El líder chino, Xi Jinping, lo ha vuelto a hacer. Ha agasajado a su supuesto mejor amigo, Vladímir Putin, durante su visita a Pekín con una puesta en escena fastuosa en honor a su relación estratégica, su amistad sin límites y su política común «antiimperialista», es decir, antiestadounidense, pocos días después de recibir al inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump.
La puesta en escena durante la visita del líder ruso estuvo a la altura de la del estadounidense. Pero no pasaron inadvertidos detalles de humillación, similares al trompe-l’œil con la diferencia de altura entre Trump y Xi gracias a la manipulación de sus asientos.
Aquí el riesgo no era la altura, ya que Putin es bajito, con 1,70 metros de altura, que no superan los supuestos 1,80 metros del chino (1,75 para los amigos).
Xi recibió al ruso en el Gran Palacio del Pueblo con guardia de honor y salva de cañones, lo convidó a un banquete que incluyó pato pequinés, jamón de Jinhua, zakuski rusos, ternera en salsa de judías, fideos de Fuzhou y caldos locales premiados de las bodegas Greatwall y Changyu.
Hubo ópera china, una canción rusa y «Danza de los pequeños cisnes», de El lago de los cisnes, interpretado por la orquesta militar del Ejército Popular de Liberación (EPL).
Un Putin renqueante y endeble
El detalle ignominioso se produjo justo antes de que Putin accediera al Gran Palacio del Pueblo. El presidente ruso tuvo que avanzar nueve metros desde donde su vehículo fue obligado a aparcar hasta la alfombra roja, para estrechar la mano de su principal sostén en el mundo. En ese corto espacio el mundo pudo ver a un líder renqueante y endeble.
Como siempre que se analiza China, nadie está seguro de que el detalle fuera deliberado. Existe una tendencia orientalista a exagerar la minuciosidad de las coreografías del régimen. Pero esa idea resulta verosímil porque coincide con el diagnóstico de numerosos analistas: la relación entre Moscú y Pekín es cada vez más desigual.
Temur Umarov, experto en China del Carnegie, señaló que la visita de Putin era «simbólica», buscaba ser visto con Xi, y en ese contexto los símbolos importan mucho.
«La posible humillación no estaba solo en hacer caminar a Putin, sino en hacerlo llegar a la capital que acaba de recibir a Trump: todos desfilan por Pekín y Xi permanece en el centro», señaló el experto al Moscow Times, en un guiño al nombre en chino del país: Zhongguo (El reino del Medio, en español).
La tesis visual de Umarov es que Xi quiere demostrar que China es ahora el centro del mundo, tal y como aparece en los mapamundi locales, el escenario donde suceden las reuniones más importantes del planeta.
La escenografía deja claro que Rusia depende de China, más que su viceversa. «Rusia necesita más los ingresos del comercio que China la energía rusa», ha explicado Henrik Wachtmeister, investigador del Centro de China del Swedish Institute of International Affairs.
Rusia tiene pocos compradores alternativos y vende petróleo a China con descuento por las sanciones, mientras que Pekín dispone de múltiples proveedores y una economía mucho más fuerte. La escenografía refleja esa relación asimétrica: Putin está necesitado.
Para Alexander Gabuev, director del Carnegie Russia Eurasia Center y experto en las bilaterales sino-rusas, cree que la dependencia del Kremlin respecto a Pekín seguirá profundizándose mientras Putin continúe obsesionado con la invasión ilegal de Ucrania y su resentimiento contra Occidente.
La «vasallización» rusa hacia China está envuelta en halagos diplomáticos entre líderes y su animadversión compartida contra Washington. La alfombra roja subraya esa subordinación, mientras trata a Putin como a un «gran amigo» y conserva el poder para decidir qué acuerdos avanzan y cuáles no. Al igual que con Trump, Xi no cerró ninguno.
El más esperado de estos era el del gasoducto Power of Siberia 2, con capacidad para transportar al año 50.000 millones de metros cúbicos de gas natural ruso a China.
Putin necesitaba con urgencia ese gasoducto, porque ha perdido buena parte del mercado europeo del gas, mientras que Pekín se puede permitir esperar y hacer sudar al ruso. La puesta en escena ocultaba esta y otras tensiones y desconfianzas mutuas por los suministros militares chinos y un posible espionaje por parte de Xi, según el Washington Post.

Xi Jinping y Vladímir Putin durante la cumbre en Pekín.
Reuters
La obsesión china por la altura
Pero volvamos a las imágenes conjuntas de Xi y Putin: el chino le saca más de un decímetro considerablemente. ¿Estará usando las falsas plantillas que llevaba su predecesor, Hu Jintao, para aparentar más altura?
