Solo Donald Trump podía conseguirlo. Lanzar una guerra costosísima contra Irán, perderla, y provocar un terremoto geopolítico en el Medio Oriente: un principio de reconciliación entre Arabia Saudita e Irán. Entre árabes y persas. En una región tan volátil, sería insensato llegar a conclusiones definitivas. Sin embargo, todo indica que dos de los tres grandes poderes de la región (siendo Israel el tercero), que llevaban años a la greña, han iniciado un proceso de acercamiento de incalculables consecuencias. Para medir la importancia del seísmo, conviene recordar que Arabia Saudita apoyó a Irak en la larga y cruenta guerra que este país mantuvo con Irán entre 1980 y 1988. Tras unas relaciones iniciales pacificas, en la primera mitad del siglo XX, marcadas por la buena relación entre las dinastías de los Pahlavi y los Saud, ambos países han pasado por más momentos de confrontación que de cooperación. En particular, a partir de la revolución islámica de 1979. Esta divergencia –que tiene una base histórica en el liderazgo religioso que tiene Arabia Saudita sobre el islam suní e Irán sobre el chií–, se había acrecentado recientemente, debido al conflicto entre Israel y Palestina. Mientras Teherán armó y apoyó a Hamás y a Hezbolá, Riad suscribió los Acuerdos de Abraham orientados a cooperar con el Estado judío.
Con el cierre del estrecho de Ormuz, todo este andamiaje, tan beneficioso para Israel y Estados Unidos, se ha venido abajo. Declaraciones recientes del primer ministro de Catar, cercano a Arabia Saudita, en el Financial Times, provocaron un sobresalto en las cancillerías de medio mundo. El jeque catarí confirmó la voluntad de los principales países del Golfo de negociar un tratado de seguridad con Irán. Una iniciativa que justificó como la preferida para alcanzar la estabilidad en la región. O sea, opuesta a la estrategia de la guerra frontal con el régimen de Teherán a la que Binyamín Netanyahu arrastró a Trump. Con ello, ponía voz a algo que se veía venir desde que Estados Unidos e Israel empezaron a bombardear a Irán y la Guardia Revolucionaria de este país replicó atacando bases militares norteamericanas en el Golfo y demostrando la vulnerabilidad de las refinerías, las desalinizadoras y otras infraestructuras árabes. En vez de sumarse a la acción norteamericana –como esperaba Trump, mal aconsejado por Netanyahu–, Arabia Saudita se opuso al uso de sus bases militares tras llegar a la conclusión de que su acercamiento a Israel y su dependencia de Washington ya no le garantizaban la seguridad. De ahí que el líder saudita Mohamed Bin Salmán persiga ahora un pacto de no agresión entre el Consejo de Cooperación del Golfo e Irán, basado en una arquitectura similar a los acuerdos de Helsinki de 1975. Junto a ello, Bin Salmán ha reorientado la política de defensa de su país. Sin dejar de tener a Estados Unidos como el principal aliado, ha ordenado dar prioridad a una industria de defensa propia y diversificar las compras de material militar con otros países. En particular con Turquía, que se frota las manos.
Todavía es pronto para calibrar todas las derivadas de este terremoto. La primera es la voluntad de la mayoría de los países del Golfo de recuperar autonomía estratégica y militar respecto de Estados Unidos. Algo que favorece la política de Irán, basada en superar su aislamiento. Puede que el régimen haya perdido capacidad de activar sus proxies en la región –Hamás, Hezbolá y los hutíes–, pero ha ganado un amigo de peso: Arabia Saudita. Al menos habrá neutralizado a un enemigo. La segunda derivada es el aumento de la división entre los países del Golfo (que también beneficia a Teherán). Efectivamente, los Emiratos han optado por una vía opuesta. Acrecentar sus relaciones políticas y militares con Israel y salirse de la OPEP. Una vía de confrontación con Riad que tiene poco recorrido. En cuanto a la tercera, tiene que ver con la creciente dificultad que va a tener Israel para erradicar Palestina. Podrá controlar mejor a quienes bombardeaban su territorio desde Gaza o el Líbano, pero habrá echado a perder la oportunidad que supieron ser los Acuerdo de Abraham. ¿Quién ha ganado la guerra? ¿Trump y Netanyahu, o Irán?












