Paralelamente a la emisión de la tercera temporada de «La Casa del Dragón», HBO Max nos ha ofrecido otro título mucho más modesto y sin tanta fanfarria, que se ha erigido como uno de los más desasosegantes de este verano: «De puntillas», en inglés «Tip Toe». Su creador, Russell T. Davies, no solo es uno de los arquitectos del resurgir de Doctor Who en el siglo XXI, sino que ha creado algunas de las miniseries más prestigiosas de la televisión británica de los últimos años. Ahí tenemos «It’s a sin», en la que narraba lo que fueron los estragos del sida en la comunidad homosexual de Londres durante los ochenta, o «Years and years», donde al estilo Black Mirror imaginaba un futuro distópico acuciado por el colapso político. Su nueva miniserie toma un poco de ambas, la identidad del colectivo LGTBI como escenario, pero enmarcada en una escalada trágica impulsada por el resurgimiento de las ideas totalitarias.
A pesar de que durante buena parte del metraje hay un tono desenfadado y de comedia, desde el principio nos deja claro que estamos ante una historia trágica. Una imagen sobrecogedora desde el primer minuto a la que recurrentemente se va volviendo a medida que avanza la historia para explicarnos qué es lo que ha pasado y cómo se ha llegado hasta allí. Este recurso narrativo marca una distancia insalvable con esa otra corriente de la televisión LGTBI contemporánea de la que «Heartstopper» es el máximo exponente, y que había sido uno de los grandes éxitos de Netflix. Frente al lugar feliz que nos mostraba la gran N roja, la propuesta de Davies es un choque frontal contra la realidad. La comedia en «De puntillas» no funciona como un refugio consolador, sino como un mecanismo de defensa antes del impacto; una risa floja sabiendo que el desastre ya está anunciado.
El resurgir de la intolerancia está de fondo a lo largo de los cinco episodios de la miniserie, donde la amenaza que hay en el ambiente es que todos los avances conseguidos en la lucha contra la homofobia se pierdan de la noche a la mañana. Detrás de ese trágico final está el efecto de las turbas o las multitudes, de las que el cine también nos ha ido dejando una buena tanda de ejemplos a lo largo de su historia. Ahí tenemos títulos como «Furia» (1936) de Fritz Lang o «La jauría humana» (1966) de Arthur Penn. Cómo algo tan cotidiano como es sentarse para ver un partido de fútbol se convierte en toda una bomba de relojería, donde la tensión se va elevando en medio de ese concurso de egos masculinos que acaban lanzándose contra la presa más débil o el diferente. El peligro no procede de un monstruo excepcional, sino de la facilidad con la que una comunidad aparentemente normal puede decidir quién pertenece a ella y quién debe quedar fuera.
Al frente del reparto se encuentran Alan Cumming y David Morrissey, dos actores estrechamente ligados a la época dorada de la ficción televisiva de la pasada década. La tensión entre los dos personajes es el eje sobre el que gira la acción dramática. Cumming fue el elegante Eli Gold en The Good Wife, pero siempre se ha caracterizado por interpretar a personajes un tanto marginales. Aquí interpreta a un maduro homosexual propietario de un bar que reside en un suburbio de Manchester. Uno de los papeles más conocidos de Morrissey quizá sea el que defina a su personaje, ya que encarnó a uno de los villanos más memorables de las temporadas gloriosas de The Walking Dead, en el papel de El Gobernador. Aquí encarna a un electricista en paro, que simboliza la masculinidad más rancia, que empieza a conocer a su vecino, con el que apenas se dirige la palabra, pese a haber vivido puerta con puerta desde hace décadas. Aquellos que conocen su papel en la serie de zombies tienen razón en temer su manera de reaccionar ante las nuevas situaciones a las que se va enfrentando por ese acercamiento a su vecino.
La serie va jugando con la idea de si el personaje del vecino acabará encauzado hacia la tolerancia o cuál será la gota que desborde el vaso para desencadenar esa trágica escena que hemos visto al inicio. Desde el principio, los personajes comentan si ese resurgir totalitario puede o no desencadenar una situación irreversible. La respuesta puede venir de la serie de la competencia y que había funcionado como su reverso. «Heartstopper» contaba una historia de despertar sexual entre dos chicos adolescentes y parecía un lugar donde nada malo podía pasar. Pero ese lugar feliz no ha sido eterno. En su tercera temporada tuvo un declive de audiencia, pese a haber sido uno de los títulos estrella de la plataforma. Para poner fin a la trama, se estrenó el pasado julio un especial de dos horas de duración donde se cerraban todos los cabos sueltos que habían quedado para una cuarta temporada. Un cierre abrupto que no es, evidentemente, la misma tragedia que imagina Russell T. Davies, pero sí resulta difícil no encontrar cierta ironía en que esa ficción que parecía representar el espacio seguro haya desaparecido de una manera tan silenciosa y abrupta. Como si, incluso en la televisión, ningún refugio estuviera completamente a salvo.
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