La niebla que acostumbra a cegar a Inglaterra en los Mundiales desde su discutible éxito de 1966 se deshizo en la asfixiante Miami. La selección de los ‘Three Lions’, corregida una y otra vez por Tuchel, levantó el partido en la prórroga a una Noruega que acabó pagando su falta de pedigrí -se hablará sin duda del arbitraje del francés Clément Turpin-, algunos errores propios -como no amontonar balones para un Haaland reventado y que no pudo acabar el partido-, o el estado excelso del bigoleador Jude Bellingham (seis tantos ya en esta Copa del Mundo, los mismos que Harry Kane), que nada tiene que ver con el futbolista abúlico del Real Madrid.
Dará, eso sí, para bastante literatura un gol anulado a los noruegos por un empujón previo de Haaland. Pero también un episodio que haría las delicias de Iker Jiménez en sus noches paranormales. La jugada en la que se coció el empate inglés nació, supuestamente, en un toque del balón con el cable de una de las cámaras aéreas. Algo que negó la FIFA con rotundidad, escudándose en el chip del balón que todo lo monitoriza. El caso es que la pelota, tras el saque largo de Nyland, cayó casi a plomo a los pies de Anderson. Gordon y Bellingham hicieron el resto. Y pelillos a la mar. Si en 1986 Inglaterra sufrió una ‘mano de Dios’, ¿por qué no agradecer ahora un ‘cable de Dios’? El fútbol es un territorio delicioso para que la verdad se confunda con la mentira.
Las benditas pausas de hidratación/recaudación de este Mundial están permitiendo que las selecciones puedan tramar cuatro planes, vistiendo de una manera diferente en cada uno de los cuartos. Eso fue al menos lo que hizo Noruega, un equipo pacífico, recogido, plano y estrecho en el primer cuarto (Haaland defendía bien metido en su campo), pero voraz y larguísimo en el segundo. Semejante mutación pilló desprevenida a una Inglaterra que cometió el error de contagiarse del ritmo cachazudo de su rival -ya podía haber bajado Mick Jagger desde el palco para mover el esqueleto-, y que quedó desorientada justo la primera vez en que vio a los noruegos presionar su línea de salida. Stones, rescatado para la titularidad, tuvo un grave error sin consecuencias. Pero aquello fue como el primer golpe al tambor que esperaban los remeros vikingos.
Haaland, ya pasada la primera media hora, cabeceaba manso a puerta por primera vez en el partido. Y justo después, en una de aquellas acciones en que uno jamás tendrá claro qué intenciones tenía el futbolista, Andreas Schjelderup, diestro de toda la vida, batía a Pickford con un remate inverosímil con la zurda. Fuera el disparo buscado, fuera un centro que salió de aquella manera (¿recuerdan el gol desde el otro lado de Goiko en EEUU-94?), la estética del episodio no tuvo tacha.
Schjelderup, en cualquier caso, lo celebró como tocaba. El futbolista del Benfica no estaba llamado a hacer grandes cosas en un Mundial que a punto estuvo de no jugarlo. El pasado noviembre fue condenado en Copenhague a 14 días de prisión condicional por compartir un vídeo sexual de una menor. A Schjelderup, su seleccionador lo convocó de todas maneras y las autoridades estadounidenses autorizaron también su visado.
El gol de Noruega, que parecía que podía descomponer a una Inglaterra que hasta entonces, pese a su dominio territorial, apenas había tomado el área rival, requería de algún futbolista de hielo y sin cargas del pasado. La calma la ofreció Elliot Anderson, que agarró la pelota tras saque largo de Nyland (y con el cable de la cámara, a saber si como aliado). El flamante fichaje del City supo conducir y llevar la pelota donde debía. Es decir, a la orilla por donde Anthony Gordon, que se revuelve como un demonio de Tasmania, nunca deja de intentarlo. La hinchada del Barça se lo va a pasar en grande con el exfutbolista del Newcastle, al que no le hace falta una técnica depurada para salirse con la suya. Tampoco la tiene Raphinha, y ya ven. En el 1-1 del añadido del primer acto, Gordon, tipo de gran vista con los pases al área, acertó con el recorte y brindó el balón a quien avanzaba otra vez desde la segunda línea: Jude Bellingham. Y el madridista, de dulce en esta Copa del Mundo donde se siente importante, hizo el resto cruzando el balón con maestría. Aún Harry Kane marcó otro tanto, aunque fue anulado por claro fuera de juego.
Andreas Schjelderup celebra el gol de Noruega ante Inglaterra. / DPA
No iba a venirse abajo la encomiable Noruega. Todo lo contrario. Supo hacer frente a las variaciones que iba haciendo Tuchel (Eze y Saka sustituyeron a Rice y el incomprensible Madueke al salir del vestuario). Tan segura estaba la selección de Solbakken de sus posibilidades que no tenía dudas a la hora de cargar con todo en los córners. Lo que quizá no esperaba era el celo con el que el árbitro del partido, el francés Turpin, atendió a las recomendaciones del VAR cuando anuló a Noruega el momentáneo 2-1. Haaland empujó a Anderson justo antes de que fuera botado el saque de esquina y marcara Heggem tras rechazar Pickford. Si bien la estrella nórdica empleó las dos manos para quitarse de encima a su marcador, Anderson supo derrumbarse como convenía.
No fue empleado el mismo criterio en cuanto a los empujones cuando Berge, tras un testarazo al larguero de Agger, buscó rematar la faena ante la angustia de Inglaterra. El VAR -por allí andaba el español Del Cerro Grande- no dijo entonces ni mu.
Las lágrimas de Nyland
Inglaterra, ya sin Gordon, tuvo que mirar al flanco contrario. Saka, a la pata coja, pudo sacar una ocasión en el tramo final del tiempo reglamentario, con los futbolistas ya asumiendo que la prórroga se les venía encima. Bendita la suerte, con el calor derritiendo a quienes campaban por el césped de Miami (alrededor de 33 grados, con 72% de humedad), y el miedo a que cualquier error acabara con todo. A punto estuvo de cometerlo el portero Nyland ante la presión de Spence.
Qué más da. Nyland, que venía de jugar apenas siete partidos con el Sevilla, y que venía también de jugar el partido de su vida contra Brasil, vivió la cara más ingrata de su devenir mundialista. No pudo parar de llorar. Morgan Rogers, como Cubarsí ante Bélgica, disparó desde lejos. A Nyland se le escurrió el balón de entre las manos para gloria de Bellingham, que sería quien ajusticiara a los noruegos en el mismo amanecer de la prórroga.
Ya ni siquiera necesitó Inglaterra que el árbitro le concediera un penalti a Spence. Con Haaland hundido en el banquillo en la segunda parte de la prórroga, el bello cuento vikingo llegaba a su fin.
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