El día antes de celebrar su concierto, Kiki Morente confesaba a este periódico no saber qué esperar de este exigente proyecto que no deja de ser una gran responsabilidad, y eso no hay quien se lo quite de encima al más pequeño de los tres hijos de Enrique Morente. “Estoy esperando ver qué frutos y qué sensaciones me da una vez que haya tenido el bagaje de poder defender Omega. Si es que lo consigo”, decía. “A ver adónde me lleva”. Esto último es algo que el joven de Granada lleva tiempo preguntándose, y esta noche de sábado, por fin, ha podido vislumbrar un pequeño porcentaje de ese total que le deparan los próximos meses.
Por gracia de Dios o del destino, el estreno absoluto de Omega 30 aniversario tenía que celebrarse en Córdoba. En la 45ª edición del Festival de la Guitarra, el mismo certamen donde Enrique Morente actuó por última vez en 2009, acompañado de las palmas y coros del niño Kiki Morente, que apuntaba las maneras de un legendario linaje.
Ya entonces, aquel no tan pequeño comenzaba a empaparse, también sobre las tablas, de la energía de Omega, y de ese “espíritu”, como lo define Antonio Arias de Lagartija Nick, que desde la cuna lo han guiado. Y la pasada noche del 11 de julio, tres décadas después del nacimiento de aquel Big Bang del flamenco, ese espíritu se apoderó de La Axerquía durante unas horas que parecieron la vida entera.
Esta noche mágica dio comienzo mucho antes de lo esperado. A decir verdad, empezó a fraguarse en el último ensayo de Kiki Morente y Lagartija Nick en Granada, antes de iniciar la gira del 30 aniversario de Omega. Pero no fue hasta la hora estimada cuando la atmósfera alcanzó otro matiz. La música comenzó a abrirse entre el silencio de La Axerquía y sus ovaciones. Sobre el escenario, Kiki Morente, Lagartija Nick y el resto de la formación asumieron desde el primer compás un repertorio que fue recorriendo los grandes hitos de Omega. Con una puesta en escena sobria, sin artificios innecesarios y donde toda la atención recaía sobre el diálogo entre el cante, la electricidad de la banda y la palabra de Lorca y Leonard Cohen, composiciones como Manhattan Solo Del Pasto Bobo o La Aurora de Nueva York se hicieron inmensas.
Cuando se editó en 1996, Omega solo vendió 50.000 copias y protagonizó una ruptura con los cánones del flamenco. Tres décadas más tarde, la combinación de cante jondo, rock eléctrico y poesía forma parte del canon. Algo que se observaba en cada desgarro, en cada palmeo y en cada giro de la agrupación que se atrevió ayer a poner en pie la obra, acompañada, además, de las coreografías de Israel Galván, al que Enrique Morente calificaba como “el más viejo de los bailaores jóvenes”. Su baile, lejos de convertirse en un simple acompañamiento, añadió otra lectura a una obra que siempre entendió el arte como un territorio sin fronteras. Cada movimiento parecía fusionarse con el cante y las cuerdas, reforzando ese carácter de libertad extraordinaria.
Kiki Morente estrena ‘Omega 30 aniversario’ en el Festival de la Guitarra / Víctor Castro
Antes de interpretar Pequeño vals vienés, el artista Antonio Arias tomó la palabra para resumir el significado de la noche: «Se tardan tres vidas en llegar aquí: la de Lorca, la de Leonard Cohen y la del desaparecido Enrique Morente. Ahora te toca a ti, Kiki». Unas palabras que condensaban el peso del legado que el menor de los Morente asumía sobre el escenario.
Sin duda, la del sábado ha sido una cita marcada por las emociones y el recuerdo de un maestro. Un reto en el que Morente hijo pretendió, y logró con méritos, trasladar de nuevo esa energía única que transmitió ya en su día el álbum. Recorrer sobre el escenario, a su modo, ese “desgarro” de canciones que, en palabras de él, “son dos barcos”, como Ciudad sin sueño u Omega. Leer ese poema para los muertos y volver a encender la llama de la incertidumbre. Y sí, ya lo podemos decir con certeza: Kiki Morente consiguió defenderlo, y esperemos que allá donde le lleve este legado nos permita sentirlo bien cerca.
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