Giorgia Meloni se había acostumbrado a gobernar mirando solo a dos hombres: Matteo Salvini y Antonio Tajani. Mientras los dos socios de coalición, el de la Liga y el de Forza Italia, asintieran, el Parlamento era un trámite. Esta semana ha descubierto que ya no basta. Los francotiradores no han sido los con chaqueta de líder, sino los con escaño propio y voto secreto: diputados anónimos de su bloque se le rebelaron sin dar la cara, y la ley que ella misma diseñó —su proyecto personal y ley estrella de final de mandato— para blindarse terminó, paradójicamente, retratando lo contrario.
Todo empezó el martes, cuando la Cámara tumbó por un solo voto —188 contra 187— la enmienda que la mayoría quería parcialmente para reintroducir las preferencias en las listas. Al día siguiente la grieta se hizo más ancha: Fratelli d’Italia, el partido de Meloni, votó junto a los diputados del extremista Roberto Vannacci una versión alternativa de la misma enmienda, en contra de sus propios socios de Liga y Forza Italia. Meloni, furiosa, admitió en público que hacía falta «una reflexión».
Este jueves, finalmente, la ley salió adelante en la Cámara de Diputados con 217 síes, 152 noes y dos abstenciones, otra vez con papeleta secreta. Pasa ahora al Senado, que también tendrá que votarla. Se llama Stabilicum, y no es casual el nombre: instaura un sistema proporcional con un premio de mayoría de 70 diputados y 35 senadores —con un techo de 220 y 113 respectivamente— para la coalición que supere el 42% de los votos, además de listas bloqueadas, sin preferencias, y la obligación de indicar de antemano quién sería el candidato a primer ministro.
Temptation Island
Ahí está la clave del proyecto, según los detractores de la primera ministra: Meloni quiere llegar viva, y sin sobresaltos, al final de la legislatura. Una ley pensada para la estabilidad, o para inmovilizarse en el poder, según se mire: el diputado de Fratelli d’Italia Giovanni Donzelli lo resumió a su manera diciendo que Italia ya no puede permitirse mayorías «menos estables que las parejas de la ‘Isla de las Tentaciones'». Mientras que el líder opositor Giuseppe Conte, jefe del Movimiento 5 Estrellas, prefirió llamarla directamente «ley trampa», hecha para pasar «de la estabilidad a la inamovilidad».
Salvini y Tajani la aceptaron, pero sin entusiasmo, porque las listas bloqueadas les quitan a sus diputados el arma que más valoran: la posibilidad de pactar su reelección con votos propios y no con los del líder de partido. El de la Liga, preguntado por la ley el mismo día del voto, zanjó el tema con una frase que resume bien su fastidio. «No tengo nada que decir sobre la ley electoral, está más lejos que la física cuántica», dijo.
Tambaleos
Otro golpe incómodo también se lo dio Vannacci, quien desafió a Meloni públicamente, retándola a que «saque agallas» y se enfrente a los jefes de grupo del centroderecha. Ninguna oposición externa hubiera podido colocar a la primera ministra en un aprieto tan faltoso como el que le regaló ese flanco soberanista.
La oposición, por supuesto, no ha perdido la ocasión de disfrutarlo. La secretaria del Partido Democrático (PD), Elly Schlein, sentenció que «el Gobierno de Meloni ha terminado» y que ahora «toca a nosotros». Es una exageración, la ley ya está aprobada y camino del Senado. Pero el Parlamento que Meloni daba por amaestrado acaba de recordarle que sigue vivo, y que a veces vota distinto de lo que le ordenan.
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