Para adentrarse en el verde sin salir de Las Palmas de Gran Canaria hay que dirigir la mirada a las periferias. La tranquilidad y el olor a hierba que se respiran en El Toscón recuerdan a una época pasada en que la vida de campo, con sus pros y sus contras, estaba mucho más presente. También sus calles guardan memorias de otros tiempos, honrando a los trabajadores que las habitaban a través de la nomenclatura que se refleja en sus placas.
El Labrador, El Tejedor, El Afilador, El Alfarero, El Boyero o El Cestero son algunos de los oficios tradicionales que perduran en el callejero de este barrio, aunque también hay otros como El Maestro, El Taxista o El Mecánico. Según cuenta el expresidente de la asociación vecinal, Claudio Jiménez Santana, esos nombres se establecieron hacia los años setenta del siglo pasado en referencia a algunos de los vecinos que vivían en cada calle. Pero lo hicieron con una visión sesgada, ya que apenas existe una sola vía para conmemorar el trabajo de una mujer: La Hilandera.
La mujer que dio nombre a esa calle murió hace muchos años, pero Claudio todavía la recuerda: se llamaba Concepción Sánchez, nació en El Toscón, tuvo un solo hijo y pasó la mayor parte de su vida haciendo calados con la destreza que acumulaba en sus manos.
Placa de la calle La Hilandera, en el barrio de El Toscón / José Pérez Curbelo
El trabajo dentro y fuera del ámbito doméstico
Claudio ocupó durante 12 años la presidencia de la asociación vecinal, pero su conocimiento de la zona es mucho más antiguo. «Yo nací aquí, en El Toscón. Antes se nacía en las casas porque no había dinero ni médico. Mi madre nos tuvo a los cinco hermanos en la misma habitación y otra nació en Jacomar, que está cerca de Tenoya», relata.
El machismo de la época puede llevar a pensar que apenas había mujeres que trabajasen fuera del ámbito doméstico, una labor que a menudo pasa desapercibida y sin reconocimiento. Pero las memorias de Claudio contradicen esa idea hasta cierto punto: «Antes también trabajaban porque la que menos tenía, tenía cinco o seis hijos. El marido trabajaba y no daba para todo y hay mujeres que trabajaban, como mi madre misma. Y los domingos había que ir a lavar a la acequia, no había lavadora ni nada de eso. Tendían la ropa y usted tenía que estar esperando allí».

Placa de la calle El Jardinero / José Pérez Curbelo
De los cabezas de familia a la asociación vecinal
La vida ha cambiado mucho desde entonces, como también lo ha hecho el enfoque a la hora de nombrar conceptos. Antes de que existieran otras formas organizativas, los asuntos del barrio se gestionaban por medio de los «cabezas de familia» y sus socios, que con el paso del tiempo se transformaron en una asociación vecinal. Fue esta entidad la que dio nombre a las calles, que por aquel entonces eran caminos de tierra sin piche. Y serían trabajadores como el que vivía en la calle El Caminero quienes darían forma a las vías que se pueden pisar en el presente.
Con el objetivo de recuperar ese legado inmaterial, el CEIP El Toscón llevó a cabo un pequeño proyecto de investigación. La directora del centro, Davinia Valencia Pérez, cuenta que cada estudiante estuvo a cargo de buscar toda la información referente a dos calles, para posteriormente entrevistar a las vecinas y vecinos de la zona y a sus propias familias.

Esquina de las calles El Cestero y El Labrador / José Pérez Curbelo
Aralia Loi Lorente escribió un cuento sobre lenguaje inclusivo basado en las calles de El Toscón para utilizarlo como material didáctico
Pero si hay un proyecto que ha despuntado es el de Aralia Loi Lorente, escritora y madre de un alumno del colegio, cuyo relato sobre las calles de El Toscón incorpora unas gafas violetas: «Me molestaba que todas tuvieran nombres de profesiones en masculino, por lo que hice un cuento sobre el lenguaje inclusivo utilizando los nombres de las calles».
El resultado de su iniciativa fue un pequeño libro autoeditado con el nombre de Un colegio como un castillo. Escrito en verso e ilustrado por el alumnado, ha servido como material didáctico para divulgar un uso eficiente del lenguaje inclusivo. Pero en esa historia no son las niñas y los niños quienes aprenden; en realidad, son quienes enseñan a los medios de comunicación.
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