Pesa poco. Casi nada. Y, sin embargo, obliga a mirar dos veces. En una vitrina del Museo Lunar de Fresnedillas de la Oliva descansa un pequeño meteorito procedente de la Luna, una pieza que no necesita levantar la voz para imponerse. Fuera, agosto aprieta sobre la Sierra Oeste y el pueblo parece entregado a la siesta. Dentro, en cambio, a poco más de 50 kilómetros de Madrid, el tiempo corre en sentido contrario. Hay metales, telas, fotografías y cables. Restos, en definitiva, de una época en la que llegar al satélite no era una fantasía de sobremesa, sino una operación medida al segundo. Conviene hacer una precisión: no todo lo expuesto pisó la superficie lunar. Pero casi todo conserva el rastro material de aquella aventura. Y eso, visto de cerca, ojo, impresiona más que cualquier pantalla.
Los trajes son quizá el atajo más inmediato hacia esa historia. Porque una cosa es conocer la silueta blanca del astronauta y otra tener delante sus capas, puntadasy guantes. La colección ha reunido indumentaria de programas estadounidenses y soviéticos, además de monos y prendas vinculados a astronautas como Miguel López-Alegría y Pedro Duque. El universo Apolo aparece también a pedazos: cascos, mochilas y complementos, entre ellos piezas asociadas a las misiones 15 y 17 y al último hombre que caminó sobre la Luna, Eugene Cernan. “La gran antena ya no está en Fresnedillas porque fue trasladada a Robledo de Chavela, pero el pueblo conserva el recuerdo de aquella época a través de estas piezas. Aquí pueden verse equipos originales de comunicación, documentación técnica, material cedido por antiguos trabajadores y objetos relacionados con esta hazaña. El propio trazado urbano mantiene referencias a esta historia, como la calle Apolo 11”, sostiene Álvaro Martín, autor de Enigmas ocultos en los museos de Madrid.
En el Museo Lunar pueden verse equipos originales, material cedido por antiguos trabajadores y objetos relacionados con esta hazaña. / MUSEO LUNAR
Aquellos cuerpos que parecían flotar con naturalidad iban, en realidad, envueltos en ingeniería. A su alrededor aparecen los otros supervivientes: mapas, relojes, herramientas, comida espacial, emblemas, medallas, planes de vuelo y manuales técnicos, así como las primeras tarjetas confeccionadas a mano para el ordenador UNIVAC. Son objetos menos fotogénicos que un casco dorado. Ahora bien, ahí está precisamente su encanto. Una consola gris o una ficha puede parecer poca cosa hasta recordar qué circuló por allí: voces a casi 400.000 kilómetros, datos médicos, órdenes, imágenes y silencios. En el exterior, además, el museo conserva un enorme cono y un subreflector de antena cedidos por la estación de la ESA en Cebreros. Chatarra, podría pensar alguien con prisa. Memoria tecnológica, si se mira un poco mejor.

Interior del Museo Lunar en la actualidad. / MUSEO LUNAR
“España no ha sabido reconocer como debería su papel en la carrera espacial. Tal vez, por el complejo de inferioridad que tenemos casi en nuestro ADN. Hay bastante de lo que presumir y, en los últimos años, se ha hecho un esfuerzo por recuperar esta memoria, aunque sigue siendo una historia relativamente desconocida para el gran público. Algo que resulta llamativo porque el país no fue un simple espectador en la llegada del hombre a la Luna, sino que formó parte de la infraestructura global que la hizo posible”, prosigue Martín. La estación de seguimiento que funcionó en el municipio entre 1967 y 1985 formó parte de la red mundial levantada para no perder el contacto con las naves tripuladas. Junto a Goldstone (Estados Unidos) y Honeysuckle Creek (Australia), la antena madrileña cubría el cielo cuando las otras dejaban de tener visibilidad. Durante el descenso del Eagle, el 20 de julio de 1969, Fresnedillas recibió las comunicaciones del módulo lunar y participó en uno de los instantes más delicados del viaje. Después vendrían Skylab, el proyecto Apolo-Soyuz y los primeros transbordadores.
¿Un hotel espacial?
La buena acogida de los actos del 40º aniversario del Apolo 11 desembocó en un espacio municipal inaugurado en 2010 y apadrinado por Miguel López-Alegría. Nueve años después, coincidiendo con el medio siglo del alunizaje, se trasladó y amplió. Parte de sus fondos llegaron de antiguos trabajadores, del INTA, de instalaciones espaciales cercanas y de coleccionistas privados. Ese origen explica su carácter algo doméstico, casi de álbum familiar llevado a escala planetaria. No es uno de esos templos donde las piezas quedan reducidas por la arquitectura. Aquí ocurre lo contrario: el visitante está demasiado cerca. De una fotografía dedicada por Buzz Aldrin. De los viejos equipos. Del meteorito. De la tela que un día tuvo que separar un cuerpo humano del vacío. “Los vecinos son conscientes del hito histórico ocurrido en su localidad. Pero, además, deberían tener claro su potencial turístico, invirtiendo más en explotar dicha proeza y en mejorar constantemente los fondos del museo. ¿Cómo es posible que a día de hoy no exista allí un restaurante o un hotel de inspiración espacial?”, se pregunta el escritor.

Personal de la estación de Fresnedillas de Oliva en 1972 / MUSEO LUNAR
El entorno que rodea a Fresnedillas hace la aventura aún más auténtica. Se atraviesan encinas secas y luces blancas que, poco a poco, conforme el Museo Lunar toma forma en el horizonte, llevan al turista a pensar en las condiciones a las que se enfrentan los astronautas: falta de aire, temperaturas imposibles, sombras abruptas… El contraste tiene su gracia. No obstante, el verdadero viaje está en los restos. En aquello que sobrevivió al programa, al desmontaje de la estación, a los cambios tecnológicos y a la costumbre de mirar el Apolo 11 como una película antigua. Los trajes ya no protegen a nadie. Las consolas no reciben voces. Y el meteorito tampoco cuenta de dónde viene. No hace falta. Todos juntos cumplen otra misión, bastante más terrestre: recordar que la gran aventura espacial también pasó por un pueblo madrileño y que, a veces, la Historia, con mayúscula, cabe en una vitrina.
Fuente: El Periódico de España










