He soñado que era una versión menos evolucionada de Ester Expósito en la casita de Bad Bunny. Llevaba gafas de sol, un pañuelo en la cabeza e intentaba perrear como podía. Benito se me acercaba y me dedicaba el estribillo de una canción. Felicidad máxima, hasta que la persona que tenía a mi lado se quejaba de que no le entendía ni una palabra. ¡Habla bien!, le chillaba. Pobre Benito. Creo que leer tantos comentarios negativos hacia su pronunciación boricua ha hecho mella en mi subconsciente, que trata de defenderse como buenamente puede, aunque sea bailando reguetón. Hay acentos que nos seducen más o menos, formas de pronunciar Nueva York más o menos acertadas y sensibilidades lingüísticas varias, pero pontificar desde la atalaya de la perfección o de la única lengua es una actitud demodé. Lo digo justo la semana en la que he sido testigo de cómo un par de personas de habla castellana castiza se han mofado de un chico que pronunciaba las eles de todas las palabras con acento marcadamente mallorquín.
La escena sucedió en un autobús. Un chico (de por aquí) y una chica (puede que de por allá) charlaban animadamente sobre lo humano y lo divino. Reían y puede que incluso coquetearan. Mientras, dos adolescentes se burlaban y repetían los vocablos en los que el acento isleño del chaval era evidente. La chavala acabó girándose y espetándoles que eran unos ignorantes. Los jóvenes siguieron mofándose, como hacen las personas que son doblemente ignorantes. La lengua continúa generando crispación. Y eso nos convierte en triplemente ignorantes.
La semana pasada desayuné con unos amigos. Uno de ellos hablaba castellano con su hijo y mallorquín conmigo. Otro a la inversa. Una de ellas mezclaba el castellano con el inglés y un gaditano pedía un cafè curt de cafè amb llet natural. Me examino del B2 en breve y debo practicar, nos dijo. Todos cambiábamos de registro sin inmutarnos y todos nos entendíamos, nos comunicábamos y nos divertíamos. Nadie se sentía amenazado. Hablar en mis lenguas y en las tuyas es riqueza y es respeto. Para ti, para mí y para las tierras que nos acogen.
El último viernes del mes de mayo fui a una sesión en la que varios jóvenes combinaban lecturas poéticas con conciertos de piano y guitarra. El colofón fue escuchar cómo una chica maravillosa recitaba La Balanguera y cómo un coro la acompañaba cantando los versos. A esa misma hora, en diferentes localidades de la isla, miles de personas se unían para rendir homenaje al poema de Joan Alcover y entonar el himno de Mallorca. Quienes lo cantaban no eran ni de derechas ni de izquierdas. Tampoco eran personas irrespetuosas que anteponen un discurso político al sentido común y la concordia. Lo cantaban ciudadanos que quieren convivir en paz y armonía y se enorgullecen de haber recalado en esta isla.
La Balanguera es una mujer mayor. Una hiladora sabia, que teje el hilo del tiempo y que une la historia y nuestra memoria colectiva con el futuro y la continuidad de las generaciones. Nuestro himno habla del paso del tiempo, de la vida fugaz, de unas raíces que nos hacen más fuertes y de un destino común y compartido. Un lugar en el que todos cabemos y en el que todos hablamos. Y nos entendemos.
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