En un momento de escepticismo y menosprecio europeo, el optimismo de Anu Bradford (Finlandia, 1975) reconforta. Esta catedrática de Derecho y Organizaciones Internacionales en la Universidad de Columbia investiga desde hace más de dos décadas cómo la Unión Europea ha utilizado la regulación para proyectarse al mundo como una «superpotencia». Para describir esa influencia global, acuñó el influyente concepto del «efecto Bruselas«.
La académica finlandesa también ha publicado Imperios digitales (Shackleton Books, 2024), un potente ensayo sobre el creciente peso que la tecnología juega en la geopolítica, y ahora ha producido el documental Why Europe Matters (Por qué Europa importa). Bradford atiende a EL PERIÓDICO en el marco del I Encuentro Internacional por los Derechos Digitales.
Sostiene que la UE es una superpotencia. ¿En qué frente?
Los europeos pueden exportar sus valores porque las regulaciones europeas reflejan esos valores: una mayor protección del consumidor y una mayor protección de nuestro derecho fundamental a la privacidad. Si esas normas son adoptadas también por empresas fuera de Europa, se produce una expansión global de los derechos europeos. Además, esto iguala las condiciones de competencia y crea una ventaja económica para las empresas europeas. Si esas regulaciones también se siguen en otros mercados, en lugar de en desventaja económica, las empresas europeas compiten allí en igualdad de condiciones.
Si nuestras normas son adoptadas por empresas fuera de Europa, se produce una expansión global de los derechos europeos
¿Cree que a veces no apreciamos esta ventaja estratégica y nos autoflagelamos demasiado?
Creo que algunos todavía no ven que esto ha ocurrido. Los responsables políticos europeos lo han interiorizado recientemente, y creo que eso les dio confianza para avanzar con la agenda digital. Por ejemplo, muchas normas sobre inteligencia artificial se aprobaron con la esperanza y la comprensión de que probablemente tendrían efectos fuera de la UE.
La Comisión Europea está posponiendo regulaciones como la Ley de Inteligencia Artificial incluso antes de que se puedan implementar. ¿Debilita eso el ‘efecto Bruselas’?
Envía señales más confusas al mundo sobre su compromiso con esos valores y leyes. No estoy en contra de la simplificación. La regulación tecnológica afecta a un sector que cambia muy rápido, así que debemos ser ágiles y ajustar las normas si no cumplen sus objetivos. Pero distingo entre simplificar y erosionar protecciones esenciales. Eso sí sería peligroso, sobre todo cuando se justifica con la narrativa falsa de que la desregulación es el camino hacia la competitividad europea y de que es la regulación la que frena a las empresas europeas.
«La desregulación no es el camino hacia la competitividad europea»
¿Está ganando demasiado peso esa narrativa?
Sí, y eso nos distrae de las reformas clave en las que deberíamos trabajar: integrar el mercado único digital, construir la unión de mercados de capitales y reformar las leyes de quiebra. Todo eso debería estar en el centro de la agenda. Ahora mismo se está gastando demasiada energía política en la agenda de desregulación.
Anu Bradford, autora, catedrática de Derecho y experta internacional en regulación tecnológica / Mobile World Capital Barcelona
Grandes empresas europeas como Airbus, Siemens, ASML o Mistral AI están presionando a Bruselas pidiendo cambios para acelerar el desarrollo tecnológico. Está claro que ser una superpotencia regulatoria no es suficiente.
No, no es suficiente. Algunas personas han malinterpretado la idea del poder regulatorio, como si por sí solo bastara y pudiéramos ser complacientes. No podemos regular a Rusia para sacarla de Ucrania; también necesitamos poder duro.
¿Qué debe hacer la UE?
Debemos asegurarnos de que nuestras startups puedan financiar su crecimiento y escalar en Europa. Para eso necesitamos eliminar el marco regulatorio fragmentado que aún mantiene barreras internas y frena ese crecimiento. Todas esas reformas deben avanzar en paralelo con la protección de nuestros derechos. Por eso rechazo la idea de que haya que elegir entre proteger derechos o construir los otros pilares del sistema tecnológico. Tal vez nos hemos centrado demasiado solo en proteger derechos. No ha sido una mala política, pero me habría gustado ver la misma ambición en otras que ayudan directamente a las empresas europeas, incluidas las pequeñas startups.
