Compré en un mercadillo un espejo antiguo porque me gustó mucho su marco de madera, tallado a mano con motivos florales entre cuya espesura aparecían lagartijas y escarabajos y algún que otro insecto. Al llegar a casa, lo colgué en una pared de mi estudio y al mirarme en él vi mi rostro, aunque era no exactamente el mío. Había en su expresión algo residual, una especie de gesto que yo no estaba haciendo. Como si mi cara hubiera llegado un segundo tarde a su propia representación. Pensé en un defecto del vidrio o en la mala calidad del azogue. Pero al día siguiente ocurrió lo mismo. Y al otro. Con el tiempo comprendí que el espejo no reflejaba solo a quien tenía delante, sino también a quien había estado antes. Era un espejo con memoria. Guardaba el rostro previo como una huella congelada en la nieve. Además de verme a mí mismo, veía a la última persona que se había mirado en él. No me extrañó: todos los objetos conservan la memoria de lo que fueron. ¿Por qué no los espejos? Empecé a reconocer en mi expresión rastros que no me pertenecían. Una leve contracción en la boca que era de mi padre. Una forma de alzar las cejas que recordaba a mi madre. Un cansancio que, sin duda, no era mío del todo. Comprendí entonces que ese espejo no añadía nada que no estuviera ya en mí. Solo lo hacía visible.
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