A sus 35 años, Lucía Martín-Portugués es una de las estrellas de la esgrima española, una disciplina con pocos adeptos en España que causa furor en países como Francia, Italia o una Rusia que ya ha regresado, pero con bandera neutral.
Su carrera recuerda a la de Carolina Marín, cuyo amor por el bádminton la llevó a dejar el ballet cuando era una niña. A la de Villanueva de la Cañada le pasó algo similar, apostando por la esgrima con siete años y abandonando el ballet clásico.
Tras lograr medallas en Copa del Mundo en categorías inferiores, a los 17 años se le diagnosticó epilepsia. No se rindió nunca, pero las cosas no le salían y se movió entre la 30ª y la 50ª del mundo durante un lustro, hasta que cambió su suerte.
Martín-Portugués, tras su derrota en los Juegos de París’24 / EFE
La odontóloga dio un paso adelante por encima de la treintena, se coló en el ‘Top 10’ y en junio de 2024 se colgó el bronce europeo en sable por equipos. Lo siguiente eran los Juegos de París, donde aspiraba a un muy buen resultado.
Sin embargo, no tuvo el día en el sorteo y cayó en dieciseisavos ante la potente húngara Anna Marton, quien había sido campeona mundial por equipos el año antes. Lo siguiente fue un drama en toda regla.
Martín-Portugués se rompió ante la prensa española y se planteó su futuro. Ese resultado suponía la pérdida de la beca y la imposibilidad de tener recursos para el siguiente ciclo olímpico. La «retirada» resonó en el imponente Grand Palais.
Sin embargo, la madrileña ha demostrado durante toda su carrera que no es de las que se rinden tan fácilmente y decidió volver a la carga junto a su entrenador, un José Luis Álvarez que fue olímpico en Barcelona 1992.
Menos de dos años de aquella triste mañana parisina, Lucía Martín-Portugués se proclamó este lunes nueva campeona de Europa de sable en la localidad gala de Antony. Tras remontar un 4-8 ante la rusa Yana Egorian, se impuso por 15-13.
Ese último toque en el que se lanzó hacia su rival (bandera neutral) y su reacción de incredulidad resumen a la perfección las sensaciones de una tiradora que había logrado su gran éxito con 35 años. Esta vez las lágrimas eran de alegría.










