Hace unos días, Abdel abandonó su casa, desesperado por salir de la pobreza que lo ha acompañado durante toda su vida. Salió de la ciudad de Al Jadida, cerca de Casablanca, en dirección a Fnideq –Castillejos– el último pueblo antes de la frontera con Ceuta. Este jueves, por primera vez, consiguió pisar suelo español. Pudo cruzar la frontera a pie. La alegría de pisar un territorio que se la había prometido como ‘El Dorado’ le duró poco: Abdel, veinteañero, fue uno de los primeros de esos cerca de 60.000 jóvenes que entraron en pocas horas en la ciudad autónoma al ser devuelto ‘en caliente’.
La Guardia Civil lo trasladó a Tánger por la tarde. «No me iba a quedar ahí», explica, así que volvió a la carretera. A las 18 horas de trayecto en coche que tuvo que hacer para llegar desde Al Jadida a la frontera, le sumó otras 16 caminando desde Tánger de nuevo hasta Ceuta. El recorrido le valió la pena: pudo volver a entrar en territorio español y ahora trata de quedarse. «Tengo que luchar, no puedo volver a Marruecos, necesito trabajar», lamenta.
A diferencia de las más de 48.000 personas que desde el salto masivo de la valla han decidido volver, Abdel insiste en aguantar el embate y permanecer en suelo europeo. Al otro lado del Estrecho, en Barcelona, lo espera su hermano Mohamed. Lo está pasando muy mal estas últimas horas: Abdel perdió su teléfono cruzando a pie la frontera. Ahora, Mohamed aguarda mirando que a su teléfono llegue una nueva llamada con un número desconocido y que al otro lado de la línea esté su hermano.
14 kilómetros y siete horas
De hecho, si alguien conoce bien esta ruta es Mohamed, que Mohamed decidió escaparse de casa y emprender un viaje hacia la tierra donde «todo iba a ser fácil». Nada más salir del autobús que lo acercó hasta Fnideq, Mohamed y un amigo se echaron al agua cuando cayó la noche, equipados con un traje de neopreno para tratar de nadar los casi tres kilómetros en línea recta que separan las playas de Fnideq y Ceuta.
Mohamed se quedó solo rápido; su amigo se desvió un poco y acabó en manos de la Guardia Civil, que lo devolvió a suelo marroquí. Él pudo seguir adelante. «Había mucha gente en el agua que pedía ayuda… Pero yo iba solo, no podía hacer nada», lamenta el joven, que entonces tenía 18 años. El trayecto a nado, uno de los que más han usado estos días los jóvenes que han entrado en Ceuta, es traicionero. Las corrientes del Estrecho pueden ser fuertes y a menudo convierten un baño de tres kilómetros en un recorrido mucho más largo. Cuando finalmente hizo tierra en Ceuta, donde lo esperaba un amigo, Mohamed había pasado siete horas en al agua y había recorrido 14 kilómetros.
«Menos mal que no has muerto»
Solo entonces Mohamed llamó finalmente a su familia: «Menos mal que no has muerto», le dijeron. Mohamed estuvo unas semanas en un centro de menores en Ceuta. De ahí, pasó a malvivir en un huerto de Granollers y, gracias a la ayuda de uno de los educadores sociales que lo atendió en Ceuta y se puso en contacto con la fundación Eveho, se ha podido instalar en un piso junto a otros jóvenes que migraron solos. Ahora espera que se admita a trámite su solicitud de regularización para poder volver a trabajar en la empresa de instalación de placas fotovoltaicas donde hizo las prácticas de un curso.
Mohamed y Abdel son solo dos de los miles de casos que dejan atrás Marruecos con la idea de que en Europa todo es más simple. «Pensábamos que todo era muy fácil, y no es así», afirma el joven, que se queja tanto del «racismo» que ve en España como de lo díficl que es salir adelante sin ayuda de fundaciones como la que le atiende. «Estoy muy agradecido, lo son todo», explica.
Saïd Haddad, presidente de la sección de Nador –la ciudad marroquí colindante con Melilla– de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH), explica que la mayoría de personas que han tratado de franquear la frontera en alguna de las dos ciudades autónomas cuentan con historias parecidas a las de Abdel y Mohamed. «Viven en condiciones socio-económicas difíciles, marcadas por el paro, la pobreza y la ausencia de perspectivas de empleo», lanza este trabajador humanitario en conversación con EL PERIÓDICO. Para Haddad, aunque estos episodios de saltos masivos pueden explicarse en parte por las relaciones diplomáticas entre España y Marruecos, la razón de fondo es la desesperación de la juventud marroquí. «Hasta que no se aborden las causas estructurales, estos episodios se repetirán», concluye.
Centros desbordados
Haddad demanda que las autoridades marroquíes cumplan con los convenios internacionales y protejan a sus menores directamente en su territorio y pide a las españolas que también se ajusten a los tratados internacionales y acojan a los menores que han entrado estos días en Ceuta: «Que garanticen su no-expulsión y les aseguren el acceso a las medidas de protección jurídica, como el asilo».
Sobre el terreno, garantizar todos los derechos de estos menores no es tan sencillo. Los centros de internamiento temporales de menores en Ceuta están desbordados. No solo por el nuevo aluvión de solicitantes, si no también porque algunos de ellos habían ido cerrando sus puertas en los últimos años. «Son naves industriales que se adaptaban para acoger a estos chicos… Hace unos años había cuatro o cinco, y ahora solo quedaban dos», denuncia David Torres, integrador social de Sur Acoge, que lleva años acompañando a los migrantes que llegan a Ceuta. Él es quien medió para que Mohamed pudiera conseguir su piso en Barcelona.
Según denuncia Torres, el repartimiento de los menores no acompañados al resto de España propició que muchos de los chavales que llegaban no se quedaran en la ciudad ni un mes, y los centros –tanto los temporales como los que funcionan de manera ininterrumpida– fueron bajando persianas hasta el punto de que en algunas ocasiones entraron en ERTE. Ahora, los alrededores de muchos de estos centros se abarrotan de jóvenes a los que les prometieron una vida mejor al otro lado de la zanja. Esa misma promesa le ha costado la vida, según las últimas cifras del Gobierno, a 57 personas en solo días.
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