1. Sale el obispo jefe de la España aconfesional y, a la manera vaticana, o sea, dice lo que luego dice que no quiso decir sobre la banda de ladrones, pero que si se dan por aludidos, allá ellos. Unas decenas de corruptos y se pone en éstas. Es como si otro (mismo su Papa) dijera que los miles de pedófilos probados de la católica iglesia son una plaga; bueno, espera; que lo dijo, pero eso no le suscita reacción a don Argüello, que da testimonio cotidiano de la humildad de Cristo desde un palacio renacentista en Valladolid, con esmerado servicio de cocina, lavandería y limpieza a cargo de siervos del Señor; y es desde este dulce calvario arzobispal que surgen peteneras como ésta de don Argüello cada dos por tres también en los innumerables púlpitos de la España aconfesional. Sin contar lo de que el Papa acuda al parlamento del estado; otro ejemplo ilustrativo de la aconfesionalidad del estado, que es una aconfesionalidad con dos huevos duros colgando bien visibles.
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