Atrapados en sus redes

Adolescentes mirando sus teléfonos móviles.

Llevo días escuchando un anuncio de Meta en la radio repetidamente. Habla de las cuentas de adolescente para Instagram. Supongo que busca que los padres estén tranquilos vendiendo que son seguras para sus hijos e hijas…Voy a remangarme los pantalones porque hoy toca pisar charcos.

Es importante aquí dejar claro que lo que viene a continuación es mi opinión, no pretendo tener razón, eso es para gente mucho más lista y con menos dudas que yo. Y lo que opino es que esos anuncios me ponen los pelos de punta. Me recuerdan a las tácticas que aún hoy llevan a cabo tabacaleras regalando cigarrillos a menores de edad en algunas regiones de África. Me recuerdan al champán para niños de entre tres y seis años con dibujitos de Dora la Exploradora que se vende en algunos supermercados. 

Todos hemos escuchado -y quizá dicho – que las redes sociales no son ni malas ni buenas, que depende de su uso. Supongo que yo mismo he repetido ese mantra porque parece prudente. Hoy me voy a quitar la careta: en realidad no creo que sea así. Los potenciales efectos positivos que puedan tener palidecen frente al daño que son capaces de acarrear. No son inocuas. Son adictivas. Conllevan perjuicio para nuestra salud ocular, para nuestra capacidad de atención, para la forma en la que percivimos la realidad, para nuestra autoestima, para nuestras habilidades sociales; contribuyen a que descansemos peor, a que nos malinformemos, a la exposición salvaje y la pérdida de la privacidad, generan ansiedad y depresión, son una puerta abierta para el ciberacoso, un pozo sin fondo de spam, una vía para timos, suplantaciones de identidad y ciberdelitos… no son democráticas, ni públicas, ni transparentes.

El verano pasado me entró un mensaje, era mi teléfono informándome de que la media diaria de horas de uso del dispositivo la semana anterior había sido de más de cuatro. Me asusté. Cuatro horas a la jornada frente a la pantalla significa que de cada seis días uno entero lo había perdido haciendo absolutamente nada embobado viendo cosas que no me aportan ¡Un día entero de cada seis! Eso son sesenta y un días completos al año. Dos meses de mi vida, con sus días y sus noches, regalados a una multinacional gigantesca que aprende de mis hábitos con el único fin de que esos dos meses se conviertan en tres y luego en cuatro…

Que Meta nos diga que sus cuentas para adolescentes son seguras es sólo una forma de invitarnos a que nuestros hijos entren en el lugar en el que ellos van a trabajar con todos los recursos que puede comprar el dinero para atraparles y que no vuelvan a salir de ahí nunca. Esto es una columna de opinión, no de soluciones. No tengo ni idea de qué hay que hacer para ayudar a la generación que viene a no estar condicionada por algoritmos que no entendemos. Estas mismas líneas probablemente las vayas a leer en Instagram.

Ayer mi dispositivo me dijo que la media de horas en las que estuve conectado la semana pasada fue de algo más de dos. He conseguido recortar el tiempo a la mitad. Este año solo invertiré un mes entero de mi vida a trabajar para Meta.

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