Es imprescindible hacer un recordatorio de José Orive, con el cual compartí recitales de poesía en el Paraninfo y el Aula Magna de Letras de la Universidad de La Laguna, jóvenes poetas veinteañeros al final de los sesenta, cuando pensábamos que íbamos a comernos el mundo. Lo que teníamos en común era el instinto de rebeldía, al final de la dictadura, y además estaba la odiosa guerra de Vietnam, menos mal que también estaban los Rolling Stones y The Beatles, y había ciudades adorables como Londres y París frente a la cerrazón de Madrid. Corríamos delante de los grises, padecimos algunas represiones y al final el tirano murió en su cama.
Él sí era un auténtico poeta, yo no. Escribía con algún toque surrealista. Era un hombre humilde con el que coincidí algunas veces haciendo la compra en uno de esos hipermercados. Su temperamento era existencialista, su poesía fruto de sus experiencias. Descubrió la cercanía entre la filosofía y la poesía. «Chantal Maillard, una filósofa y poeta española nacida en Bélgica, creo que representa la conjunción perfecta», decía.
«Me gusta dejar los poemas abiertos y que cada uno los recree desde su perspectiva cuando los lea. Por eso juego tanto con las métricas tradicionales, las rimas y las estrofas», explicaba. Siempre llevaba una pequeña libreta a mano porque «la inspiración» no se puede planificar.
Él emprendió diversas vías: el teatro, el ensayo, sus libros. Licenciado en Filosofía y Letras, participó en los medios de comunicación y la gestión cultural, desempeñando durante más de dos décadas su labor en la empresa pública SOCAEM, desde donde contribuyó al desarrollo de proyectos. Fue intenso y comprometido, impulsó y colaboró en muchos eventos. Era buena persona, tranquilo, sin envidias ni ofuscaciones. Falleció antes de tiempo, dejando cosas pendientes, pero nos queda su mirada tranquila, su obra armoniosa.
Por desgracia nos veíamos poco, en esta ciudad hay muchos eventos culturales que son coincidentes/excluyentes, sobre todo los viernes.
La longevidad no siempre frena la creatividad y la cercanía de la muerte no anula la clarividencia de algunos creadores. Se cuenta que Goethe no solo escribió hasta los 80, sino que siguió haciéndolo casi hasta el día de su muerte a los 83. Su obra cumbre, Fausto, empezó a escribirla a los 20 y terminó la segunda parte cuando cumplió los 80. También Cervantes estuvo muy activo hasta su muerte, con 68. Concluyó la segunda parte de El Quijote y varias de sus Novelas Ejemplares cuando estaba a punto de fallecer. Otro caso es el de José María Millares, que vivió 88 años y unos meses. Antes de partir recibió el Canarias de Literatura, un premio a la resistencia, un cachetón a los jurados que anteriormente se lo habían negado quizá porque ya lo había ganado su hermano, el también poeta Agustín. Pues bien, José María publicó la mayor parte de su obra con una edad avanzada, fue un ejemplo de resistencia creativa, siempre acompañado de su mujer, la también poeta Pino Betancor, injustamente relegada.
A sus 80 años el británico Julian Barnes ha dado a la luz Despedidas, especie de libro póstumo que a ratos resulta divertido. La vejez, la memoria, el paso del tiempo, y el sentimiento de que el final está cercano aunque hay que vivir en calma los últimos años. Reciente premio Princesa de Asturias, aborda la memoria y el paso del tiempo, con un tono distendido, incluso humorístico. Pero en ocasiones no deja de comprometerse, así cuando habla de la inmortalidad del arte. Dice así: «Yo no creo en esta engañosa fantasía romántica. O reventaremos el planeta, y con él todo el arte, o sobreviviremos y evolucionaremos hacia algo que ni siquiera podemos imaginar; pero, en todo caso, completamente distinto de lo que somos ahora, con nuestros simples anhelos de Dios, amor, felicidad y arte.»
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