Hace ya algo más de dos años que el presidente del Gobierno se tomó cinco días para meditar si seguía o no seguía en La Moncloa. Tomó la decisión, la comunicó a la ciudadanía y lleva sus dos años gobernando entre convulsiones e inercias. Con este precedente, habrá aprovechado sus vacaciones en La Mareta para reflexionar a fondo sobre sus tareas de gobierno más inminentes. Evidentemente, el intento de invasión de Ceuta le habrá llevado a grandes preguntas: ¿Qué hacer con las fronteras cuando se dice ser partidario de un mundo sin fronteras? ¿Cómo lograr que las regularizaciones de inmigrantes esquiven la ley física del efecto llamada? O: ¿Cómo no desairar a Mohamed VI cuando envía una masa disruptiva de marroquíes a Ceuta?
Otras cuestiones de Estado habrán ocupado su mente en La Mareta: ¿Qué hago con Puigdemont? ¿Qué pasa con los díscolos del PSOE y con los jueces sectarios? ¿Hay manera de anular a Trump, Netanyahu, Meloni, Le Pen y Milei? El siguiente capítulo no es menos acuciante: ¿qué voy a hacer para que no se me reproduzcan los Koldo, Ábalos, Cerdán, Zapatero y Leire? Terminan las vacaciones y los juzgados reemprenden su actividad, la Guardia Civil sigue con sus pesquisas y los jueces desempolvan legajos y transcripciones telefónicas.
Por lo que se ve, en Ceuta, mando único; con Puigdemont, que lo arregle Illa; de Trump ya se cuida Albares, pero ahí seguirán los jueces con su poder independiente, infatigables y en algunos casos con exceso de celo. Los casos mayores son de corrupción y cualquiera sabe que solo la rectitud y la transparencia institucional (el imperio de la ley) pueden salvar a un país de verse chapoteando en páramos corruptos. Que haya corruptos coincide con el anquilosamiento de los partidos y su falta de sistema de refrigeración.
Latente siempre está la corrupción como atavismo, al igual que la vieja picaresca, y, por efecto, la vieja burbuja en la que el corrupto-corruptor se considera inmune a todo, inviolable, como en una cristalización matemática. Los cálculos del corrupto, según cree, nunca pueden fallar. Algo le hace invulnerable: en consecuencia, más osado. Así han estallado algunos episodios escabrosos en esos tiempos de Pedro Sánchez. Ahora Ceuta puede ser su fatalidad pero, en caso de colapso, la corrupción va a ser la última gota. Hace quien sabe cuándo existía algo que se llamaba ejemplaridad. La presidencia de Jimmy Carter coincidió con la etapa de primer ministro del laborista James Callaghan en el Reino Unido. La relación fue buena, incluso personalmente. Carter no pasará a la historia por los aciertos de su política exterior, ni Callaghan podrá evitar el borrón de haber tenido que apelar, por su mala política económica, a la intervención del FMI. Pero compartían un cierto sentido de la honestidad. Callaghan tenía un traje hecho de un paño en el que sus iniciales, coincidentes con las del líder británico, iban entretejidas. Le ofreció a Carter los retales sobrantes para hacerse un traje por su cuenta. Carter lo rechazó: como presidente, no podía aceptar regalos. Acabó pagando cinco libras esterlinas de su bolsillo y así pudo mandarse hacer su propio traje. A saber si cosas así todavía ocurren en este valle de lágrimas.
Escritor y periodista
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