En estos días ha saltado la noticia de la petición de un grupo de concejales electos ingleses del grupo Reform UK (vinculados al grupo de Farage que encabezó el rechazo a pertenecer a la UE), de retrasar las votaciones de los cargos municipales tras las recientes elecciones, debido a que no estaban preparados ni comprendían las reglas. Entendían que votar, equivalía a un proceso no democrático.
Este asunto se ha tomado a chirigota por parte de sus críticos, alegando que, si se consideraban no preparados, que no se hubiesen presentado a las elecciones.
El asunto tiene interés puntual, al quedar bloqueada la elección de los representantes locales, al no existir mayorías estables. Sin embargo, esta cuestión plantea una importante derivada: ¿Esto es un hecho aislado en Inglaterra, o los cargos electos, en general, tienen una preparación insuficiente para el desempeño de sus funciones?
Es un lugar común el achacar el mal funcionamiento de nuestra economía y nuestra sociedad al exceso de burocracia. El sector público ha estado creciendo durante los últimos años en mayor proporción que los sectores privados, dando lugar al reforzamiento de los funcionarios públicos que llevan a cabo el desarrollo de las funciones que se les han encargado por las leyes y las normas sectoriales.
Sin embargo, a la mayor formación y exigencias a estos funcionarios, así como a la mayor utilización de medios técnicos e informáticos (y no digamos ahora con la IA), no siempre se ha correspondido con una mayor formación de quienes dirigen políticamente las distintas empresas y administraciones públicas.
En todos los niveles de la Administración nos vemos con estos problemas de alcance (Congreso de los Diputados, Parlamentos autonómicos, plenos municipales, etc.). Podríamos responder con contundencia que esto es resultado del ejercicio del sistema democrático. Si la exigencia del voto pasivo y del activo no pone límites de este carácter ¿cómo no va ser posible que se presenten personas sin conocimientos para dirigir el país, la comunidad o un ayuntamiento?
Recuerdo un alcalde que me comentaba a primeros de los años ochenta, lo siguiente: «Yo, antes de ser elegido alcalde, no sabía nada sobre cómo gestionar el Ayuntamiento. En los días siguientes, todo el mundo me preguntaba qué debía hacerse en los problemas cotidianos de la gestión municipal. Tenía dos alternativas: o que me tomaran por inútil, o empezar a dar instrucciones, aunque sin saber muy bien las consecuencias de mis decisiones». Parece que la hiperactividad actual de algunos alcaldes responde a ese reflejo defensivo del poder.
No es este un tema a tomárselo a risas. Miles de procesos administrativos dependen no solo de los circuitos administrativos ordinarios (el «procedimiento administrativo»), sino de los conocimientos de los cargos electos sobre las implicaciones que tienen cada uno de ellos. Muchas veces vemos como la acción pública (no solo la municipal), responde a las indecisiones de los cargos públicos, con independencia de su orientación política, influidos por el desconocimiento de la gestión pública.
A un año de las próximas elecciones municipales (ya veremos cuándo son las otras), no estaría de más reflexionar sobre las referencias inglesas al desempeño consciente de las representaciones políticas de los elegidos. Y si esto no es algo que podamos pedírselo a los ciudadanos, que siempre tendrán el derecho a ejercer su voluntad dentro de la Constitución, sí que podemos demandárselo a los partidos políticos que son, en definitiva, por el sistema electoral español, los responsables de la confección de las listas electorales.
A la buena formación de los funcionarios públicos debe corresponderle la buena formación de los políticos ya que, en caso contrario, la gestión pública quedará al albur de la buena voluntad individual. O algo peor. Las Escuelas de Gestión Pública no pueden estar dirigidas a la pura enseñanza de la conspiración política. No aconsejo que se deba prohibir la lectura de «El Príncipe» de Maquiavelo, pero debe completarse con otras lecturas como «Sí, Ministro», para que, desde el inicio de una responsabilidad pública se tenga una conciencia clara sobre el alcance de nuestras decisiones y las consecuencias de nuestra ignorancia.
Y, mientras tanto, esperemos que los seguidores de Farage en Inglaterra hayan encontrado la clave que les posibilite votar, aunque sea sin saber lo que votan.
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