‘Kokuho. El maestro del kabuki’ repasa 50 años de la historia del Japón. La acción arranca en 1964, a partir de dos de las tradiciones que todo occidental conoce de la sociedad japonesa: el ‘kabuki’, o teatro clásico, y las ‘yakuza’, las familias organizadas de clanes mafiosos sobre las cuales se han realizado tantas películas tanto en Oriente como en Occidente. Es un filme minucioso que se toma su tiempo –dura casi tres horas– para relatar una vorágine de acontecimientos que afectan principalmente a Kikuo Tashibana, personaje en cuya existencia coinciden las dos tradiciones, la teatral y la criminal. Porque cuando empieza el filme, en Nagasaki, el joven Kikuo actúa en un espectáculo de kabuki en un pequeño local. Poco después, en el mismo escenario, los miembros de una familia asesinan a su padre, líder de una yakuza. Al no poder vengarlo, Kikuo empieza un duro aprendizaje en el mundo del teatro a través de su protector, Hangiro Hanai, uno de los actores más famosos del kabuki.
La película está dirigida por Lee Sang-il, quien compitió hace 10 años en el festival de San Sebastián con ‘Rage’, un ‘thriller’ con escabroso asesino en serie protagonizado por el veterano Ken Watanabe, habitual en producciones estadounidenses (‘El último samurái’, ‘Memorias de una geisha’, ‘Batman begins’, ‘Cartas desde Iwo Jima’, ‘Origen’, ‘Godzilla’, la serie ‘Tokyo Vice’) y que en ‘Kokuho’ encarna al famoso actor de kabuki cuyos métodos para enseñar a las nuevas promesas son especialmente duros e intransigentes.
Espectáculo popular
Estrenada en la Quincena de Cineastas del festival de Cannes de 2025, la película empezó a circular por todos los certámenes posteriores (Toronto, Shanghái, Busan, Bangkok, Río de Janeiro, Tesalónica, Palm Springs, Dublín) sin ser estrictamente “una película de festivales”. Es más bien un espectáculo popular, planteado de forma exquisita –sobre todo en las secuencias que reconstruyen las actuaciones de kabuki–, que ha dado en la diana comercial en su país y ha funcionado bien en los otros –Australia, Estados Unidos, Corea del Sur, Francia, Italia, Turquía– en los que se ha estrenado.
A España ha llegado este viernes vía ‘streaming’ a través de Filmin. De momento ya es la película con mayor recaudación de la historia del cine japonés, con 14 millones de espectadores. La más exitosa en imagen real, porque al anime no le gana nadie. Ha recaudado en todo el mundo más de 116 millones de euros. Fue seleccionada para los Oscar por Japón, aunque no pasó el último corte, y sería nominada en la categoría de maquillaje y peluquería, compitiendo con títulos como ‘Los pecadores’ y ‘Frankenstein’, que se llevó la estatuilla.
Uno de los aspectos relevantes del filme es la reconstrucción escénica y ambiental de cada una de las épocas tratadas. La fotografía es obra del único miembro no japonés del equipo, el tunecino Sofian El Fani, un nómada de la cámara que ha trabajado mucho en el cine francés: suya es la iluminación de ‘La vida de Adèle’, por ejemplo.
El kabuki sirve de telón de fondo a la historia, aunque su particular idiosincrasia marca algunos de los aspectos más relevantes en el relato de aprendizaje y sacrificio de su protagonista. Originario del siglo XVII –las primeras representaciones datan de 1603–, encontró enseguida eco entre el público más popular hasta el punto de que el férreo sogunato (el gobierno militar japonés desde finales del siglo XII hasta la llegada al poder del emperador Meiji en 1868) pensó que este nuevo arte causaría la decadencia moral del país y prohibió que en sus obras actuaran mujeres. Esto dio pie a la aparición de los ‘onnagata’ u ‘oyama’, los actores masculinos que representaban los personajes femeninos –generalmente mujeres jóvenes y solteras, princesas o esposas adultas, pero nunca niñas– convenientemente vestidos, peinados y maquillados para la ocasión.
Dentro de esta tradición obligatoria y reaccionaria se establecían diferencias: cuando el papel era el de una anciana o una religiosa, entonces eran interpretados por una categoría especial de actores llamados ‘kashagata’. Este cambio de roles que discriminaba a las mujeres en el teatro tuvo que ser aceptado social y culturalmente, de modo que también en algunas óperas de Pekin los hombres interpretaban papeles femeninos. Hasta después de la segunda guerra mundial no apareció una compañía de teatro kabuki formada solo por mujeres. En algunas representaciones actuales ya son las actrices las que dan vida a las figuras antes encarnadas por los ‘onnagata’.
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