Internet cambió todo aquello: nos preguntamos si algunas veces nos hemos limitado a sustituir el sobre con el manual por una plataforma. Tenemos vídeos. PDF. Videoconferencias. Foros. Aplicaciones. Y ahora Inteligencia Artificial.
Pero las grandes preguntas siguen siendo exactamente las mismas: ¿está aprendiendo el alumno? ¿Se siente acompañado mientras aprende?
Una buena educación online no debe definirse por la distancia. Debe definirse, al contrario, por la cercanía. Puede parecer contradictorio. Pero no lo es: una mala educación presencial puede dejar solo al alumno rodeado de treinta personas. Y una excelente educación online puede conseguir que una persona situada a cientos de kilómetros sienta que su profesor sabe quién es, cómo progresa y cuando necesita ayuda. Un estudiante puede encontrarse físicamente a quinientos kilómetros de su profesor ysentirse acompañado. Y otro puede estar sentado en la última fila de un aula y sentirse completamente solo.
Por eso el verdadero desafío de la educación virtual-online no es tecnológico. Es humano. Hay muchas razones para elegir esta modalidad. Trabajar. Tener responsabilidades familiares. Vivir en otra isla. No poder desplazarse diariamente. Desear cambiar de profesión. Necesitar flexibilidad.
En Canarias esta posibilidad adquiere todavía mayor importancia. Nuestro territorio es fragmentado en islas. No podemos esperar que toda persona encuentre físicamente cerca de su domicilio toda la formación que desea cursar.
La tecnología puede acercar oportunidades: pero el desafío de la educación online no es tecnológica, es humana.
La tecnología puede acercar oportunidades. Pero sólo si ofrecemos educación. No simplemente contenidos. Porque una plataforma no es un centro educativo. Un vídeo no es un profesor. Online no significa trasladar el aula a una pantalla. Uno de los errores inviables de la digitalización educativa consistió en reproducir virtualmente el modelo presencial: una clase de una hora frente a la pizarra se convertía en un vídeo de una hora. Los apuntes impresos pasaban a PDF. El profesor hablaba por videoconferencia y considerábamos digitalizado el aprendizaje. Esto es cambiar simplemente de canal y no necesariamente transformar la educación.
Cada medio posee un lenguaje propio. La educación virtual-online debe diseñarse específicamente para este entorno: contenidos adaptados, vídeos breves, actividades interactivas, simulaciones, casos prácticos, retroalimentación frecuente, tutorías, trabajo colaborativo, seguimiento de la actividad, encuentros síncronos cuando aporten valor. No basta, por tanto, con disponer de una plataforma. Necesitamos una metodología apropiada a la modalidad.
Y disponer de información no significa aprender. La buena educación virtual necesita metodología. Necesita un profesor presente. Tutoría. Seguimiento. Actividades. Retroalimentación. Compañeros. Evaluación. Y una estructura que ayude al estudiante a organizarse.
Hay un enemigo especialmente peligroso en la modalidad online: la desaparición silenciosa. El alumno que una semana no participa. Después otra empieza a retrasarse. Encuentra dificultades. No pregunta. Y finalmente abandona.
En la enseñanza presencial podemos observarlo. En la virtual necesitamos aprender a verlo de otra manera. Paradójicamente, la propia tecnología puede ayudarnos. Podemos detectar una desconexión. Observar el progreso. Ofrecer apoyos. Personalizar ejercicios.
Una buena educación online no debe definirse por la distancia. Debe definirse, al contrario, por la cercanía. / ICSE
La Inteligencia Artificial ampliará enormemente estas posibilidades. Pero hay algo que no deberíamos delegarle: la responsabilidad de preocuparnos por la persona. La FP plantea además un desafío particular. Una profesión no se aprende únicamente mirando una pantalla.
Hay cosas que hay que hacer. Manipular. Practicar. Experimentar. Trabajar. Relacionarse con otras personas. La soledad es el gran enemigo invisible. Cuando pensamos en tecnología educativa, solemos preocuparnos solo por plataformas o contenidos…
Hay, además, algo muy importante a tener en cuenta: la posible soledad del alumno que estudia online. El alumno que deja de conectarse, que acumula actividades, que encuentra una dificultad y no pregunta o que pierde progresivamente la motivación, puede desaparecer silenciosamente.
En un aula presencial, el profesor lo ve, pero en un entorno virtual hay que aprender a detectarlo. Ahí adquieren importancia: la analítica de aprendizaje, el seguimiento, el contacto tutorial, la interacción con compañeros o profesores. La tecnología puede ayudarnos precisamente a mejorar el seguimiento si sabemos utilizarlo correctamente.
En ICSE estamos convencidos de que la formación virtual-online tiene un enorme recorrido, especialmente en Canarias.
Por eso no creo en una oposición sencilla entre presencial y virtual. Creo en utilizar inteligentemente cada entorno. Podemos aprender conocimientos online. Simular situaciones. Resolver casos. Trabajar proyectos.
Y después acudir allí donde realmente sea necesario. Un laboratorio. Un taller. Un centro sanitario. Una empresa. Ahí veo precisamente una gran posibilidad para la Formación Profesional del futuro. Educación online y aprendizaje en empresa. Una parte aporta flexibilidad. La otra aporta realidad. Y el centro educativo debe conseguir integrarlas.
También debemos desterrar otro prejuicio. Que estudiar online sea más fácil. No debería serlo. Debe ser más flexible. Que es algo completamente diferente. Un buen estudiante virtual necesita disciplina, autonomía y responsabilidad. Y un buen centro virtual necesita probablemente todavía más capacidad de seguimiento.
Ésa será nuestra exigencia. En ICSE estamos convencidos de que la modalidad virtual-online tiene un enorme recorrido, especialmente en Canarias. Pero no queremos defenderla simplemente porque permita llegar a más alumnos. Eso sería insuficiente. Queremos demostrar que puede proporcionar una experiencia educativa excelente.
La educación ha vivido durante siglos alrededor de tres coincidencias: todos en el mismo lugar; a la misma hora; avanzando aproximadamente al mismo ritmo. La tecnología nos permite romper esas barreras. Pero la libertad sólo será verdaderamente educativa si va acompañada de responsabilidad. Quizá dentro de algunos años dejemos incluso de preguntarnos si una formación es presencial u online. Nos preguntaremos algo mucho más importante: ¿es una buena educación? Ésa debería ser siempre la cuestión.













