El vínculo afectivo tan estrecho que sienten hacia sus mascotas las personas que deciden criar animales de compañía en casa se expresa de modo especialmente crudo y elocuente en el momento de su defunción. Toca despedirse de un ser que, después de muchos años de caricias, juegos y atenciones, se había convertido en un miembro más de la familia –así se considera hoy a la mascota en miles de hogares- y, como tal, deja tras su marcha un vacío que trae consigo un severo duelo. También hay que gestionar las cuestiones logísticas de la defunción, un tránsito que, sin llegar a tener las complicaciones legales de la muerte de un humano, supone un estrés añadido para quienes afrontan en esos días una experiencia particularmente delicada.
La ley obliga a gestionar el entierro o incineración de una mascota a través de un servicio veterinario
La madrileña Carmen Sabalete aún se emociona al recordar las jornadas previas y posteriores a la muerte de su gato Carusso, con quien vivió 18 años y del que tuvo que despedirse, a su pesar, en 2020. En plena pandemia, se vio obligada a tomar la decisión “más dura” de su vida: aconsejada por su veterinaria, accedió a sacrificarle para que dejara de sufrir los síntomas del alzhéimer y la artrosis que padecía. “Aún hoy, se me parte el alma de pensar que quizá me precipité, que podría haberle dejado vivir un poco más. Sobre todo, me duele que su muerte pudo provocarla la menor atención que le presté los meses previos debido al estrés que tenía en el trabajo”, cuenta.
«La muerte de mi gato me causó el mismo dolor que la de un familiar cercano. Me quedé traumatizada mucho tiempo»
Aquel “sentimiento de culpa”, le ocasionó un duelo especialmente “largo, doloroso y difícil”, que se prolongó durante más de un año y acabó solapándose con el de la muerte de su padre, ocurrida en 2021. “Carusso también era mi familia, no era una simple mascota. De hecho, su muerte me causó el mismo dolor que la de un familiar cercano. Me quedé traumatizada mucho tiempo”, recuerda.
Carmen Sabalete y su gato Carusso, antes de que este falleciera en 2020. / EPC
La ley de protección animal, que entró en vigor en 2022, prohíbe el abandono del cadáver de un animal de compañía o su entierro en un jardín privado y obliga a gestionar su incineración o entierro a través de un servicio veterinario. También exige que se comunique la defunción y se dé de baja al animal en el sistema de identificación.
Sin embargo, nada dice sobre la gestión de la carga emocional que recae sobre sus cuidadores en esos momentos tan delicados. “Esa carga está cada vez más presente ente las personas que tienen mascota, que hoy viven su fallecimiento con un sentimiento de duelo que hace años no se daba”, señala Isabel Farré, gerente de Tanatori de Mascotes, empresa pionera en ofrecer servicios de pompas fúnebres para animales en Catalunya.
Farré abrió su primer centro en 2017 y hoy tiene cinco en toda Cataluña, donde actualmente opera media docena de compañías que ofrecen servicios similares. “Hace años, lo habitual era la cremación y nada más. Se trataba de gestionar los restos biológicos, era más bien un trámite sanitario. Hoy, cada vez se demanda más este tipo de ceremonias. En ellos, los familiares tienen un momento de intimidad para despedirse de su ser querido, previamente adecentado para la ocasión”, detalla la empresaria, que también es veterinaria. Es como un velatorio de humanos, pero más corto, de apenas una hora. “Hay quien lee poemas, quien llega con fotos, quien canta… Las lágrimas y las expresiones de emoción son habituales”, explica la gerente.

Una mujer se despide de su perro en el velatorio del Tanatorio de Mascotas. Barcelona. / Ferran Nadeu / EPC
Servicios funerarios
La industria del duelo animal pone hoy a disposición de los tutores de mascotas un menú de recursos para conllevar la pérdida, como urnas especiales para conservar las cenizas, huellas de pisadas impresas en papel o cerámica (cuestan entre 20 y 50 euros), broches que contienen restos de pelo (entre 20 y 30 euros) y joyas con trazas de adn extraídas de la saliva del animal fallecido (alrededor de 200 euros).
El coste de una incineración oscila entre los 100 y los 400 euros, dependiendo del peso del animal y de si la cremación es individual o colectiva. El servicio funerario de despedida en la intimidad ronda los 50 euros.

Modelos de urnas para cenizas de mascotas en el velatorio del Tanatorio de Mascotas. Barcelona. / Ferran Nadeu / EPC
También existe la opción del entierro, pero cada vez se demanda menos. En Catalunya hay dos cementerios para animales, situados en Torrelles de Llobregat (Barcelona) y Reus (Tarragona). Los entierros cuestan entre 90 y 150 euros, dependiendo de nicho o la fosa que se elija, a lo que hay que añadir el alquiler del espacio, que cuesta entre 30 y 70 euros al año.
Sabalete optó por la cremación individual y hoy conserva las cenizas de Carusso como oro en paño. “Están conmigo siempre, es una forma de seguir sintiendo su presencia”, afirma. Su ausencia, dice, es insustituible, pero para hacerle más llevadero el duelo, en 2022 le regalaron a Lola, una teckel cariñosa y simpática, y después llegaron Catalina y Poe, dos gatos de dos y un año. “Me he vuelto más exigente con la crianza, ahora me gasto más de 450 euros al mes en atenderles, pero no me importa, son mi nueva familia”, afirma.

Catalina, Poe y Lola, la nueva familia de Carmen Sabalete / EPC
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