El curso político 2026-2027 que comienza a dar sus primeros pasos viene obviamente marcado por el acento electoral en España, donde el último domingo de mayo tendrán lugar las elecciones municipales y autonómicas y antes, después o quién sabe si el mismo día -todo dependerá de la voluntad del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez- se celebrarán las elecciones generales.
Pero fuera de nuestro país tampoco es parco el calendario electoral, con citas tan sonadas como las elecciones presidenciales de octubre en Brasil, donde Luiz Inacio Lula da Silva intentará revalidar su mandato frente a otro Jair Bolsonaro, en este caso el hijo de su rival de hace cuatro años; las elecciones en Israel, también en octubre, en las que Benjamin Netanyahu se juega otra reelección; los comicios de medio mandato en Estados Unidos, que pondrán a prueba la fortaleza de Donald Trump después de un año marcado por las intervenciones en Venezuela e Irán y en último lugar, pero solo cronológicamente, las presidenciales francesas de la próxima primavera, cuando Marine Le Pen intentará de nuevo llegar al palacio del Eliseo en París.
Y todo ello sin perder de vista la sacudida histórica que pueden suponer este mismo septiembre varias elecciones regionales en Alemania, donde la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD) aparece en disposición, de creer a las encuestas, de gobernar por primera vez en Sajonia-Anhalt, uno de los tres estados federados que están llamados a las urnas, y donde tanto la derecha de la CDU como el socialdemócrata SPD tienen negras perspectivas demoscópicas.
Como se ve, la extrema derecha tiene cartas que jugar en todas esas citas, aunque el éxito o el fracaso que pueda obtener es aún incierto. El espacio al que pertenece el presidente de Vox, Santiago Abascal, ya sufrió un duro revés este año en las elecciones en Hungria, que supusieron el desalojo del poder de Viktor Orbán tras dieciséis años como primer ministro, cargo que ahora ocupa Péter Magyar con una agenda de impugnación total a su antecesor. Todo después de una campaña marcada, entre otras cosas, por el insólito apoyo a Orban que escenificó in situ el vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance.
Dos gobernantes a ambos lados de los Pirineos
Abascal, presidente de Patriotas, el grupo que abanderan Orbán y Le Pen, distinto al de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) que tiene a la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, como cabeza visible, se implicó en la campaña húngara y acusó su resultado. No solo políticamente, pues la derrota de Fidesz supuso también la pérdida de una importante cobertura para Vox, que financió sus campañas electorales de 2023, año de las anteriores generales y municipales, y de 2024, cuando se celebraron las elecciones europeas, gracias al crédito concedido por el banco húngaro MBH Bank, en cuyo accionariado figura un fondo de inversión vinculado al Estado del país del este. Una oportunidad que ahora, con el cambio de tornas en Budapest, se antoja lejana.
En cualquier caso, el político vasco afronta unos meses decisivos en el futuro de su formación política y claves en su carrera. Su objetivo nada disimulado es revalidar a Vox como un referente de la extrema a nivel mundial, y no es imposible que lo consiga. Con las encuestas en la mano a uno y otro lado de los Pirineos, no se antoja un escenario imposible que el año que viene por estas fechas cohabiten en dos de las cuatro principales economías de la Unión Europea (UE), la francesa y la española, una jefe de Estado de apellido Le Pen y un vicepresidente del Gobierno de apellido Abascal. Y eso sería todo un hito que colocaría al exdirigente del PP vasco en la cima política.
De momento, y también de cara a sus socios europeos, ya es un elemento de la máxima magnitud que Vox cogobierne con el PP en cuatro comunidades autónomas, incluida la más poblada, Andalucía, la región más extensa de toda Europea, Castilla y León, y Aragón y Extremadura, esta última una región tradicionalmente feudo de la izquierda.
En los inicios de Vox, tras abandonar el PP en 2013, Abascal buscaba interlocución con la extrema derecha europea, y entre otras formaciones logró contactar con la de Le Pen. Uno de sus representantes le explicó que con Vox sí podían tener una relación a la que se habían negado hasta entonces con las siglas que venían ocupando, siendo extraparlamentarias y marginales, el espacio de la extrema derecha, como Falange. Eran los tiempos en que el antiguo Frente Nacional, hoy rebautizado como Agrupación Nacional, aparecía inmerso en su llamada estrategia de ‘desdiabolización’, que incluyó entre otras cosas la expulsión del partido del padre de su actual líder, Jean Marie Le Pen, ya fallecido. Ahora, poco más de una década después, Abascal habla casi de tú a tú con sus homólogos y socios franceses, como con los del resto del viejo continente. Y lo hará todavía más si logra junto al PP desalojar a Sánchez de la Moncloa.
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