Nuestro personaje lleva en el trono desde 1999. Parece que le queda cuerda para rato y que también le quedan para rato compatriotas jóvenes con ganas de vivir en un mundo más próspero y libre que lanzar contra una valla y desentenderse de ellos a mansalva. Él lo sabe. Realmente.
Fuente: La Opinión de Málaga














