No han sido horas, sino días. Ha habido de todo: frustración, tristeza, desolación y, al final, un soplo de esperanza tras la estancia en ese inesperado e improvisado hogar que ha acogido a decenas de familias desplazadas por la salvaje y trágica acción de los incendios. Luego, los voluntarios: aquí y allí, sobre el parqué de la cancha o, con lo que tenían a mano, entregando su vida en esa desigual lucha contra las llamas.
Ahora, filas y filas de camastros azules, alineados con precisión militar, se han quedado huérfanos sobre la cancha, sin un cuerpo que sostener ni un alma al que otorgar el merecido consuelo del descanso: lo único positivo que, en esta tragedia, a duras penas ha podido dar algo de paz y sosiego a miles de personas. Ahora, la ilusión y alguna que otra oración acompañan a los pasajeros de este autobús verde, como el de la esperanza de volver a encontrar lo que precipitadamente se dejó atrás.
Esta noche, el número identificador de la etiqueta ya no marca ni señala, sino que, esperanzado, despide a alguien que, hace unos días, no conocía. Se va. Le espera su casa, la de toda una vida, la incertidumbre de llegar a un hogar abandonado por la vileza de circunstancias que mezclan esperanza con resignación, amor con odio, esfuerzo con impotencia, después de una forzosa «huida» propiciada por tantos y tan diversos culpables.
Y este viaje en el autobús del Consorcio de Transportes de Madrid no es un trayecto a la normalidad del ayer. ¡Qué va! Tampoco es una rotunda victoria, sino la extensión de esa pesadilla que trajo incendios que ahora dejan hollín, grietas, cenizas, sombras y destrucción: ¿Hogar, dulce hogar?
Es su infame herencia, la del desastre, la de situaciones que, advertidas o anticipadas por el mundo rural y su gente, injustamente pasan a mejor vida, al de promesas sin cumplir o previsores informes y documentos que duermen en el cajón de mesas de «trabajo» de gestores y gobernantes.
Una ruina: todos ellos y el panorama de un país que avanza a golpes de parche, por inercia popular, con programas y promesas electorales enfangadas de corrupción, con medios inoperativos o inexistentes alojados en pretéritos limbos del politicucho de turno, con palabras que se llevó ese mismo viento que alimentó el lado siniestro en vidas y hogares.
Lo sucedido en montes, casas y pueblos no es algo que no se pudiera imaginar; tampoco, imprevisible. Sin embargo, la imaginación de nuestros gobernantes anda dispersa, distraída por derroteros carentes de compromiso y dignidad, por sendas que, sin brújula, llevan al descontrol y desfalco del dinero público empleado en menesteres que sonrojan al sentido común al mismo tiempo que discriminan al paisano de turno, ese que sabe lo que se cuece en su entorno, y ahora lamenta acciones y leyes que ponen en riesgo la supervivencia: la suya, la de su familia, la de sus mascotas, la de su campo, la de su día a día.
Y es esta perversa imaginación la que, en ausencia de compromiso y responsabilidad, posteriormente traslada el triunfo de una sinrazón disfrazada de buenas y edulcoradas palabras, de acelerados propósitos, de ira y fuego –nunca mejor dicho– en la discordia generada para la distracción de un pueblo noble, paciente, aunque deshonrado, vejado, engañado y harto de la ostentación y exhibición de continuas mentiras y dolorosas medias verdades.
No existe la autocrítica –como hemos visto en tragedias recientes–, sino el intenso fuego y señalamiento cruzado con el combustible que se usa en platós, medios y redes, encargados de buscar culpables en el contrincante ideológico de la trinchera opuesta en vez de asumir y depurar responsabilidades que, por arte de magia y servilismo, desaparecen por el enorme peso del deshonor y la indignidad de algún que otro usuario de poltronas, pasillos y moquetas.
Desgraciadamente, esta tragedia se suma al constante goteo de evidentes despropósitos nacionales con deficiencias que la ciudadanía sufre a diario y que, como en otros accidentes o catástrofes naturales recientes, no hacen más que desnudar carencias estructurales y organizativas, originadas con la falta de previsión o la ausencia de gestión para concluir en desastres cuyas heridas seguirán sin cicatrizar como consecuencia del sistemático y ruin abandono al que nos han sometido las élites con la munición de abyectos planes y miserables agendas.