Tal vez nos hemos centrado demasiado solo en proteger derechos
¿Podemos tener un mercado unificado si seguimos teniendo fragmentación política?
Es mucho mejor tener una ley de IA que 27 leyes nacionales distintas. La regulación no es el problema; la regulación fragmentada, sí. También ocurre cuando hay una aplicación desigual. Las directivas, como la de derechos de autor en línea, dan más margen a cada gobierno para implementarla a su manera, y eso genera más fragmentación. Debemos pasar de las directivas a los reglamentos y dejar claro que deben aplicarse de manera uniforme. Los Estados miembros no deberían poder añadir sus propias variaciones nacionales.
¿Ocurre a menudo?
Esto ocurre mucho en Europa. Los Estados miembros no siempre son plenamente leales al implementar la regulación europea: añaden variaciones nacionales o normas adicionales. La Comisión es la guardiana de los tratados y debe actuar contra los Estados miembros que no cumplan las regulaciones europeas. Se trata de proteger el mercado único y aprovechar realmente su poder: 450 millones de consumidores y un mercado rico. No deberíamos estar en desventaja si conseguimos aprovechar esa escala.

La jurista Anu Bradford (derecha), en conversación con la periodista Esther Paniagua (izquierda). / Mobile World Capital Barcelona
¿Es la desregulación de Bruselas una victoria de Donald Trump y las grandes tecnológicas?
La agenda europea de simplificación o desregulación responde a presiones externas e internas. La externa viene de la administración Trump y su principal objetivo han sido la Ley de Servicios Digitales (DSA) y la Ley de Mercados Digitales (DMA). Sin embargo, el núcleo de la agenda de simplificación ha estado más bien en el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) y la Ley de Inteligencia Artificial. Por eso creo que sería incorrecto atribuirlo todo a una capitulación ante Trump.
¿Y la interna?
Está parcialmente conectada con la externa. Los europeos se sienten más vulnerables ante un entorno geopolítico más volátil: no podemos confiar en la protección de EEUU, las guerras comerciales nos están costando mucho y nos preocupa nuestra dependencia tecnológica de Silicon Valley. Es en ese escenario que la competitividad europea adquiere un nuevo significado. Coincido con gran parte del informe de Mario Draghi, que contenía muchas buenas ideas, como una mayor integración del mercado y la unión de mercados de capitales, pero discrepo en que soy mucho más favorable a esas regulaciones digitales y las veo menos como un obstáculo para la competitividad europea. Ese informe dio una base intelectual para que las empresas europeas empezaran a oponerse a la regulación. Y celebro que se critique la fragmentación y la falta de mercados de capitales profundos, pero me preocupa una narrativa equivocada sobre la relación entre las leyes digitales y nuestra competitividad.
No deberíamos tener miedo a ser contundentes, incluso decidir que no necesitamos algunos de estos servicios en Europa
La UE cuenta con regulaciones digitales pioneras, pero muchas voces lamentan la falta de su aplicación rigurosa. ¿Qué puede hacer Bruselas para obligar a que alguien como Elon Musk, el hombre más rico del mundo, acate las normas?
Musk no debería ofrecer sus productos en Europa si no cumple. Y no creo que la calidad de vida europea empeore si X deja de estar disponible. No hace a los europeos más inteligentes, más amables, más compasivos ni más resilientes. Es una distracción, consume nuestra atención y mantiene muchos discursos de odio y desinformación. Así que no deberíamos tener miedo de usar los remedios más contundentes, incluso decidir que quizá no necesitamos algunos de estos servicios en nuestro mercado.
Es más difícil con otras tecnologías que Europa sí necesita, por ejemplo para que vuelen aviones de combate o para acceder a inteligencia de EEUU. Hay infraestructuras de las que dependen hospitales y bancos. Por eso debemos distinguir entre las tecnologías que son perjudiciales para los europeos y las esenciales.
