Quizá nos tomamos demasiado en serio el fútbol para toda la estupidez que concita. Y los que más en serio se lo toman de todos son algunos argentinos, a su vez los más estúpidos a la hora de invocar la violencia y eso que algunos llaman cancherismo con orgullo competidor. «Es que son muy cancheros», repite la horda comunicadora refiriéndose a los futbolistas y a esa barra brava disparatadamente genuina.
Argentina es un país admirable por muchas razones: el tango y Piazzola, Borges y Bioy, Sabato y Cortázar, Darín y Francella, Fontanarrosa y Liniers, Quino y Mafalda, junto a tantos otros, fuentes constantes de creatividad, ingenio y placer. Pero la cruz de Argentina –sin necesidad de referirse a la distorsión cleptómana de su política a lo largo de la historia– está en ese seguimiento «canchero» y delincuentemente apasionado del fútbol, del que no se salvan siquiera sus grandes astros. Es más, sus grandes y últimos astros –pongamos Maradona y Messi– no sé cómo se las arreglan pero siempre han sabido colocarse en el epicentro del despropósito. Del primero es mejor no hablar; al segundo, un jurado ha decidido otorgarle el premio «Princesa de Asturias» de los Deportes, una distinción que si no me equivoco tiene como objeto distinguir al que es ejemplar por su vida y obra. Pero no es fácil hallar ejemplaridad, pienso yo, en un futbolista condenado por tres delitos contra la Hacienda pública.
Argentina, arrastrada a los suelos por su pasión, una vez más, no supo ganar pero tampoco perder contra una selección de España que la superó en todo menos en cancherismo, ese invento de tarados consistente en pincharle al rival con un alfiler para demostrar que la picardía y el juego subterráneo son una munición válida para doblegar al adversario. Si pueden escupirlo lo escupen, o lo pisan como gritaba aquel Bilardo. Argentina sigue dándole vueltas a su derrota moral.
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