En los últimos años, el consumo de electricidad en España se ha reducido hasta situarse en niveles de hace dos décadas en 2023, pero se desconoce qué parte de ese descenso se debió a una mayor eficiencia y qué parte a destrucción de la demanda. Un estudio, elaborado por el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas y la Fundación BBVA sobre el impacto potencial del coste de la energía sobre la competitividad, aunque no resuelve la duda, da alguna pista.
El análisis sostiene que en las últimas tres décadas, la industria española ha reducido la intensidad energética de la industria casi un 30%. Sin embargo, la mayor parte de ese ahorro de energía se debe a cambios hacia actividades menos intensivas en energía, más que por avances en eficiencia de los procesos productivos, que solo suponen el 28% del total.
Y lo hace tras analizar todos los sectores, como son el hierro y el acero; la industria química; la de metales no férreos, como el aluminio, el cobre o el zinc; minerales no metálicos, como el cemento, la cerámica o el vidrio; equipos de transporte; maquinaria; alimentación; papel, madera y textil. Y tras advertir que la exposición de muchos de ellos al aumento de los costes de los suministros, en un contexto «marcado por la tensión geopolítica» y «la volatilidad de los precios de la energía».
Dos análisis
Para llegar a esa conclusión, los autores del informe analizan primero la «intensidad económica de la energía» en la industria. Es decir, cuánto más o menos paga la industria en su factura energética para producir la misma cantidad de valor económico. Y el resultado es que para generar un euro de valor añadido en 2020, la industria española tuvo un coste energético un 9,7% inferior al de 2008, reducción muy inferior a la de Alemania (32,2%) o Portugal (42,4%).
Esa menor intensidad económica de la energía se puede deber a que el precio de la energía es menor que el precio del producto o a variaciones en el consumo de energía. Eso lleva a los autores del estudio a analizar si ese último caso, el que hace referencia a la disminución del consumo, tiene que ver con una mayor eficiencia en la utilización de la energía por parte de un sector o a cambios en la estructura del tejido industrial.
Y el resultado es que, aunque existen ganancias en eficiencia, la mayor parte (72%) de la reducción del consumo responde a que ha aumentado el peso de sectores menos intensivos en energía y, por tanto, la energía total es menor. De hecho, el análisis por ramas de actividad muestra que solo cuatro sectores (químico y petroquímico, productos textiles y cuero, equipos de transporte, y maquinaria) arrojan mejoras atribuibles a ganancias en eficiencia energética.
Tomar medidas
A partir del análisis, los autores del estudio plantean la «necesidad» de incentivar la «eficiencia real», ya que «la reducción de la intensidad energética por la vía estructural podría ser síntoma de la pérdida de capacidades industriales en sectores estratégicos». Y plantean dos medidas fundamentales: impulsar el autoconsumo en la industria y desplegar incentivos al ahorro energético. «La resiliencia de la industria manufacturera española ante futuros shocks energéticos depende de una estrategia integral», advierten.
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