La belleza de la decrepitud

Nos han enseñado a mirar la decrepitud con la misma cortesía temerosa con que se mira una mala noticia. La escondemos bajo cremas, reformas, prótesis, filtros fotográficos y eufemismos. A una pared desconchada la llamamos ruina; a una mano temblorosa, decadencia; a un rostro arrugado, ocaso. Hemos decidido que lo bello debe parecer recién estrenado, como si la vida no consistiera precisamente en dejar de estarlo. Y, sin embargo, casi todo lo que de verdad conmueve lleva alguna grieta.

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