A principios del pasado año el alcalde José Balllesta Germán inauguraba los múltiples eventos conmemorativos de los 1200 años de la fundación de Mursiya. Califiqué entonces la ciudad de bien fundada, basándome en su fertilidad, posición estratégica y fortaleza. Cambio el título por bien finada porque Murcia agradece la entrega y murcianía del alcalde: nombre y apellidos significativos. Y lo ha despedido con honores, que mereció como servidor público, con dimes y diretes, pero siempre compostura.
No puedo ser más objetiva: fue ‘mi’ rector preferido. Se lo ganó con un hecho inédito: felicitar el cumpleaños por correo. Le contesté: «No sé si es la primera vez que le escribo a un rector magnífico, pero de lo que no dudo es de que un rector, sin conocerme más que de nombre, me felicita por mi cumpleaños». Y ahí empezó mi afecto sincero y desinteresado hacia él. Me presentó varios libros. El último ‘La teatrocracia del poder: monarquía, concejo y sociedad en Murcia a finales del siglo XV’. Si hablo del libro (no soy Umbral) es porque el último capítulo lo dedico al funeral celebrado por Isabel la Católica en Murcia. Y el del alcalde en el mismo lugar, la catedral, me lo ha recordado: todo un simbólico ceremonial que con Pepe Ballesta resurge actualizado como digna autoridad de lo que representó. Un cierre de ciclo histórico en Murcia.
El lado humano no puede disociarse de su función política. Admirable que (hablo por experiencia) con la enfermedad que lo destruía tuviese tanta fortaleza, tanta como la ciudad que él refundó en cierta medida con el gran acontecimiento cultural rememorando sus orígenes islámicos. Su equipo de gobierno ayudó mucho con trabajo eficaz y cariño inquebrantables. Y disfrutó de todo lo que hizo, mientras esperaba que llegara la muerte, tan callando… Era médico: valoró lo que le podía quedar…
Y siquiera tuvo tiempo (ese tiempo que envejeció tan deprisa, y contuvo con tesón pese al dolor físico y anímico que sentiría) a cumplir lo proyectado para 2025. Y como esposo, padre y abuelo fue ejemplo, según testimonio de los hijos, templados como él, que mostraron su amor y orgullo ante el féretro en el altar mayor.
Sabía y quería saber más, se rodeaba de quienes podía aprender, acumuló conocimientos, tradiciones y afectos. Trataba con igual respeto a reyes que a humildes. Tenía detalles, como felicitar el cumpleaños a la abuela centenaria, que dan la talla de la humanidad de la persona. Y defectos como ser humano. Pero como creyente que era, San Pedro se los habrá recordado en la puerta del cielo.
Ahora toca seguir en la arena política, con guante blanco. por favor: In memo
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