En Imperios digitales habla de tres modelos: el de EEUU, el de China y el de la UE. Sin embargo, ¿se parece el estadounidense cada vez más al autoritarismo digital chino?
EEUU está jugando el juego de Pekín. Con Trump, el Gobierno se ha vuelto muy intervencionista: está tomando participaciones en empresas tecnológicas y a Nvidia le ha pedido una parte de los beneficios como condición para permitirle hacer negocios en China. También me preocupa el fuerte deterioro de la democracia en EEUU, es una preocupación enorme. Washington ha sido un faro de la democracia, un promotor de la libertad y de los valores democráticos. Ha sido una sociedad imperfecta, pero siempre sentí que luchábamos las mismas batallas por la protección de los derechos y la democracia. Ahora cabe preguntarse si seguimos comprometidos con las mismas ideas.

El presidente de EEUU, Donald Trump, acompañado por los magnates Elon Musk (Tesla, SpaceX, X) y Jensen Huang (Nvidia) en su llegada a China. / Brendan Smialowski / AFP
¿Cree entonces que el ‘efecto Pekín’ puede desplazar al ‘efecto Bruselas’?
Dado el atractivo que tiene el autoritarismo en muchas partes del mundo, no podemos dar la democracia por sentada, ni siquiera en nuestras propias sociedades. Tenemos que defenderla internamente y esforzarnos más en demostrar externamente que puede ofrecer resultados. China no tiene dificultades para aplicar sus normas. Si el Partido Comunista Chino quiere que algo ocurra, ocurre. Yo no creo en ese modelo, pero debemos asegurarnos de que los gobiernos democráticos también sean capaces de aprobar leyes y hacerlas cumplir. Porque tampoco es democracia si no podemos aplicar esas leyes frente a los gigantes tecnológicos.
Dado el atractivo que tiene el autoritarismo en muchas partes del mundo, no podemos dar la democracia por sentada, ni siquiera en nuestras propias sociedades
No queremos hacerlo a la manera china. Debemos hacerlo a nuestra manera: con transparencia, debate abierto, rendición de cuentas de los políticos y determinación para hacer cumplir las leyes aprobadas por instituciones democráticas. Debemos ser capaces de aplicarlas para consolidar y proteger esos derechos. Ese es el gran reto de las democracias. Y es mucho más complejo.
Es esa eficiencia la que cada vez despierta más fascinación por lo autoritario.
Con la libertad de expresión, por ejemplo, China lo tiene más fácil: si no le gusta un discurso, lo prohíbe. En una democracia, en cambio, estamos comprometidos con ese derecho y nos preocupa tanto quedarnos cortos como excedernos. Por eso es tan importante la transparencia: saber cómo moderan contenidos las empresas tecnológicas y cómo responden nuestros responsables políticos. Solo así podremos tener una conversación democrática genuina sobre si estamos cómodos con el comportamiento de las tecnológicas y con la forma en que nuestros gobiernos las controlan.
Hablé con un compañero que vive en China desde hace dos décadas sobre la falta de privacidad de su modelo de vigilancia estatal y me comentó que en Europa estamos «demasiado obsesionados» con los derechos individuales. Es otra mentalidad.
Sí, he hablado con muchos chinos que dicen que les gusta vivir en una sociedad segura. Pueden salir de la oficina en mitad de la noche sin miedo porque hay cámaras de vigilancia por todas partes. Es una forma muy distinta de pensar.
También hay muchos países en desarrollo que dicen que no pueden permitirse preocuparse por los derechos porque tienen tasas de criminalidad enormes y necesitan desarrollo digital. Para ellos, la protección del derecho fundamental a la privacidad no está entre sus principales preocupaciones. Necesitan comida, vivienda y seguridad.
Ven la privacidad como una preocupación de lujo europea, algo que Europa puede permitirse porque tiene sociedades tan desarrolladas que ya ha avanzado en la jerarquía de necesidades hasta un punto en el que la privacidad importa. Mientras tanto, ellos siguen lidiando con lo básico. Creo que debemos ser conscientes de esto cuando promovemos nuestro modelo en sociedades que tienen desafíos más profundos que los nuestros.
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