La situación en La Guaira tras los terremotos de la madrugada del jueves 25 de junio que sacudieron Venezuela ha golpeado con dureza el día a día de los afectados. La cifra de fallecidos asciende ya a más de tres mil, mientras que la de heridos se mantiene en torno a 17.000. El número de españoles muertos por el doble seísmo se eleva a 41; otras 138 personas continúan desaparecidas y 11 han sido localizadas bajo los escombros. Mientras tanto, entre los restos de los edificios derruidos, la vida sigue abriéndose paso. Lo hace en medio de la escasez de alimentos y de la falta de acceso a la atención sanitaria y medicamentos. «Es una situación difícil», resumen Carmen León, de padres gomeros. Para miles de personas, la alimentación y la salud han quedado condicionadas por la destrucción y dependen ahora de la ayuda exterior.
El menú en La Guaira ha quedado reducido, para la mayoría de los afectados, a una única comida al día. «La harina para una arepa no falta y con eso creo que basta para mantener el estómago tranquilo», cuenta Carmen León. Ella lo perdió todo en los terremotos y se vio obligada a buscar refugio para su madre y su hija, diabética insulinodependiente: «Afortunadamente he sentido el cariño y el apoyo de amigos en la capital y me refugio allí». La realidad cambia ligeramente en el caso de los niños. Ellos consiguen comer algo más que los adultos. «A ellos se les puede ayudar con algo más, como zumos, compotas y alguna galleta», explica.
La ayuda exterior cobra especial relevancia en un escenario como este. En los últimos días, Venezuela ha recibido más de mil toneladas de ayuda humanitaria procedente de distintos países y se espera que ese apoyo continúe llegando. Aun así, garantizar la alimentación sigue siendo uno de los principales retos. «Venga de donde venga, la ayuda es difícil. Se trata, sobre todo, de carbohidratos más que de proteínas, por lo complejo que resulta refrigerar los alimentos», explica Carmen León. A ello se suma la precariedad del suministro eléctrico. «La energía eléctrica es deficiente», asegura. Una situación que dificulta la conservación de los alimentos y limita el acceso a productos en La Guaira.
La situación en los comercios
La dependencia del suministro exterior se ha acentuado ante la dificultad para conseguir productos básicos en la zona. Apenas un 20% de los comercios, explica Carmen León, ha logrado reabrir y lo hace abasteciendo algunos insumos, hielo o agua. La mayoría de las provisiones que llegan son «bebidas dulces para sobrellevar el desgaste que genera tanta tierra y la remoción de escombros». El entorno sigue marcado por la destrucción y el ambiente, describe, es de extrema sequedad, consecuencia del polvo y los escombros que todavía cubren gran parte de La Guaira.
El estrés y la ansiedad dificultan, además, las comidas. Muchas personas aseguran tener el estómago cerrado, especialmente por la incertidumbre que sienten al no saber cuánto tiempo podría prolongarse esta situación. Los alimentos que más llegan a la zona son conservas y granos: «Es una forma de mantenerse lleno». Mientras tanto, los afectados permanecen alojados en refugios improvisados, carpas o espacios habilitados de forma provisional, como canchas deportivas techadas y otros lugares similares.
Algunas casas en pie
En La Guaira, un rayo de luz se abre paso entre los escombros en las pocas viviendas que permanecen en pie. Sus propietarios, sin embargo, tienen prohibido acceder a ellas. Una decisión que, más allá de responder a motivos de seguridad, también está condicionada por las dificultades del transporte público. A través de la entidad que preside en Macuto, Carmen León se desplaza cada día hasta la zona para prestar asistencia médica a los afectados. Lo ocurrido, asegura, «fue algo inimaginable». Ahora toca «mantener la mente fuerte» para poder seguir «adelante».
Marco Guedez vive a 350 kilómetros de La Guaira. Su ciudad resultó «mínimamente» afectada. Aunque varias edificaciones sufrieron grietas, ninguna llegó a derrumbarse. Los heridos se produjeron, principalmente, durante la evacuación, cuando muchas personas salieron corriendo en busca de un lugar seguro. En su región no se registraron fallecidos. Pese a encontrarse lejos de la zona más castigada por los terremotos, el miedo y los nervios se instalaron en el día a día de los vecinos. Una sensación que se vio agravada por las réplicas registradas en los días posteriores. Desde la distancia, observa cómo los afectados de La Guaira han logrado salir adelante gracias a la ayuda exterior. «Si no, el desastre sería mayor», afirma.
Marco Guedez es descendiente de españoles. Más allá de la tragedia provocada por los terremotos, considera que la situación también está marcada por los problemas políticos del país. «En Venezuela le cortan la cabeza a la culebra, pero la culebra sigue viva y peor. Se sigue politizando todo, incluso las ayudas. Eso es terrible», afirma. Su crítica es contundente: el 5 de julio, apenas unos días después de los terremotos, Caracas celebró el Día de la Independencia y «Delcy Rodríguez lo celebró con gente todavía atrapada. Ese domingo, por la tarde, seguían sacando supervivientes de los edificios. Los militares desfilando en Caracas y la gente todavía atrapada entre los escombros«, lamenta.
La Guaira, una «zona de guerra»
La Guaira es «una zona de guerra». «Hay un millón de carencias. El desastre es apoteósico», resume Guedez. Desde distintos puntos de Venezuela no deja de llegar ayuda. Aun así, el reto para los voluntarios sigue siendo mayúsculo. «La gente quiere llevar personalmente las cosas que dona porque hay rumores de que las están robando», sostiene Marco Guedez. Incluso para trasladar comida a la zona afectada es necesario solicitar un permiso al Gobierno. «Tienes que ir a Caracas, que está a más de 800 kilómetros de La Guaira, a pedir un permiso para poder llevar alimentos o cualquier tipo de ayuda, o simplemente bajar a poner tus manos y tu corazón al servicio de la gente. Eso también lo han querido politizar y lo han querido prohibir», añade.
Es por ello que la ayuda internacional ha adquirido un papel protagonista. «España fue la primera potencia que llegó a ayudar a Venezuela», destaca Marco Guedez. En medio de la devastación, ese apoyo se ha convertido en un rayo de luz para una Venezuela que, lamenta, está «acostumbrada a las desgracias».
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