Marco Tirado recuerda perfectamente el día que abrió las puertas de su restaurante. Era un 8 a gosto, en pleno verano, y la calle Galera vigilaba con expectación la nueva propuesta de vinos y pinchos que se asomaba tímidamente desde el número 43.
El día anterior, la sensación general en el establecimiento era de estar llegando tarde a algún sitio. «Estábamos a contrarreloj, era caótico. Cuando mi padre vio todas las cajas de vino sin colocar, por las mesas y el suelo, se llevó las manos a la cabeza y pensó: ‘¿Dónde se han metido estos?’«, recuerda entre risas el copropietario de Jaleo.
El plural es por su socia, la chef Ángeles Marzoa, de cuyas manos parten uno de los busques insignia de esta ya famosa vinoteca de A Coruña. Cada día, entre las rondas del mediodía y de la noche, el local llega a despachar alrededor de 400 tapas, aunque el récord -indica la cocinera-, está en 630 pinchos.
Alguno de los pinchos de Jaleo. / Carlos Pardellas
Las cifras no incluyen las raciones ni los platos que dejan a un lado la barra para refugiarse en el pequeño comedor del restaurante. La cocina siempre tiene lío y quizá por eso el nombre le siente como un guante. «Mi padre no pensó que fuéramos a tener tanto éxito, auque siempre nos apoyó. Cuando vio que estaba funcionando ya respiró tranquilo, pero aún hoy dice mi madre: ‘¡Si tu padre lo viera ahora…!‘.
Jaleo, más de una década alimentando a A Coruña tras la barra
Este mes de agosto, este restaurante de pinchos ha cumplido la friolera de 13 años en una de las calles con más hostelería de A Coruña. La competencia no le ha impedido hacerse un hueco con su oferta de pinchos, que van variando según el día y la temporada, aunque algunos, admite Tirado, se han vuelto ya inamovibles.
Es el caso de la ensaladilla, la popular empanada o esa tapa de cocido que tienta en el menú cuando empiezan a bajar las temperaturas. También hay quien pasea la mirada lánguidamente por la vitrina y decide ir directo al dulce. «Hay quien viene solo a comer el postre», reconoce el hostelero, que señala la torrija como una de las grandes culpables. «Lleva desde el principio sin moverse de la carta, no la pudimos quitar«.
Aún hoy, después de haber recibido tantas veces la comanda, se muestra incrédulo por el amor de los coruñeses ante este «brioche caramelizado y empapado en leche», que ha logrado cautivar a la urbe a pesar de su sencillez. «¡Hasta la sé hacer yo y eso que no me meto en los fogones! Pero la gente dice que en casa no sale igual. Algo le hará Ángeles», comenta entre risas.
Que algo tenga que ver ese toque mágico de la cocinera no es una cábala descabellada, porque ambos se han curtido en un restaurante con estrella Michelin. En La Estación de Cambre, donde trabajaron durante años, se familiarizaron con «platos e ingredientes» que desconocían y empezaron a rumiar la idea de un local pequeño y sencillo basado en esas comidas informales en las que, tras unos cuantos pinchos y una copa, uno se descubre lleno.

Ángeles Marzoa y Marco Tirado, con uno de sus platos en Jaleo. / Carlos Pardellas
Un Jaleo en Houston
Tras tanto tiempo de proyectos, el nombre de la vinoteca acabó llegando solo. «Apareció un libro del chef José Andrés, que tiene un restaurante llamado Jaleo en Houston y decidimos llamarlo así. Su hermana viene a veces y siempre tenemos el vacile de que tiene que traer a su hermano para que conoza el segundo Jaleo», cuenta con humor Tirado.

La famosa barra de Jaleo, el restaurante de Marco Tirado y Ángeles Marzoa. / Carlos Pardellas
Habla con calma, aunque admite que materializar todo aquel sueño fue una carrera de fondo. Nadie reconocería el local que se encontraron cuando aterrizaron en la calle Galera: estaba «totalmente en obras», con la piedra escondida tras los tabiques y unos cien metros cuadrados que han tenido que ir adaptando, como el propio servicio, a los caprichos de los tiempos.
Y es que dice el hostelero que, de un tiempo a esta parte, las cosas han cambiado mucho. «Ahora se cena bastante antes y se acaba antes, ya no son esas comidas eternas. También se pide mucha más agua, sobre todo con gas. Cabreiroá está encantada con todos sus manantiales», apunta entre carcajadas.
La sonrisa se borra cuando menciona las barras como la suya, cada vez más escasas, y las comandas de vino, aunque sus 800 referencias nacionales y extranjeras siguen siendo lo suficientemente tentadoras. Él, asegura, es «muy optimista» respecto al futuro y ya piensa en el quincuagésimo aniversario, que celebrará por todo lo alto en el restaurante. A Coruña está invitada.















