La literatura de Clara Sánchez (Guadalajara, 1955) desborda emociones. Sus padres le enseñaron a leerlas cuando aún iba al colegio. De hecho, lo primero que hacía al regresar a casa era observar a su madre. Con sólo una mirada era capaz de saber qué tal había pasado el día. Desde entonces, ojo, relata el mundo en clave sentimental. Un enfoque que le ha permitido armar una biblioteca reposada, a flor de piel. Sus historias son fácilmente reconocibles: arrancan con escenas cotidianas que, poco a poco, gracias a su habilidad para desmenuzar corazones, acaban agrietándose. “Me encanta ir más allá. No hay nada más interesante que viajar a un lugar desconocido”, asegura. Acaba de publicar Lo inexplicable, su decimosexta novela. Y, como en Piedras preciosas, su debut, vuelve a detenerse en aquello que no sabemos nombrar, pero nos gobierna.
Sánchez no escribe para ordenar el caos, sino para acercarse a él con la delicadeza de quien sabe que, en el fondo, lo inconcebible también forma parte de nosotros. En su último libro, reflexiona sobre la muerte, el tiempo y la reencarnación, así como los miedos que heredamos sin pedirlos. Lo hace ferviente, con esa mezcla de intriga y extrañeza que tanto la atraviesa. Un estilo que ya le ha valido los premios Alfaguara, Nadal y Planeta, entre otros. Además, en 2023, ocupó la silla X de la Real Academia Española, una letra que parece hecha para quien lleva décadas persiguiendo lo que se escapa. Ha construido una obra reconocible. Muy suya. Nunca teclea desde la pose. Tampoco desde la prisa. Mira. Escucha. Espera. Y, cuando por fin se atreve con el papel, sus palabras recuerdan que lo misterioso no tiene por qué estar lejos: a veces, aguarda en la habitación de al lado.
P. ¿Esta novela nace de una inquietud espiritual, literaria o humana?
R. Principalmente, humana. Desde que somos niños, nos preguntamos dónde estamos y qué sentido tiene la vida. Recuerdo cuando mi hija era pequeña y, un día, mientras mirábamos las estrellas en el campo, me soltó: ¿por qué sufrimos tanto siendo tan poco? Por aquel entonces, estábamos luchando contra una enfermedad familiar. Todos nos hemos cuestionado alguna vez qué hacemos aquí. Y, en este libro, he querido reflexionar sobre ello desde un sitio desconocido: Hugo, el protagonista, es un chico de 15 años que murió cuando estaba en el instituto, pero su conciencia permanece en un lugar ignoto. Y, claro, dado que aquí no tenemos todas las respuestas, he utilizado su dimensión para replantear ciertos debates. Vivimos en una realidad material que ni entendemos ni dominamos. Por ello, precisamente, he creado un universo que me permitiese hablar de mis incertidumbres desde un ángulo distinto. Lo que más me atrae en la literatura es atrapar lo que los tiempos traen. Siempre estoy con un pie en el mañana.
P. ¿Cómo es abordar un tema tan complejo como la reencarnación sin caer en tópicos?
R. La trama nunca debe condicionar la forma de escribir. Yo tiendo a la naturalidad, detesto la hojarasca. Cuanto más sencillo sea el texto, mejor. Aquí, hay dos voces narrativas. Por un lado, Alicia. Y, por otro, Hugo. Ella es una chica que vive a este lado de la realidad y, como nos pasa a todos, ojo, se enfrenta a hechos sin explicación. Es cuidadora y estudia unas oposiciones que no le interesan. De repente, empieza a observar conductas extrañas en el niño al que atiende y se pregunta si son suposiciones suyas. Él, en cambio, se plantea si está en un vacío existencial. Su historia me ha permitido meditar sobre los conceptos de tiempo y muerte. Si no tuviéramos presente que vamos a morir, haríamos otras cosas. Esta teoría he intentado bajarla a unos personajes corrientes con los que todos podamos empatizar. La reencarnación me parece una idea maravillosa. Está presente en la naturaleza. Pertenecemos a un devenir humano y recibimos alegrías, miedos y frustraciones desde que nacemos. La vida es muy corta, por lo que necesitamos prolongarnos en otros: hijos, nietos, alumnos, amigos… Hay en el ser humano una vocación constante de reencarnación.
‘Lo inexplicable’ es la última novela de Clara Sánchez. / ALBA VIGARAY
P. La reencarnación puede ser una idea consoladora, pero también perturbadora: si algo de nosotros continúa, podrían heredarse secretos, culpas y daños. ¿Se trata de una segunda oportunidad o una condena?
R. Ambas. En mi familia, hay personas con angustias que no tienen ningún sentido. ¿Cómo es posible si tienen trabajo, casa y amor? Supongo que es culpa de un legado anímico que nos acaba condicionando.
P. En torno a Alicia y Hugo hay silencios y zonas opacas. ¿La familia sigue siendo uno de los mayores laboratorios del suspense?
R. Sin duda. Es un organismo cerrado. De hecho, siempre se ha dicho que los trapos sucios se lavan en casa. Una visión terrible que ha favorecido toda clase de maltratos y abusos. Hay quien no habla de su familia jamás. Yo, por contra, la he retratado en todas mis novelas. Se trata de una maquinaria complicada ya que está sostenida en las emociones. Los niños, por ejemplo, aguantan bastante con tal de ser queridos. Y a todos nos da vergüenza no ser correspondidos por nuestros padres. Este entramado sentimental es increíble. Y, en función de lo que ocurra ahí, serás feliz o tendrás traumas.
