El Atlético de Madrid tiene un problema con Julián Álvarez. Y no es pequeño. Se puede agarrar el club colchonero a que el tiempo todo lo cura, pero la realidad, hoy, es que su afición le ha puesto la cruz al delantero argentino. Su regreso al Metropolitano tras decir abiertamente que quería «cumplir su sueño» saliendo del club (y fichando por el Barça, la parte que omitió) fue un juicio sumarísimo del que salió trasquilado.
Hubo varias pitadas monumentales, cánticos de «que se vaya de una puta vez» y también de «puta Barça y puta Catalunya» durante la visita del Villarreal al Metropolitano. Resuelta, por cierto, con empate (2-2). Una tarde de aquelarre que ni la autoridad papal de Simeone pudo evitar contra quien debería ser la estrella del equipo.
El delantero del Atlético de Madrid Guiuliano Simeone (d) saluda a Julián Álvarez al entrar en el terreno de juego, durante el partido de LaLiga de fútbol que Atlético de Madrid y Villarreal CF disputan este domingo en el estadio Metropolitano. / Kiko Huesca / EFE
Las cuatro pitadas a Julián
La tarde arrancó con el ‘speaker’ anunciando los titulares y suplentes del equipo de Simeone. Cuando tocó mencionar la presencia de Julián en el banquillo, quienes ya estaban en el estadio respondieron con la primera de las cuatro pitadas generalizadas que escuchó la ‘Araña’. Esa inicial la encajó ya sentado en el banquillo, con la misma cara de funeral que lleva exhibiendo desde que regresó de sus vacaciones.
El siguiente capítulo llegó en el descanso, cuando salió a calentar con el resto de sus compañeros. Su regreso al banquillo también escuchó música de viento. Aunque nada comparable a lo que pasó cuando regresó al calentamiento en la banda, pasado el minuto 50. Fue entonces cuando llegó la segunda gran pitada, acompañada de gritos de «puta Barça y puta Catalunya» y del cántico «dile que se vaya de una puta vez».
Salida en falso del banquillo
Julián estaba preparado para salir al campo en el 59, pero tras el gol de Pubill volvió a ponerse el peto. Acabó saltando tras el empate de penalti de Gerard Moreno. No le ayudó comparecer con la afición enfadada por el gol rival. Ahí llegó la tercera pitada, la más generalizada de las tres, recibida por el argentino con aparente indiferencia, sin modificar su cara de tristeza. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Una vez en el campo, se impuso una tregua interesada por parte de una afición que quería apoyar a su equipo, en inferioridad por la expulsión de Le Normand, para evitar la derrota primero y el empate después. No tuvo Julián un rol destacado en la misión, pero hay que decir en su defensa que ha de ser muy difícil rendir frente una hinchada que te ha repudiado de una manera tan clara y abrumadora.
La reacción del delantero llegó tras el pitido final, cuando todo el equipo cumplió con la tradición de ir a aplaudir a la afición. Él no. Él se separó del grupo y enfiló en solitario el túnel de vestuarios, de nuevo con sonido de pitos a su alrededor. Mal asunto. Ahora le toca al Atlético, a Gil Marín, determinar si este problema tiene una solución que no implique su salida del club o no.
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