Desde que la República Popular decidió salir al mundo con sus reformas capitalistas a finales de la década de 1970, el gigante asiático ha mostrado una potente obsesión por la altura física, urbana y política.
Ziye Zang, de la Universidad de Leeds, ha analizado 153 imágenes de líderes chinos y estadounidenses entre 1950 y 2021 y concluye que los medios controlados por el Partido Comunista de China (partido único y en el poder desde 1949) construyen visualmente una narrativa de dominio chino ascendente, a través de posición relativa, centralidad, mirada, gestos, número de personas chinas en la imagen y jerarquía espacial.
Durante el mandato de Hu, en la China de los 2000, fueron numerosos los comentarios persistentes entre corresponsales y observadores sobre el uso de tacones o alzas disimulados en el calzado del mandatario, al que se le atribuye una altura de 1,73 metros.
Estos rumores se producían en un contexto en el que los jóvenes recurrían a métodos extremos para ganar centímetros, como recogía entusiasta la prensa oficial de entonces, con aparatos –casi de tortura medieval– con los que se prometía estirar el cartílago, el uso de insertos y cirugías muy agresivas, que tras varios casos desastrosos, fueron prohibidas por el Ministerio de Salud.
El rumor sobre Hu no hizo más que crecer por las evidencias de que su homólogo norcoreano, el querido líder Kim Jong-il –difunto padre del actual dictador Kim Jong-un–, sí usaba zapatos de plataforma, que disimulaban sus escasos 1,55 metros de altura, incrementándolos en unos 10 o 12 centímetros, como desveló entonces la prensa internacional.
Esa obcecación se trasladó desde finales del siglo XX al urbanismo. La construcción de los rascacielos más altos del mundo se había convertido en una cuestión de autoestima nacional, con ejemplos como la Shanghai Tower, hoy la tercera más alta del mundo, con 635 metros. O el emblema de Shenzhen, el Pin An Finance Center, quinto del mundo con 599,1 metros.
Los superrascacielos se convirtieron en un problema en 2021, cuando el régimen de Xi decidió restringir su construcción en ciudades pequeñas como parte de una campaña contra proyectos megalómanos que ensalzaban la vanidad de los gobiernos locales.
China, que durante siglos ha tenido tendencias cíclicas a enrocarse y aislarse del mundo, ha exhibido en su última y masiva apertura global una ingenuidad deliciosa falseando ceremonias.
Una de las más sonadas fue la de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, cuando el régimen de Hu no tuvo reparos en que la bella niña Lin Miaoke hiciera playback con la voz de la verdadera cantante, la gordita Yang Peiyi.
Los chinos sufrieron un shock al verse criticados por la prensa internacional: no comprendían qué habían hecho mal.
En esta línea naive están también el cierre de fábricas para conseguir «cielos azules» durante la cumbre de la APEC de 2014, o pintar las calles de verde como una «opción ecológica» más para obtener de Juan Antonio Samaranch la candidatura de los JJOO del 2008.
Falsa humildad para propaganda doméstica
Mientras Pekín lleva décadas de apertura embelleciendo su altura ante el mundo, en casa lo que se estila es la humildad.
En 2006, el entonces primer ministro, Wen Jiabao, fue elogiado por la prensa nacional al observar que seguía usando su viejo abrigo verde durante más de una década. La prenda fue comparada con fotos de archivo para reforzar su imagen de dirigente frugal y cercano.
Dos años más tarde, el también menudo Wen se deshizo en lágrimas ante el pueblo al visitar la zona cero del fatídico terremoto de Sichuan. Mientras tanto, The New York Times investigaba la fortuna de miles de millones que de forma corrupta acumulaban él y sus familiares aprovechando su poder, una investigación que obtuvo el Pulitzer en 2012.
Tras su llegada al poder, ese mismo año, Xi quiso también escenificar su falsa humildad, la misma que favoreció que ascendiera a la cumbre del Partido, donde se premia la falta de arrogancia y el respeto a los mayores.
Al visitar una tienda de bollos al vapor (baozi) en Pekín: hizo cola, pagó su comida y habló con los clientes. La agencia Reuters mordió el anzuelo y presentó la escena como una muestra de «cercanía con la gente».
Una década después, en 2022, el líder que ha roto el acuerdo tácito de alternancia entre facciones dentro del Partido hasta obtener más poder que Mao Zedong, el fundador de la República, hacía que se llevaran por la fuerza a Hu Jintao de su lado, sin disimulos.















