El consumidor parece vivir en una eterna ‘cuesta’ financiera. La de enero supone reestructurar el derroche después de los dispendios navideños y en la de septiembre los gastos escolares y posveraniegos obligan a revisar las cuentas corrientes. Por si fuera poco, a estas dos hay que sumarles una intermedia: la de la primavera, la derivada de la coloquialmente llamada temporada ‘bbc’, es decir, la de bodas, bautizos y comuniones. Y también graduaciones universitarias.
Los meses de mayo y junio se han consolidado como un nuevo pico anual de gran tensión financiera para muchas familias. Así lo advierte José Manuel Corrales, profesor de Economía y Empresa de la Universidad Europea, quien señala que la concentración de eventos sociales como comuniones, bodas y graduaciones genera una «presión económica difusa y socialmente inducida», pero con efectos similares sobre la liquidez familiar.
Mucho gasto en poco tiempo
A diferencia del inicio del año, ligado al consumo navideño, la cuesta de primavera responde a gastos muy elevados en un corto espacio de tiempo. Según Francisco Rodríguez, secretario Unión de Consumidores de la Comunitat Valenciana (UCCV), una boda en la Comunitat Valenciana supone un gasto de 40.000 euros de media; en una comunión, el gasto ronda los 9.000 euros, con un banquete que puede sumar solo en comida unos 4.275 euros para 60 adultos y 15 niños; y en un bautizo en torno a 3.200 euros con unos 50 invitados.
Este impacto sobre el presupuesto mensual se ha visto agravado por lo que Corrales define como «una escalada social del gasto». Eventos que antes eran más sencillos, como las comuniones o las graduaciones de instituto, se han sofisticado hasta convertirse en ‘minibodas’ con restaurantes, decoración y fotografía profesional. «Se genera una expectativa implícita que las familias tratan de cumplir, derivando en una inflación de costes sociales que tensiona especialmente a las clases medias», explica Corrales.
Rodríguez explica al respecto que las familias que celebran las comuniones ‘a lo grande’ «añaden restaurantes de mayor categoría, vestido especial, reportaje fotográfico y vídeos para redes sociales, animación, detalles para invitados, regalos y decoración, es decir, una estructura de gasto muy parecida a la de una boda«.
Dos mujeres miran la etiqueta con el precio de un vestido de comunión. / Miguel Ángel Montesinos
Para poder cubrir estas expectativas, impulsadas por la economía del comportamiento y la «presión normativa», es frecuente que los hogares desacoplen el gasto de su renta disponible inmediata. El uso de tarjetas de crédito, pagos aplazados o microcréditos se disparan en esta época. «Esta financiación al consumo permite suavizar el impacto a corto plazo, pero puede generar costes financieros importantes si no se gestiona adecuadamente», advierte el profesor. Igualmente, el principal riesgo, en opinión del secretario de la UCCV, «es entrar en una espiral de gasto que lleve a créditos personales, tarjetas o pagos aplazados para cubrir una celebración que no encaja en el presupuesto real».
Consecuencias sobre las vacaciones
La principal consecuencia macro y microeconómica de esta espiral de gasto primaveral es el recorte directo del presupuesto reservado para viajar en julio o agosto. Al financiarse muchas veces con el mismo ahorro destinado a las vacaciones, las familias se ven obligadas a reducir días de viaje, elegir destinos más económicos o, directamente, renunciar al descanso de verano.
Para evitar arruinar la temporada estival, Corrales aconseja actuar con realismo presupuestario desde los meses de marzo o abril: elaborar un presupuesto específico, fijar un límite máximo por evento y evitar recurrir a la deuda. Además, el experto apuesta por adoptar estrategias que ya se están extendiendo para mitigar el impacto, tales como el alquiler o reutilización de trajes, la agrupación para hacer regalos conjuntos, la organización de celebraciones más pequeñas o compartidas, el uso de plataformas de economía colaborativa y la comparación activa de precios.
«Es importante normalizar que el valor de estos eventos no reside en el dinero gastado, sino en su significado social y personal. Las familias deberían sentirse legitimadas a adaptar el nivel de gasto a su situación real, evitando dinámicas de sobreconsumo que comprometan su estabilidad financiera a medio plazo», concluye el profesor de la Universidad Europea.
El gasto de los invitados
Pero estos eventos no supone solo un gasto extra para quienes lo organizan, sino también para los invitados. Asistir a una boda supone un desembolso que puede desequilibrar el presupuesto del consumidor, que debe hacer frente a: regalo para los novios, vestido y, en no pocas ocasiones, desplazamiento y alojamiento, si el enlace se produce fuera.
«Estoy trabajando para pagar bodas», dice Teresa Andreu, una joven valenciana que solo este año ha sido invitada a cuatro enlaces, tres de ellos concentrados en esta primavera. «Entre abril y junio tengo tres bodas, una por mes. Entre el regalo, que en mi caso va de 150 a 200 euros, el vestido y las despedidas de soltera, es un gasto permanente y mensual. Un extra en los gastos ya comunes del mes, que lo haces con amor porque son personas a las que quieres, pero el bolsillo sale muy tocado. Sobre todo porque, como guinda del pastel, me gustaría poder irme de viaje este verano y ese gasto está condicionado a estas bodas y la que tengo en otoño, que también implica hacer previsión de ese gasto. Lo único bueno de que las bodas se planifiquen de un año para otro es precisamente eso: saber que vas a tener esos gastos extra y al menos puedes organizarte para ahorrar», explica.
Cuánto pagar en una boda
Rodríguez ratifica los datos de Andreu. «En el caso de los invitados, el importe del regalo suele estar en 150 euros por persona en una boda, 80-90 euros por persona en una comunión y 60-70 euros en un bautizo. A ello habrá que sumar el coste del vestuario, peluquería o complementos«.
Así, el coste total de asistir al evento, junto a los gastos que lo rodean, «puede hacer que los invitados tengan que replantearse las vacaciones de verano, buscando destinos más económicos o durante menos tiempo«, dice Rodríguez.
«Esta situación puede ser especialmente preocupante en hogares con ingresos ajustados, porque el evento no solo consume recursos económicos de forma inmediata, sino que puede llegar a desplazar otras prioridades familiares (hipoteca, alquiler, financiación por la compra de vehículo) y ser necesario reducir otras partidas económicas (ocio, actividades culturales, viajes o compras)», concluye el experto.
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