Nos han enseñado a mirar la decrepitud con la misma cortesía temerosa con que se mira una mala noticia. La escondemos bajo cremas, reformas, prótesis, filtros fotográficos y eufemismos. A una pared desconchada la llamamos ruina; a una mano temblorosa, decadencia; a un rostro arrugado, ocaso. Hemos decidido que lo bello debe parecer recién estrenado, como si la vida no consistiera precisamente en dejar de estarlo. Y, sin embargo, casi todo lo que de verdad conmueve lleva alguna grieta.
Un árbol joven puede ser hermoso, pero uno viejo tiene historia. El tronco vencido por los años impone respeto por su resistencia. Una fachada impecable agrada, pero una casa abandonada, invadida por las hierbas y con papeles antiguos esparcidos por el suelo, despierta la sospecha de que allí sucedió la vida. No solo la vida elegante de los salones, sino también la de las enfermedades, las despedidas y los inviernos.
Quizá por eso, desde muy joven, he sentido fascinación por los paisajes donde la decrepitud arquitectónica se exhibe sin pudor. No hablo solo de monumentos, ennoblecidos ya por la cultura, sino de edificios abandonados, minas calladas o casas donde la naturaleza ha vuelto a entrar como legítima heredera. Recuerdo el viejo sanatorio antituberculoso de la Sierra del Rentonar, cerca de Torremanzanas, construido en 1926 y abandonado décadas después. Al recorrer sus estancias desnudas y escaleras heridas, tuve la impresión de que aquel edificio no estaba muerto, sino ensimismado. Conservaba una rara dignidad: la de los lugares que han dejado de servir, pero no de significar. Me inspiré en él para dos capítulos de mi primera novela editada.
La decrepitud es mucho más que deterioro; es memoria material. Es la caligrafía con que el tiempo firma sobre los cuerpos. Allí donde la perfección resulta muda, la imperfección empieza a contar. Una grieta puede ser una confesión; una arruga, el registro de risas, duelos e insomnios. No hay rostro anciano que no sea un archivo.
La ciencia no tiene por qué resignarse a esa poética. Hace bien en investigar el envejecimiento para evitar que el cuerpo convierta cada año añadido en un impuesto de dolor. Juan Carlos Izpisua ha sugerido que envejecer podría entenderse como una pérdida de identidad celular: las células dejan de recordar lo que son, se desdibujan y propagan el deterioro. La reprogramación celular busca devolverles la memoria de sí mismas.
La vejez no sería solo desgaste, sino extravío; una desorientación íntima. El cuerpo, como una vieja ciudad, conservaría sus calles, pero olvidaría algunos nombres. La medicina intentaría entonces restituir las placas borradas y reparar las fachadas vencidas. La empresa es noble, siempre que no confundamos curar con negar.
Porque una cosa es aliviar la enfermedad y otra declarar indeseable todo signo de haber vivido. Conviene distinguir entre el dolor que humilla y la huella que ennoblece. Nadie sensato hará una loa de la dependencia o la demencia, ni convertirá el sufrimiento en estética. Pero tampoco deberíamos aceptar la dictadura de una juventud perpetua que trata cada marca del tiempo como una avería moral.
La belleza de la decrepitud no está en el sufrimiento, sino en la supervivencia; no en la ruina como abandono, sino como testimonio. Hay edificios que, vencidos, conservan más alma que muchas construcciones relucientes. Hay cuerpos cansados que poseen una majestad que ninguna gimnasia puede fabricar y voces quebradas que dicen la verdad con una autoridad ausente en la piel tersa de los anuncios.
La tradición japonesa del wabi-sabi lo entendió mejor que nuestra cultura del escaparate: lo incompleto, lo modesto y lo agrietado también contienen belleza. No la belleza arrogante de lo perfecto, sino la humilde de lo que ha resistido sin ocultar el coste. Un cuenco reparado puede ser más hermoso que uno intacto porque no finge no haberse roto. Una casa comida por la hiedra resulta más sugestiva porque en ella la naturaleza y el olvido conversan.
También nosotros somos cuencos reparados. Lo que llamamos carácter suele ser una colección de fracturas soldadas. La edad, si no llega arrasada por la enfermedad, la pobreza o la injusticia, concede una forma superior de elegancia: la perspectiva. Desde cierta altura del tiempo, las antiguas urgencias parecen teatro, las ambiciones se encogen y los rencores pierden solemnidad; la vida deja de ser una carrera y empieza a parecerse a una habitación con luz de tarde.
Por eso conviene elogiar la decrepitud sin caer en la impostura. No como culto a la decadencia, sino como defensa de la huella. La medicina debe intentar que vivamos más y mejor; la cultura debería enseñarnos a no despreciar a quienes ya llevan mucho vivido. Si la ciencia logra retrasar el envejecimiento, habrá que celebrarlo. Pero incluso entonces sería triste que el ser humano aspirara a convertirse en una superficie sin memoria.
La vida no consiste en llegar intacto al final, sino en llegar con sentido. El viejo sanatorio del Rentonar, con su silencio de enfermos ausentes, me enseñó que no todo lo vencido está vacío ni todo lo abandonado ha perdido su voz. Algunas grietas, al contrario, iluminan. Por ellas no entra la derrota, sino la historia.
Suscríbete para seguir leyendo













