Resulta curioso que el concierto de Siloé haya sido un domingo, y no cualquier otro día. Pero llama aún más la atención ver cómo esta banda vallisoletana dejaba sin entradas la Sala Impala hace poco más de un año, y ahora no solo recalen en el 45 Festival de la Guitarra de Córdoba, con todo lo que eso conlleva, sino que agoten localidades de un Teatro de la Axerquía con más noches que la luna. Un ascenso meteórico el de este grupo que ha logrado algo muy difícil, reunir a los diferentes grupúsculos de la ciudad bajo un mismo manto de fe por la música.
Lo suyo no ha sido cosa del azar. Un éxito así —que canten ante el Sumo Pontífice, ser recomendados públicamente por Coldplay, sus múltiples sold out y varios miles de entradas vendidas— se construye desde algo más grande. Una carrera de fondo —su primer álbum se publicó en 2016— y una evidente evolución de estilos, sonidos y proyección les precede. Por eso no fue nada extraño encontrarnos este 5 de julio con una Axerquía hasta la bandera y pintada de merchandising.
Ya en el ambigú no paraban de comentarlo: no era la primera vez que los disfrutaban en directo, desde luego. La gran mayoría sabían a lo que iban, porque si de algo puede presumir Siloé es de tener bien cerca a uno de los fandoms más fieles y comprometidos del panorama.
Y mientras cada cual iba a lo suyo, los últimos rayos de luz ponían a punto un escenario que, sin secretos y a simple vista, ya lucía magnánimo con una enorme cruz de neón presidiendo en el centro. Fue entonces cuando la escenografía dio paso a la aparición de Fito Robles, vocalista y frontman del grupo, que prendía la llama de una velada infinita con Terrorismo emocional, uno de los hits de su homónimo y último disco.
Encomendados (o no) al azar
Sobre las tablas, la formación al completo fue poniendo en bandeja el resto de un repertorio a través de sus discos más queridos. Si me necesitas, llámame, Las Palabras, Reza por mí, Búfalo o La Estrella fueron intercambiándose con las muy recurrentes intervenciones de Siloé con su público, que ya a mitad del show había quedado totalmente rendido a semejante despliegue de carisma y entrega total.
La verdad, Súbeme al cielo y Si te pones de mi parte protagonizaron, de igual modo, un cambio de tercio digno de destacar. Cada una de las canciones se transformaron en verdaderos rezos, y del graderío sonaban cada vez más fuertes las voces de unos fans emocionados y extasiados ante Robles y su voz, que, sin duda, en directo impresiona aún más.
Resultó refrescante ver a tanta gente tan dispersa entre sí conectar en consonancia ante tres hombres que, esa noche, lo dieron todo. Especialmente su Amor infinito, otra de las más nuevas y cuyos acordes iniciales llegaron a lo más hondo de las primerísimas filas, que coreaban y aplaudían sin cesar de cantar, antes de coger las fuerzas necesarias para dejarse llevar por Haz que merezca la pena.
Pero la ansiada liturgia de Siloé cada vez estaba más cerca de acabar, y así lo fue anticipando Fito y compañía con algún que otro aviso incierto. Con temas como Búfalo o Campo Grande, pretendieron culminar un debut en la Axerquía que se vivió con los cinco sentidos, y alguno más. Fue un show electrizante aquel. Una especie de congregación donde la música venía dispuesta a tener la última palabra. Sin embargo, no fue hasta Todos los besos cuando se materializó lo que muchos temían. Un adiós amargo que ponía punto y aparte —porque dejaron claro que esto tan solo es el principio— a aquel encuentro lleno de luz, rock y letras compartidas. Aunque una cosa sí que podemos decir: hicieron que mereciera la pena.
Notas de un jazz superior
Por su parte, el Gran Teatro también recibió en la tarde de ayer a Stanley Clarke, leyenda viva del jazz y referente absoluto del bajo eléctrico, que volvió a exhibir su inconfundible virtuosismo al frente de N•4EVER. Paralelamente y a esos metros, compartía Clarke jornada con María Esther Guzmán, que ofreció un despliegue de talento clásico y excelencia interpretativa en el Teatro Góngora.
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