La Real perdió por goleada un partido por un resultado difícil de explicar desde lo visto sobre el verde en los primeros 80 minutos. Solo pueden hacerlo dos cosas: el enorme talento ofensivo de la millonaria plantilla del Atlético, que tiene capacidad de finiquitar partidos pese a no ser mejores, y el penalti de Ochieng que cambió, más allá de los ajustes del Cholo y de la tardanza de Matarazzo en reaccionar, el devenir del encuentro. No es cuestión ya de si un fragmento del nuevo reglamento, matizado por enésima vez, justifica, desde una interpretación concreta, que una acción pueda ser penalti, pueda no serlo, pueda ser cosa del directo o de intervención segura de los miembros arbitrales de la sala VOR. Porque conviene ya dejar de llamar VAR a la herramienta, ya que la utilización de la misma corre a cuenta de los colegiados. Es que los árbitros estén cambiando resultados, decidiendo los guiones de manera ya naturalizada desde hace un tiempo. Más que los extremos, por poner un ejemplo, que han perdido creatividad en general pero sobre todo protagonismo, como los demás jugadores, por las actuaciones arbitrales demasiado invasivas, subjetivas y decisivas. Se quejó con razón Matarazzo, que viene de ver la roja de Jon Martín el pasado lunes. Juan Martínez Munuera, que además tiene un historial de sobra conocido en concreto con la Real, tuvo ya una actitud cuestionable durante los 90 minutos, pero el rebote del cuerpo de Ochieng, que desafortunadamente le dio en el brazo, le dio la excusa perfecta para señalar la pena máxima y ser protagonista y verdugo una vez más. A ver qué le toca a la Real en la siguiente tirada a la ruleta que es ahora el fútbol. En esta, le tocó quiebra.