P. En su discurso de ingreso en la Real Academia Española, La máquina del tiempo, defendía que la literatura iba hacia atrás, hacia delante, hacia dentro. ¿Este libro surge de esta intuición?
R. Sí, está todo conectado. Como escritora, me estaba enganchando a una realidad manoseada y envejecida que no me aportaba nada. Así que puse el foco en las nuevas propuestas que ofrecen los avances científicos. Mientras hacía Lo inexplicable, se me llenaba la mente de imágenes del futuro.
P. ¿Es de las que corrige hasta la saciedad la primera frase de sus novelas?
R. Depende. Hay historias que la requieren para enganchar al lector. Lo que tengo claro es que, en la literatura, no puede haber nada impostado. A veces, he arrancado mis libros con una declaración de intenciones que, más adelante, al releerla, me ha parecido demasiado.
P. ¿Qué ha descubierto de la Academia que no imaginaba antes de entrar?
R. Nunca se me había pasado por la cabeza entrar. Me parece un lugar impresionante. Hay profesionales con un gran bagaje y, en consecuencia, esperas que no se comporten como niños. Si bien tienen sus roces, amabilidades e intereses, yo venía curtida. Fui docente en la universidad durante 17 años y tengo un amplio recorrido en empresas privadas. El ámbito laboral es súper interesante. He estado con personas no elegidas durante ocho horas diarias, así que nada de lo que ocurra en la Academia puede sorprenderme.
P. Esta institución trabaja con el uso vivo de la lengua, pero también con una tradición muy larga. ¿Dónde está el equilibrio entre ordenar y no frenar la creatividad del hablante?
R. No hay nada que resulte más atractivo en una persona que su riqueza lingüística. Y no me refiero a que pronuncie perfectamente las palabras y construya frases engoladas, sino a tener chispa. Se trata de que la lengua sea un instrumento precioso, el diamante con el que tallamos nuestro mundo para los demás. La creatividad está en la base de la alquimia de las letras que, con el tiempo, los diccionarios van atesorando. Y la mayoría de las veces no tiene que ver con el nivel social ni cultural, sino con las ganas de divertirse hablando y escribiendo.

Clara Sánchez, en la sede de la Real Academia Española. / ALBA VIGARAY
P. ¿Qué le preocupa del español hoy?
R. Hay un gran problema con la falta de esfuerzo. La tecnología nos está dando los problemas resueltos, de ahí que haya gente que tire de ella para escribir un simple correo. Esa comodidad lingüística no es buena. La mente necesita pensar.
P. ¿Hay palabras que envejecen mal?
R. Sí, algunas caen en desuso por anticuadas, lo que no significa que obligatoriamente tengan que salir corriendo del diccionario. Recórcholis, por ejemplo, dice mucho del contexto social en el que fue utilizada. No obstante, otras resurgen con nuevos bríos, como la tan traída Resiliencia. La palabras se ponen y nos ponen de moda. Dan testimonio de quiénes somos y de quiénes querríamos ser.
P. ¿Cuál es la que mejor define la época que nos ha tocado vivir?
R. Desasosiego, con la que el poeta Fernando Pessoa culminó uno de los libros más tristes y hermosos que he leído. No sé a quién echarle la culpa, pero nos han robado la calma, la pereza y la ensoñación. Nos está quedando un nerviosismo sin sentido, con las consultas de los psicólogos abarrotadas.
P. Ha ganado el Alfaguara, el Nadal y el Planeta. ¿Le han dado libertad o le han creado una expectativa difícil de manejar?
R. Cuando no los tenía, vivía con ansiedad. Y, tras recibirlos, ésta se ha transformado. Dada la edad y los reconocimientos recibidos, debería sentirme en paz. Sin embargo, no lo estoy porque la vida no para de exigirme pruebas, parece que me encuentro en un examen interminable.
P. En los últimos años, el debate sobre lenguaje inclusivo ha enfrentado posiciones lingüísticas, políticas y generacionales. ¿Cuál es su postura?
R. Los académicos no dictamos la lengua, nos dedicamos a recoger los usos de la sociedad. Lo que nos interesa es la comunicación entre los hablantes, por lo que estamos pendientes de todo. Si dentro del lenguaje inclusivo hay fórmulas que se convierten en una expresión social, debemos incorporarlas. He leído a algún señor que, aún sin haber entrado en la Academia, ya se ha posicionado en contra directamente. ¿Quién eres tú? Todo debe estudiarse, todo debe barajarse. Y, luego, a título personal, eres libre de decir lo que quieras.
P. ¿Le preocupa leer una novela escrita por la inteligencia artificial sin saberlo?
R. Puede estar ya ocurriendo. Vamos a llegar a un punto en que sólo van a estar fuera de sospecha los libros publicados antes de 2020, cuando comenzó este fenómeno. Ahora, nos va a tocar afrontar una avalancha. Sobre todo, con los productos de consumo. La duda es: ¿a los lectores les importa? Muchos quieren algo que les entretenga y, si lo ha escrito una máquina, les da igual. Para mí, la huella artesanal es clave. Pero, quizá, para otros no tanto. Puede que lleguemos a un punto en el que sean los propios usuarios quienes creen sus historias: ¿un thriller con cadáveres, un paraje natural y un fiscal acusado de corrupción? Bastará con que metan su cóctel en la inteligencia artificial y listo. En un mundo así, no sé aún cuántas novelas más escribiré.
Fuente: El Periódico de España














