Este 2026 es año electoral en Estados Unidos. Se celebran las elecciones legislativas en el ecuador del segundo mandato de Donald Trump y a dos años de las próximas presidenciales. Pero la cita con las urnas encuentra al Partido Demócrata todavía inmerso en una crisis de identidad. En un sistema dominado por dos partidos, ganar exige reunir a votantes con prioridades muy distintas. Y ahí afloran las divisiones internas.
Por un lado, el ala tradicional —la que apostó por Joe Biden como figura de consenso— quiere recuperar a moderados e independientes. Por otro, el sector progresista —cuya cara más visible es ahora el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani— busca movilizar a jóvenes, trabajadores y votantes desencantados. Lo hace con un discurso económico más agresivo, dirigido contra los multimillonarios, las grandes empresas y los grupos de presión que influyen en la política estadounidense, entre ellos los lobbies vinculados a Israel.
Ninguno de los dos sectores domina claramente las primarias, pero los candidatos de más a la izquierda ya han demostrado este año que pueden competir en estados bisagra, los que alternan entre manos republicanas y demócratas. En Michigan, el progresista Abdul El-Sayed venció por poco a Haley Stevens, respaldada por el aparato del partido y por el Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel (AIPAC). En Wisconsin, la socialista democrática Francesca Hong perdió por un estrecho margen frente a David Crowley. Dos estados bisagra y dos carreras casi empatadas que reflejan las divisiones del Partido Demócrata.
Fractura generacional y económica
La edad dibuja la frontera más clara entre las dos corrientes. Los sondeos de estas primarias sitúan entre el 60% y el 80% el apoyo progresista entre jóvenes. En algunos distritos universitarios, El-Sayed alcanzó el 95% de los votos, mientras Hong obtuvo entre el 70% y el 80% en barrios con población joven de Milwaukee. Sucede lo contrario entre los electores de más edad, que prefieren candidatos más tradicionales.
La brecha generacional se cruza con otros factores demográficos, como el nivel de ingresos. En los barrios con rentas superiores a 150.000 dólares anuales, se imponen los candidatos moderados. Sin embargo, por debajo de ese umbral, los resultados son más heterogéneos, lo que muestra que el nivel de ingresos, por sí solo, tampoco determina el voto.
Por su parte, el voto afroamericano sigue siendo uno de los apoyos más sólidos del sector tradicional. Muchos votantes negros mantienen una fuerte fidelidad al Partido Demócrata, aunque sus posiciones personales sean moderadas o incluso conservadoras en algunas cuestiones, porque muestran mucha menos disposición a votar por los republicanos. Eso ayuda a entender por qué electores que votaron por figuras de consenso como Biden, pueden sentirse menos cómodos con candidatos situados más a la izquierda, con propuestas económicas y sociales más próximas a la socialdemocracia europea. En estas primarias, ese electorado volvió a ofrecer una base especialmente sólida a los candidatos moderados.
Bernie Sanders, Zohran Mamdani y Alexandria Ocasio-Cortez, durante el mitin celebrado el 26 de octubre en Queens. / SARAH YENESEL / EFE
Los nuevos apoyos
El cambio decisivo está en quién se ha sumado a esta nueva izquierda. En Michigan y Wisconsin, Bernie Sanders logró en sus primarias el apoyo de blancos de clase trabajadora de zonas rurales que se sentían olvidados. Pero, después de que Hillary Clinton ganara la candidatura demócrata, muchos votaron por Donald Trump en las presidenciales. Trump también supo explotar ese resentimiento económico. Ahora, sin embargo, el ala progresista no busca tanto recuperar a esos votantes como atraer a un electorado nuevo.
Universitarios, profesionales cualificados y residentes de los suburbios, antes más inclinados al ala tradicional, como la representada por Clinton, muestran ahora más apetito por opciones rupturistas. Los mueve, sobre todo, el desencanto con la inacción del Partido Demócrata desde el regreso de Trump a la Casa Blanca. El coste de vida se ha convertido en un poderoso factor de movilización, junto con las dificultades de acceso a la sanidad, la deuda estudiantil y la demanda de limitar el poder de las grandes fortunas. Estas preocupaciones han hecho más aceptables propuestas que hasta hace poco se consideraban de extrema izquierda en EEUU.
El-Sayed resume ese reenfoque político en un mensaje directo, asociado al llamado populismo económico: «dinero fuera de la política», «dinero en tu bolsillo» y añade «Medicare para todos», en referencia al sistema público de cobertura sanitaria universal que defiende el ala progresista.
La política internacional también entra en la agenda. El ala progresista trata de canalizar las protestas universitarias que denuncian el genocidio en Gaza y reclaman que un futuro Gobierno demócrata limite su apoyo a Israel. Para muchos jóvenes y para sectores del electorado afroamericano, latino y asiático, Gaza se ha convertido además en un símbolo de injusticias que conectan con problemas internos de Estados Unidos, como la represión migratoria, el racismo y la xenofobia.
Test electoral
Las legislativas medirán si esa coalición puede crecer fuera de las primarias. Para ganar una elección general, los demócratas necesitan sumar independientes, moderados y trabajadores menos vinculados al partido. El discurso económico que lidera Mamdani ofrece la principal vía de expansión, pero el sector tradicional también está incorporando este lenguaje y estas demandas. Las elecciones de noviembre serán la prueba de hasta dónde puede moverse el Partido Demócrata sin perder capacidad para construir una mayoría más amplia de cara a 2028.

David Crowley, candidato demócrata a gobernador de Wisconsin, saluda a sus seguidores en un mitin electoral celebrado el 10 de agosto de 2026 en Milwaukee, Wisconsin. / SCOTT OLSON / Getty Images via AFP
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