Demi Moore ha llegado a Cannes vestida de manera impecable, pero no ha podido evitar que la conversación vire hacia otro lugar: a sus brazos, a su clavícula, a esa delgadez extrema que empieza a ocupar otra vez el centro de la alfombra roja. Ya pasó en los últimos Oscars, no solo Moore, también Nicole Kidman y Emma Stone despertaron el fantasma del ‘heroin chic’ de los 90. Y lo mismo acaba de ocurrir hace tan solo unos días con Olivia Wilde, obligada a responder con un «I’m not dead» («no estoy muerta»), después de que una aparición en el Festival de San Francisco se volviera viral por su aspecto casi en los huesos y con los ojos desencajados.
No son casos aislados: de los Oscar a la Met, de Cannes a los BAFTA, Hollywood parece estar ensayando el regreso de una silueta que juramos haber enterrado, que juramos que no volveríamos a aplaudir.
La diferencia es que esta vez no vuelve con ojeras grunge ni con el descaro nihilista de aquella Kate Moss de los 90. Vuelve perfumada, enjoyada, con firmas de lujo, entrenador personal y palabras como «inflamación», «limpieza», «disciplina», «proteína», «longevidad»… Antes se llamaba dieta. Ahora se llama optimización, Ozempic, Wegovy o Mounjaro.
Demi Moore, en Cannes, con un espectacular diseño escultórico de Gucci firmado por Demna. / CLEMENS BILAN / EFE
Modelos de infarto
Demi Moore, jurado en Cannes, sabe vestir. Eso no admite discusión. En el ‘photocall’ ha brillado con un vestido blanco de lunares multicolor de Jacquemus, de la colección otoño-invierno 2026, con bolso a juego, gafas ‘cat-eye’ y zapatos blancos. Para la inauguración eligió otro Jacquemus plateado de lentejuelas, palabra de honor, acompañado de diamantes de Chopard. Después llegó el Gucci malva, de chifón drapeado, escote ‘off shoulder’, manga larga, abertura lateral y cola vaporosa; y más tarde un Gucci rojo escultórico, con cuello dramático y efecto papel arrugado. También ha lucido un vestido ‘halter’ azul noche con bordados florales, lentejuelas y pedrería para la gala ‘Women in Cinema’. Moore elige bien: teatralidad justa, lujo reconocible, punto de riesgo, ningún volantazo, salvo el de esa melena que mueve como nadie. Pero esa precisión estética no tapa lo evidente: la moda vuelve a parecer más cara cuanto menos cuerpo contiene.

Moore, con un ‘look’ de Jacquemus, en la apertura de Cannes. / VALERY HACHE / AFP
No se trata de diagnosticar a Demi Moore, ni de convertir el cuerpo de una actriz de 63 años en una tertulia. Esa es la trampa. Si se comenta, parece crueldad. Si se calla, se deja que la rueda siga girando y se dé por bueno lo que no está bien, ni es sano, ni es ejemplo de bienestar. La cuestión no es si Demi está demasiado delgada, sino por qué la industria vuelve a iluminar como ideal cuerpos cada vez más estrechos, más angulosos, más cercanos a la desaparición.

La actriz Demi Moore, sobre la alfombra roja de Cannes, con el Gucci malva, de chifón drapeado, escote ‘off shoulder’. / VALERY HACHE / AFP
Demi Moore, además, encarna una ironía perfecta. Viene de protagonizar ‘La sustancia’, una película sobre la violencia estética contra las mujeres y el terror a envejecer. Y ahora la vemos en Cannes convertida en una imagen fascinante e inquietante a la vez.
Era Ozempic
Revistas como ‘Vogue’ ya hablan de que la era Ozempic está cambiando ‘el look’ de la moda; las pasarelas vuelven a estar dominadas casi por completo por tallas mínimas.
El caso de Olivia Wilde es revelador por otro motivo. Ella ha dicho que la pillaron en un mal ángulo, con una lente deformante, durante una entrevista en vídeo. Luego, trató de desactivarlo con humor: en un vídeo publicado en las redes sociales, el hermano de Wilde, Charlie Cockburn, preguntó en tono de broma: «Olivia Wilde, ¿te gustaría abordar los recientes rumores de que eres un cadáver resucitado?». «Era un objetivo ojo de pez. No sé por qué estaba tan cerca de la cámara. No tenía por qué estarlo. Eso no es cierto», dijo ella, antes de decir entre risas: «No estoy muerta».
Restricciones, dinero y tiempo
El abdomen imposible es el nuevo fetiche. La prensa británica ha hablado del ‘ab-shred’ tras los BAFTA: vientres ultradefinidos, grasa corporal al mínimo, una estética que se vende como fortaleza pero que a menudo exige restricciones, dinero, tiempo y una vigilancia casi militar del propio cuerpo. No es exactamente delgadez noventera; es su versión ‘boutique’. El ‘heroin chic’ pasado por Pilates, suplementos y medicina metabólica.

Moore, con un Jacquemus plateado de lentejuelas, palabra de honor. / VALERY HACHE / AFP
La moda siempre ha tenido una relación problemática con la carne; la de las mujeres. Durante unos años, la industria hizo penitencia: diversidad corporal, campañas inclusivas, discursos de aceptación. Pero aquello, visto ahora, parece más una pausa que una revolución.
Lo inquietante de este regreso es su buena educación. Nadie dice «quiero estar esquelética». Se dice «quiero estar deshinchada». Nadie dice «quiero desaparecer». Se dice «quiero estar limpia». La extrema delgadez ha aprendido a hablar el idioma del bienestar, y por eso resulta más difícil discutirla sin parecer antigua, histérica o moralista.
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