Cristian Mungiu utiliza su cine para abordar Grandes Temas, en mayúsculas. ‘4 meses, 3 semanas y dos días’ (2007), la película que le proporcionó la Palma de Oro, hablaba del aborto, ‘Más allá de las colinas’ (2012) lo hacía del fanatismo religioso y ‘Los exámenes’ (2016), denunciaba la corrupción sistémica. Y ahora, cuatro años después de que ‘R.M.N.’ (2022) tocara esa disfunción mental comunitaria conocida como xenofobia, la película que el rumano ha presentado hoy a concurso en el festival de Cannes aborda una variación de ese asunto: la superioridad moral, la intoleracia y el autoritarismo con los que las sociedades que se saben civilizadas y progresistas exhiben mientras tratan de imponer sus valores a los demás. Progre. Y, mientras lo hace, se muestra especialmente falta de sutileza incluso de acuerdo a los estándares de un cineasta siempre proclive a subrayar con colores fosforescentes aquello que trata de decirnos.
Primera película de Mungiu con reparto internacional -la protagonizan Sebastian Stan y Renate Reinsve-, ‘Fjord’ inicia su peripecia argumental cuando un matrimonio y sus cinco hijos llegan desde Rumanía, de donde él es y donde vivían, a la localidad noruega de la que ella es originaria para iniciar una nueva vida. Son una familia de convicciones y costumbres cristianas extremadamente férreas. Pocas escenas más tarde, y a causa de la detección de unas marcas en el cuerpo de una de sus hijas que podrían -o no- ser resultado de malos tratos, la pareja ve cómo el sistema noruego de protección al menor les quita la presunción de inocencia y, peor aún, a los niños. Lo que viene después es el intento de esos padres de combatir un sistema kafkiano.
Mungiu ha declarado que la película “trata sobre la enorme polarización que sufre la sociedad actual; en muchos países, la diferencia entre conservadores y progresistas se ha vuelto tan grande que las personas han empezado literalmente a odiarse entre sí y a desear que el otro bando desaparezca”. Sin embargo, la ‘Fjord’ no da la sensasión de querer entender realmente a ambas partes. El dinamismo del que Mungiu dota la narración gracias a su dominio del ritmo apenas logra esconder el sesgo y la condescendencia casi paródicos de su mirada al ‘wokismo’ noruego -y al de cualquier otra nacionalidad-, que al parecer considera dictatorial, decadente por su desdén a la familia tradicional y discriminatorio por religión, y al que aquí personifican unos personajes de villanía casi caricaturesca. La película presume de plantear dilemas éticos y sociales muy pertinentes pero, en lugar de explorarlos, hace trampas para usar la carta del victimismo.
Lea Seydoux, Niels Scneider y Arthur Harari en el Festival de Cine de Cannes / SEBASTIEN NOGIER / EFE
Ladrones de cuerpos
‘El desconocido’, que también aspira a la Palma de Oro, supone el regreso de Arthur Harari a la competición del festival -esta vez como director- tres años después de triunfar en él gracias a ‘Anatomía de una caída’ (2023), la película de Justine Triet de la que fue coguionista. Protagonizada por Léa Seydoux y Niels Schneider, contempla cómo algo parecido a un virus va contagiando a una sucesión de personas a través del sexo, provocando que sus víctimas intercambien sus cuerpos en el proceso.
Habrá quien la defina como una mezcla imposible de ‘La invasión de los ultracuerpos’ (1978) y ‘Ponte en mi lugar’ (2003), lo que significa que es una obra difícil de explicar y cargada de potencial para dividir drásticamente a los espectadores entre los que se sienten irritados por ella y los que se sienten intrigados por el intrincado puzle narrativo que plantea, o por la mirada de posibles significados de su premisa. ¿Es la película una alegoría sobre la alienación que nos azota? ¿Una ilustración del cambio permanente al que nuestra identidad está sometida? ¿Una metáfora de la enfermedad mental? Definitivamente, el arriba firmante se siente intrigado.
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