Es tiempo de la Fiesta de los Patios, que es lo que está declarado Patrimonio de la Humanidad; del Concurso Municipal de Patios, su cara más visible, y del Festival de Patios, el programa paralelo de actos y actuaciones, su banda sonora. Por cierto, tres cosas muy distintas que muchos se empeñan en seguir confundiendo. Pero lo importante es que es tiempo de patios y de elogios y cantos tan exagerados como merecidos, igual que desmedida es la propia esencia de esta fiesta. Un servidor, sin embargo, quisiera hablar de los pecados capitales de los patios, algo que nos puede aclarar mucho de esta celebración, más pecaminosa de lo que parece.
Y es que el propio nacimiento de la Fiesta de los Patios es fruto de la soberbia y la envidia. De cuando Paquita (o Rafaela, o Antoñita) abría su casa para que Mari Carmen(o Felisa, o Anita) pudieran comprobar lo monísimo que estaba el patio y lo hacendosa que era la gente que vivía en esta casa de muchos y «no como en tu caso, vecina, que tienes el patio que es una escombrera. Que se puede ser pobre pero curiosita», venía a decir Paquita sin abrir la boca. También está la pereza de algunos cuidadores, porque regar y atender cada día del año las plantas y el recinto es una pesada labor que no está pagada. Más de uno se tiene que pegar un paquete a trabajar los días antes del concurso. En los patios, la pereza es un pecado que lleva consigo la penitencia. Luego está la ira. Es el segundo viernes del concurso, cuando se conocen los premios y la mayoría ve que sus esfuerzos no han sido entendidos ni recompensados. E incluso encontramos algo de lujuria y gula por algunos ‘excesos expositivos’ y visitantes que se pegan atracones de fotos sin disfrutar la experiencia. Pero la mayor amenaza para la fiesta viene de la avaricia. No de los generosos cuidadores, sino de la propia ciudad, del proceso de mercantilización y turistificación del Casco Histórico y de los inalcanzables precios de la vivienda en esta zona, que ya hacen prohibitivo a los jóvenes vivir en el centro y complica aún más el relevo generacional. Ese es ahora el mayor pecado que puede condenar la fiesta al infierno.
Sin embargo, y salvo en este último caso de la avaricia, así debe ser. Porque los motivos de los vicios en Los Patios son también las razones de sus tres virtudes teologales: fe en que el visitante entenderá el esfuerzo y lo que el cuidador transmite con cada flor abierta, esperanza en que esta maravilla efímera sea un renacimiento y marque una nueva primavera para los moradores y Córdoba. Y caridad, entendida como amor. Un amor infinito a la vida y a un mundo al que abren las puertas en mayo.
*Periodista















