El nuevo Plan General de Alicante incorpora un elemento poco habitual en la planificación urbanística: la sombra tendrá que medirse. El borrador del documento, que ha iniciado su tramitación autonómica, incluye la cobertura arbórea y la superficie urbana con sombra entre los indicadores que deberán servir para evaluar la evolución de la ciudad, junto a otros parámetros relacionados con la adaptación al cambio climático. La propuesta supone que las zonas verdes ya no se valorarán únicamente por la cantidad de metros cuadrados que tenga Alicante sino que el seguimiento deberá analizar también cómo se distribuyen entre los barrios, la cobertura vegetal y la sombra o la evolución de la isla de calor.
Eso sí, antes de plantear cómo medirla, el propio documento hace un diagnóstico crítico de la situación actual: señala que en el interior de Alicante existe una «escasa presencia y continuidad de la naturaleza urbana» y que algunos tejidos centrales, barrios consolidados y áreas industriales presentan «baja permeabilidad del suelo, poca vegetación y falta de sombra».
El Plan General advierte además de que los parques, montes urbanos y espacios libres funcionan en muchos casos como piezas aisladas, sin una red suficiente de calles arboladas y recorridos confortables que los conecte con los barrios. El problema que identifica el plan, por tanto, no es únicamente la cantidad de zonas verdes disponible, sino también cómo están distribuidas, cómo se conectan con la ciudad y qué capacidad tienen para proporcionar sombra y confort climático.
La sombra entra en el seguimiento del futuro de Alicante
A partir de este diagnóstico, el plan incorpora la cobertura arbórea y la superficie urbana con sombra entre los indicadores con los que deberá seguirse la evolución de la ciudad. También contempla el seguimiento de la cobertura vegetal y de la evolución de la isla de calor, así como de la población, las actividades y las infraestructuras expuestas a temperaturas extremas.
La propuesta supone que las zonas verdes ya no se valorarán únicamente por la cantidad de metros cuadrados que tenga Alicante y vincula estas medidas a una concepción de las zonas verdes como piezas estructurales de la ciudad. Los parques y espacios libres no se plantean únicamente como lugares ajardinados, sino como elementos capaces de cumplir funciones ambientales, sociales, paisajísticas, hidráulicas y de movilidad. Entre ellas, el documento señala expresamente la reducción del efecto de isla de calor y la mejora de la calidad del aire.
El documento plantea además que los parques incorporen criterios de adaptación climática. Entre las condiciones que recoge figuran la utilización de vegetación adaptada y de bajo consumo hídrico, arbolado suficiente para generar sombra, agua regenerada y suelos mayoritariamente permeables, además de sistemas urbanos de drenaje sostenible, espacios de estancia y juego y recorridos accesibles y seguros.
No bastará con hacer parques
El borrador establece una cifra inicial de aproximadamente 481,55 hectáreas de parques y zonas verdes de red primaria para el horizonte de población considerado en 2050. Con una población de referencia de 466.340 habitantes, el documento calcula una dotación aproximada de 10,33 metros cuadrados por habitante, aunque advierte de que estas cifras se ajustarán a medida que avance la delimitación y medición definitiva del Plan General.
Pero el propio documento advierte de que esa superficie global no será suficiente para valorar si el sistema funciona. La evaluación deberá tener en cuenta dónde están esas zonas verdes, si los vecinos pueden acceder a ellas a pie o en bicicleta, si están conectadas entre sí y, especialmente, cuánta cobertura vegetal y sombra proporcionan.
Esta cuestión cobra especial importancia porque el documento identifica precisamente la falta de vegetación y sombra como uno de los déficits de determinados tejidos urbanos existentes. Por eso, dos barrios con una superficie verde similar no tendrán necesariamente las mismas condiciones ambientales: también influirán la continuidad de esos espacios, la permeabilidad del suelo, la vegetación y la sombra disponible.
La isla de calor también será un indicador
El Plan General incluye la evolución de la isla de calor dentro del bloque de indicadores dedicado al agua, la energía, los recursos y la adaptación climática. En ese mismo apartado incorpora la población, las actividades y las infraestructuras expuestas a inundaciones, ruido y temperaturas extremas, junto a parámetros como la superficie permeable, la capacidad para retener y laminar escorrentías, el consumo energético o la producción de energía renovable.
Los valores de estos indicadores deberán actualizarse a partir de los estudios específicos que se desarrollen durante la tramitación del Plan General y de la información que aporten los organismos y entidades gestoras. El sistema definitivo deberá concentrarse en un número manejable de indicadores estructurales, entre 15 y 25, que permitan seguir de forma clara la evolución del modelo de ciudad.
Los resultados se incorporarán a informes periódicos de seguimiento y al sistema de Información Geográfica del Plan General, de manera que la evaluación permita detectar desviaciones respecto a los objetivos y localizar déficits.
Más árboles y sombra en los espacios urbanos
La adaptación climática aparece también vinculada a la regeneración de los espacios urbanos existentes. En el diagnóstico territorial, el Plan General señala que la renaturalización de calles, plazas, parcelas dotacionales y espacios libres privados puede servir para aumentar la permeabilidad, generar sombra, reducir el efecto de isla de calor y mejorar la continuidad de la infraestructura verde urbana. El documento plantea que estas actuaciones se dirijan prioritariamente a los ámbitos con menor presencia de vegetación y mayores déficits de confort climático.
La estrategia, por tanto, no consiste únicamente en sumar nuevas zonas verdes en los nuevos desarrollos, sino que plantea actuar también sobre la ciudad existente allí donde detecte déficits ambientales y de confort. La estrategia pasa por introducir más naturaleza dentro de los barrios y conectar los espacios verdes existentes mediante calles y recorridos arbolados. De esta manera, la infraestructura verde debe dejar de funcionar como un conjunto de piezas independientes y convertirse progresivamente en una red capaz de atravesar el tejido urbano.
Suscríbete para seguir leyendo













