Los bonos se han convertido en la principal preocupación de los mercados en lo que va de semana, y es que los temores inflacionarios por el repunte del crudo han disparado los rendimientos a máximos de varias décadas en las principales economías del mundo.
Esta situación está provocando caídas también en la renta variable, ya que «cuanto mayor sea el rendimiento de los bonos, menos inclinados —o menos obligados— se sentirán los inversores a pagar precios elevados por clases de activos alternativas, como las acciones», explican en AJ Bell.
Como ejemplo de la situación, Russ Mould, director de inversiones de AJ Bell, se fija en Reino Unido, donde «el bono británico a dos años anticipa nuevas subidas de los tipos de interés, la rentabilidad del bono a diez años supera ya en casi 1,75 puntos porcentuales la rentabilidad por dividendo del FTSE 100, y el rendimiento del bono a treinta años se sitúa en su nivel más alto desde 1998, ante la inquietud de los mercados por el aumento del endeudamiento público y su sostenibilidad».
No obstante, encuentra «un argumento» que sostiene que el aumento de los rendimientos de los bonos «no es una mala noticia, sino una buena, ya que constituye una consecuencia lógica de unas tasas de crecimiento económico saludables, especialmente en términos nominales».
«También puede representar una vuelta a la normalidad tras la etapa atípica de la década de 2010 y principios de la de 2020, cuando los tipos de interés oficiales y los rendimientos de los bonos de referencia se situaban cerca de cero. Aquello implicaba un coste del dinero —y del tiempo— prácticamente nulo, lo cual carecía de verdadero sentido», agrega.
No obstante, asegura que «los consumidores, las empresas y los inversores podrían verse afectados, aunque de distintas maneras», como a través de los tipos de interés de las tarjetas de crédito, las hipotecas y los préstamos para automóviles, que «subirán si aumentan los rendimientos de los bonos, ya que los prestamistas buscarán preservar los márgenes de sus carteras de crédito y gestionar el riesgo».
Además, señala que «los beneficios empresariales podrían verse perjudicados si el mayor coste de la deuda frena la demanda y la inversión», lo que a su vez, «podría afectar a las valoraciones de la renta variable y a los principales índices bursátiles, los cuales también podrían flaquear si los mayores rendimientos de los bonos convencen a los inversores de buscar rentas en la deuda pública en lugar de en las acciones y, en teoría, asumir menos riesgos en el proceso, al menos en términos nominales».
«Unos rendimientos de los bonos más elevados implican también tasas de descuento más altas en los modelos de flujo de caja descontado (DCF) y, por tanto, valoraciones teóricas de la renta variable más bajas, especialmente para aquellas empresas cuyos años de mayores beneficios y generación de caja se sitúan en el futuro, como las compañías tecnológicas y biotecnológicas», agrega.
No obstante, matiza que «unos tipos de interés y unos rendimientos de los bonos más elevados no suponen necesariamente el fin de una tendencia alcista en la renta variable».
«Por el momento, el aumento de los rendimientos de los bonos no está perjudicando excesivamente al FTSE 100, que sigue cotizando cerca de sus máximos históricos, a un paso de la cota de los 11.000 puntos y con una subida superior al 100% respecto a los mínimos registrados en marzo de 2020 a causa de la COVID-19″, concluye.













