Israel ha lanzado en las últimas horas una nueva oleada de bombardeos contra objetivos militares en el oeste y el centro de Irán, en una respuesta directa al ataque con misiles ejecutado previamente por Teherán contra territorio israelí. La ofensiva supone un nuevo salto en la tensión regional y amenaza con hacer saltar por los aires la frágil tregua alcanzada en abril, que hasta ahora había contenido —aunque no eliminado— el riesgo de una confrontación abierta entre ambas potencias.
Según el Ejército israelí, los ataques se dirigieron contra instalaciones militares iraníes y formaron parte de una operación de represalia por el lanzamiento de misiles balísticos desde Irán. Teherán, por su parte, justificó su ofensiva como respuesta al bombardeo israelí contra los suburbios del sur de Beirut, una zona considerada bastión de Hezbolá, aliado clave de la República Islámica en la región.
La nueva cadena de ataques comenzó después de que Irán lanzara alrededor de una decena de misiles contra el norte de Israel. Las Fuerzas de Defensa de Israel aseguraron que los sistemas antiaéreos interceptaron los proyectiles o que estos cayeron en zonas abiertas, sin causar daños relevantes. Sin embargo, la ofensiva iraní tuvo una fuerte carga simbólica: se trata del primer ataque directo de este tipo desde la tregua de abril, lo que reabre el temor a una guerra regional de consecuencias imprevisibles.
Una tregua al borde del colapso
El intercambio de golpes llega en un momento especialmente delicado. La tregua de abril había rebajado temporalmente la tensión tras meses de enfrentamientos indirectos, ataques cruzados y operaciones militares en varios frentes. Pero el ataque israelí sobre Beirut, con al menos dos muertos y una veintena de heridos, ha vuelto a prender la mecha. Irán considera ese bombardeo una agresión contra su eje regional de aliados, mientras Israel sostiene que actúa para neutralizar amenazas vinculadas a Hezbolá.
La respuesta israelí contra Irán también desafía los llamamientos a la contención realizados desde Washington. El presidente estadounidense, Donald Trump, había pedido al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, que evitara una escalada mayor, en un contexto de negociaciones sensibles entre Estados Unidos e Irán. Pese a ello, Israel siguió adelante con sus ataques contra territorio iraní.
La situación coloca a la Administración estadounidense en una posición incómoda. Por un lado, Washington mantiene su respaldo estratégico a Israel; por otro, intenta preservar vías diplomáticas con Teherán para evitar que la crisis derive en un conflicto regional de mayor alcance. Trump ha asegurado que los nuevos ataques no impedirán seguir buscando un acuerdo, aunque la realidad sobre el terreno apunta a un deterioro acelerado de cualquier margen de negociación.
El impacto de la escalada ya se deja sentir más allá de Israel e Irán. Varios países de la región han reforzado sus medidas de seguridad aérea, mientras el temor a nuevos ataques ha elevado la alerta en Líbano, Siria, Irak y el golfo Pérsico. La tensión también ha repercutido en los mercados internacionales, especialmente en el precio del petróleo, que vuelve a reaccionar ante el riesgo de una crisis prolongada en una de las zonas energéticas más sensibles del mundo.
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