En el “Señor de los anillos”, esa exitosísima trilogía fílmica basada en las novelas de J.R. Tolkien, aparece la Dama Galardiel y sus acólitas, las damas de los Elfos, que campan en su bosque encantado y cuentan con incomparables poderes. Dicen algunos que para desarrollar la idea el autor, que era filólogo y profesor universitario en Oxford, se inspiró en las Xanas asturianas, que nuestra tradición de origen celta describe como bellas jóvenes de larguísimos cabellos rubios o platinos, que habitan en ríos, fuentes, manantiales, cuevas y cascadas, y supongo que, como Galardiel, también en los bosques, especialmente en los húmedos, que antes del cambio climático, eran abundantes en la tierra de Jovellanos. Cabe añadir que, a diferencia de otros trasgos de nuestra tradición, su influencia es siempre positiva.
Los escépticos es probable que no crean en su existencia, pero, apunto aquí, tenemos hasta un Desfiladero de las Xanas, así que, algo debe o debió haber detrás. En todo caso, nunca hemos contado con un experto que nos explicase cómo se comunican, no entre ellas, sino con nosotros, que es lo que nos interesa. Pero lo hacen, y a mi me han hablado.
Este mes tenía una magna reunión de celebración de un cincuentenario con compañeros de profesión, compañeros de una vida, y, preparada la ocasión con mimo y cuidado, teníamos previsto cortar el veraneo y salir para allá con tiempo suficiente para poner en marcha la casa, pero la fecha prevista nos daba 41º en destino, lo que hacia prever un desembarco infernal, de modo y manera que retrasamos cuatro días la salida, en la que unos agradables 28º nos iban acoger, pero, un traicionero covid me atrapó, no sé dónde, y me tumbó de mala manera durante un par de días de fiebre alta y posterior recuperación. Por fin, el pasado domingo, con diez días de retraso sobre las previsiones, nos pusimos en marcha.
En el Infanzón noté que el coche iba falto de alegría. Más allá, en el alto de Buenos aires, apenas una tachuela que en la Vuelta no considerarían de tercera, tuve que meter tercera para llegar arriba. Algo iba mal, muy mal, de modo que me di la vuelta pensando si llegaría a Gijón. Y de nuevo pasado Villaviciosa hubo que meter tercera, y fue quizás allí, viendo los bosques que salpican las laderas, cuando me acordé de las xanas, y pensé que quizás era esta la forma de enviarme su mensaje.
El coche está en el taller, aún sin diagnóstico, pero, yo he decidido anular mi participación en el encuentro con los compañeros, y es que hay que saber escucharlas cuando te hablan, aunque no existan.
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