A principios de mes dio el pistoletazo de salida a la décima temporada de nombramiento de grandes borrascas y danas. Un proceso clave no solo para la identificación técnica y científica de estos fenómenos meteorológicos sino, sobre todo, en la comunicación pública. Y es que está demostrado que la población presta más atención a los avisos de fenómenos adversos y las recomendaciones de seguridad si las amenazas están asociadas a un nombre. Pero, ¿cómo se adjudican estos identificativos?
José Ángel Núñez, jefe de Climatología de Aemet en la Comunitat Valenciana, señala que las borrascas que reciben nombre son aquellas que «se profundicen de tal manera que puedan producir un gran impacto en bienes y personas». La decisión, añade, combina criterios objetivos con una valoración que en ocasiones tiene también un componente subjetivo, ya que «hay que valorar el impacto probable».
No siempre resulta sencillo determinar ese impacto, explica el especialista. «En algunas ocasiones está claro que el impacto va a ser generalizado, en otros casos va a afectar a una zona reducida, pero con impacto potencial alto», apunta Núñez. Por ello, el nombramiento no depende únicamente de alcanzar una determinada cifra en los registros meteorológicos, sino también de la previsión sobre las consecuencias que puede tener el episodio.
En el caso de España, el criterio general parte de la previsión de avisos de viento de nivel naranja o rojo asociados a la borrasca en alguno de los seis países que integran el Grupo Suroeste. Los umbrales españoles se sitúan en rachas máximas superiores a 90, 100 o 110 kilómetros por hora, dependiendo de la zona. Pero el viento no es el único elemento que puede acabar dando nombre a una borrasca.
«Este criterio se podrá relajar en cuanto al impacto del viento», explica el delegado de Aemet, cuando las precipitaciones asociadas puedan ser también importantes y dar lugar a avisos naranjas o rojos. En el caso de las danas, incluso pueden recibir nombre «en ausencia de avisos por viento», ya que los fenómenos más adversos asociados a estos sistemas están vinculados fundamentalmente a las lluvias o nevadas intensas o persistentes. «Una borrasca o dana nombrada es un fenómeno de los que llamamos escala sinóptica, que abarca cientos de kilómetros», explica. Eso no significa que las consecuencias vayan a ser idénticas en todos los territorios afectados, pero sí que «tendrá alto impacto en alguna».
Evolución en el sistema
El sistema ha ido evolucionando con el tiempo. «Hace 10 años se empezó con un criterio muy estricto, solo impactos por viento que aquí son 90-100 km/h», recuerda Núñez. Posteriormente se fueron incorporando las precipitaciones y, desde el año pasado, se introdujo una modificación relevante: «No es necesario que exista borrasca, la presencia de una dana que deje lluvias de gran impacto es suficiente».
La medida permite además diferenciar entre las distintos episodios. El delegado de Aemet recuerda que una danaes un sistema de baja presión situado en los niveles altos de la troposfera y que se ha separado por completo del flujo atmosférico en altura. Pero al igual que sucede con las borrascas, «no todas las danas provocan un gran impacto» y «algunas no tienen consecuencias en el tiempo sensible».
La precisión cobra especial relevancia en la Comunitat Valenciana después de los últimos episodios catastróficos. «Ahora cada vez que oímos hablar de dana puede entrar cierta angustia al asociarlas a las riadas de 2024. Con el nombramiento de danas, que no existía en 2019 o 2024, las que se consideren que tendrán gran impacto recibirán nombre propio, como lo recibió Alice el año pasado», apunta el especialista.
La población está «más atenta»
Pero ¿para qué sirve realmente poner un nombre? Para Núñez, fundamentalmente, para mejorar la comunicación del riesgo. «El hecho de nombrar a las borrascas y danas con gran impacto favorece que la comunicación sea más efectiva ante un episodio adverso de viento», explica. El sistema ya se había utilizado durante dos temporadas en el Grupo Oeste europeo antes de extenderse al Grupo Suroeste durante la temporada 2017-18. Las encuestas realizadas en Reino Unido e Irlanda mostraron que la población estaba más «atenta» a los avisos y a las recomendaciones de seguridad cuando la amenaza de viento estaba «claramente identificada y asociada al nombre de la borrasca».
En España, los nombres de Gloria, en enero de 2020, y Filomena, en enero de 2021, ya forman parte del imaginario meteorológico reciente. Eso sí, la ausencia de nombre no significa ausencia de riesgo. «Puede haber avisos por fenómenos que no estén provocados por danas o borrascas y que localmente tengan gran impacto», advierte Núñez.
Las reglas
Los identificativos tienen sus propias reglas y no los decide Aemet en solitario. Cada año, uno de los seis servicios meteorológicos que integran el sistema —Aemet, Météo-France, IPMA, RMI, MeteoLux y el Servei Meteorològic Nacional de Andorra— realiza una propuesta que después se somete a la valoración del resto. Es un proceso consensuado: «A veces se descarta algún nombre porque ya haya sido nombrada en otro año y haya provocado un impacto catastrófico», explica Núñez. Y existe incluso un criterio lingüístico: «Otras, por ser un nombre inapropiado en algún idioma».
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