Begoña, vigilante de un aparcamiento, vive en una caravana en Mallorca: "No me puedo quejar: tengo una cama y un techo, y al menos no me mojo"

En un aparcamiento junto a la autopista de Palma, Begoña Iglesias, de 60 años, y su hijo Héctor, de 22, han encontrado su hogar. Viven en una vieja caravana de alquiler de apenas cuatro metros cuadrados, una realidad compartida por cada vez más mallorquines que no encuentran un lugar donde vivir. La causa, según Begoña, es clara: «La masificación turística siempre la hemos tenido, lo que pasa que ahora tenemos muchísima más gente debido a la cuestión del alquiler vacacional, ese es el problema, el alquiler vacacional es lo que nos ha matado a todos».

Begoña trabaja como controladora de aparcamientos en el lujoso puerto deportivo de Port d’Andratx, un empleo que califica como «digno» y que desempeña desde hace tres años. Su jornada se extiende de 9 de la mañana a 9 de la noche bajo el sol, regulando el estacionamiento de vehículos con matrícula extranjera y yates de lujo. Con un sueldo de 1.200 euros al mes, encontrar un piso en la zona es una misión imposible. «Mis vistas son espectaculares, al mar. Y esto es un privilegio, poder trabajar al lado, justamente, del mar», comenta con ironía, consciente de que el 90% de las casas de la zona pertenecen a alemanes e ingleses.

Tras separarse, Begoña perdió su piso y, después de buscar sin éxito, la caravana se convirtió en su única opción. Antes, incluso llegó a vivir seis meses en su coche. Ahora, por 250 euros al mes, comparte el pequeño espacio con su hijo Héctor, camarero en Palma. Llevan allí unos seis meses. Él duerme arriba, ella abajo. La nevera no funciona y la llenan con hielo para conservar la comida. Para el aseo diario, utilizan los baños de una piscina cercana gracias a un abono económico.

A pesar de las dificultades, entre los dos suman unos ingresos mensuales de 2.500 euros, una cifra considerable para los estándares de la isla. «Podemos también vivir bien, podemos comer bien y tal, lo que queramos, que no nos falte nada, comprarme ropa, también me puedo comprar lo que quiera y tal, aunque no tenga mucho espacio para guardarla», explica Begoña. Sin embargo, el anhelo de un hogar convencional persiste, especialmente para su hijo.

El caso de Begoña y Héctor no es aislado. La crisis de la vivienda en Mallorca afecta a todos los estratos sociales. En 2023, los alquileres en Baleares experimentaron una subida de casi el 20%, con un precio medio que roza los 20 euros por metro cuadrado. Esta situación obliga a muchos a vivir en condiciones precarias, como Christopher, un estudiante de medicina de 22 años que paga 600 euros por una habitación de 10 metros cuadrados en un sótano sin luz natural y con temperaturas de hasta 40 grados.

La situación ha provocado un éxodo silencioso. Orlando García, contratista de mudanzas, confirma que su empresa traslada a la península a unas 30 familias de clase media al mes. «Yo llevo 23 años en Mallorca, pero yo no vi esto aquí, yo no vi esta clase de expulsión», asegura. Familias enteras se ven forzadas a abandonar la isla en busca de un futuro que aquí se les niega.

Lo que antes era un fenómeno limitado a zonas costeras ahora se ha extendido por toda la isla. «Es como si fuera un cáncer», describe un afectado, «tienes una célula cancerosa y se va contagiando, hasta que al final tienes todo el cuerpo infectado. Es como si Mallorca viviera una metástasis», lamenta. El descontento social culminó en una manifestación en Palma que congregó a casi 25.000 personas contra el aumento descontrolado del turismo.

La inestabilidad laboral es otro obstáculo. Con contratos temporales de 4 o 5 meses, los propietarios desconfían de su capacidad para pagar el alquiler todo el año. Mientras, Héctor, con 22 años, ve su futuro lejos de la isla que le vio nacer. «La verdad que en España poco futuro me veo. Me sabe mal porque me he criado aquí, es mi hogar, pero económicamente y profesionalmente hablando, no me veo futuro aquí», concluye con resignación.

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