El Tour se inventó en 1903 para vender periódicos y hoy sigue con la misma cantinela solo que en vez de vender papel vende imágenes de plazas, catedrales, monumentos, paisajes y playas a todo el orbe de allá por donde pasa. En el siglo pasado las arcas de Tour se nutrían del dinero que pagaban millones de seguidores por un manojo de papeles que relataban historias épicas de ciclistas. Hoy, entre sus principales ingresos, destacan las enormes aportaciones de entes administrativos y políticos para su propio autobombo, porque la deuda no existe y si existiera ya la pagaran otros.
Bajo ese sarnoso principio pudimos contemplar en Barcelona el festival de cascos aerodinámicos que rayan lo extravagante, pero deben tener su eficacia competitiva ya que al parecer todos aportan beneficio al famoso coeficiente CX, esto es, la resistencia que ofrece un cuerpo al avanzar frente al aire. Los vimos en forma de pepino, de seta, de submarino, de supositorio, etcétera.
En un apartado competitivo de libertinaje regulador por la UCI, las extravagancias se suceden. Pensemos que el liderato Vingegaard sobre Ganna se obtuvo arañando menos de medio segundo por kilómetro. En esa feria de gorros siderales el danés recobró su lejano idilio con el amarillo advirtiéndole a Pogy que este año pueden pasar cosas. Y ojalá que así sea porque la dictadura de Tadeo en las últimas temporadas, dentro y fuera del Tour, aunque maravillosa, ha hecho de la gesta un estado de monotonía.
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