Van a ser tres días de vértigo político en Pekín. La cumbre más importante del año, previsiblemente. Y también el duelo de dos titanes de personalidad opuesta: de un lado, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump (79 años), impulsivo, cortoplacista, espontáneo; del otro, el autócrata chino, Xi Jinping (72 años), serio, formal, ortodoxo y con la vista puesta en la próxima década, como poco.
Trump llega a Pekín en su peor momento. Solo el 37% de los estadounidenses aprueba su gestión como presidente, según la última encuesta de The Washington Post-ABC News-Ipsos. Está enfangado en una guerra con Irán a la que no consigue poner fin y que reprueban casi siete de cada diez conciudadanos.
Peligra por ello la escasa mayoría republicana en el Senado y la Cámara de Representantes en las elecciones de medio mandato del próximo noviembre. De perder ambas cámaras, se convertiría en unos meses en lo que en Estados Unidos se llama despectivamente un «pato cojo», un presidente sin poder de cambiar casi nada; con la salvedad de que él suele saltarse las limitaciones del cargo hasta que le frenan los tribunales.
Venezuela e Irán, aliados de China
Cuando sea recibido con pompa y boato en la capital milenaria china, Trump tendrá las manos aún manchadas metafóricamente de la sangre de dos líderes aliados de Xi Jinping: el presidente de facto de Venezuela, Nicolás Maduro, secuestrado y enviado a una cárcel de Nueva York; y el ayatolá Alí Jameneí, asesinado junto a su familia el pasado 28 de febrero, en los bombardeos conjuntos israelo-estadounidenses que dieron comienzo a la guerra contra Irán.
Ambos eran proveedores de petróleo para China, especialmente importante Irán. Pekín intenta ahora mitigar el golpe energético con proveedores alternativos de energía, pero su economía no consigue crecer mucho más del 5%, por debajo de los estándares históricos chinos.
En ese contexto, que se vaya a celebrar la reunión ya es un avance. Se pospuso hace un mes porque Estados Unidos estaba empantanado en su mayor despliegue bélico en Oriente Próximo desde la guerra de Irak. El objetivo de Washington es que ese conflicto en particular, y la geopolítica en general, no haga descarrilar el encuentro.
«La agenda de la visita la ha hecho sobre todo el secretario del Tesoro, Scott Bessent. Está centrada en temas económicos y de comercio. Por eso en el avión, de forma extraordinaria, viajarán con Trump consejeros delegados de las principales empresas, como Boeing, Apple o Tesla, entre otros», explica a EL PERIÓDICO Carlota García Encina, investigadora principal del Real Instituto Elcano. «Están abiertos los temas de Ucrania, Irán, Taiwán o la carrera por la inteligencia artificial, pero creo que la intención de Trump es conseguir cerrar un acuerdo económico que sirva para calmar a sus bases de votantes. Necesita llevarse algún mensaje positivo de cara a las elecciones. Su base electoral, especialmente trabajadores y agricultores, está sufriendo los efectos de los aranceles y de la crisis energética vinculada al cierre del estrecho de Ormuz. Por eso probablemente veremos anuncios de compras chinas de soja, energía o aviones estadounidenses».
La guerra arancelaria, en pausa
El 20 de octubre de 2025, Washington y Pekín sellaron una tregua parcial en su guerra comercial, tras una reunión entre Trump y Xi en Busan (Corea del Sur).
El acuerdo prorrogó durante un año la reducción temporal de los mal llamados aranceles recíprocos: Estados Unidos decidió mantener los gravámenes sobre productos chinos en el 10% (en lugar del 24%) y China hizo lo propio con buena parte de las importaciones estadounidenses.
Imagen de archivo del presidente de EE.UU. Donald Trump (L) y el presidente de China Xi Jinping (C) dándose la mano tras su reunión en el salón de recepción Naraemaru dentro de una base de la Fuerza Aérea en Busan, Corea del Sur, 30 de octubre de 2025. / Huang Jing / Europa Press
Pekín pospuso un año también la puesta en marcha del control de las exportaciones de minerales críticos, especialmente las tierras raras, y se comprometió a cooperar en la lucha contra el tráfico de fentanilo sintetizado en China.
Un mes antes, en un encuentro preparatorio en Madrid, Estados Unidos y China acordaron los detalles de la venta de la filial estadounidense de la red social TikTok.
«Ahora mismo la relación está en una especie de equilibrio inestable. No hay una agenda especialmente positiva, pero tampoco una escalada grande de fricción. La sensación es que ambas partes quieren prolongar esa estabilidad y ganar tiempo», aporta García Encina.
Primera visita en nueve años
La visita de Trump a Pekín entre este miércoles 13 y el viernes 15 de mayo no alcanzará el nivel de importancia histórica de encuentros como el del presidente estadounidense Richard Nixon y el líder chino Mao Zedong de 1972, que marcó el inicio del deshielo en las relaciones entre Estados Unidos y la República Popular China.
Visitas de presidentes de Estados Unidos a China
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Pero será el primer viaje de un presidente estadounidense a China en casi nueve años (Joe Biden nunca acudió) y la segunda visita de Trump.
Coincide con muchas tensiones entre las dos grandes superpotencias. La previsión es que los acuerdos comerciales ayuden a amortiguar la lucha entre las dos potencias económicas.
Retórica de Trump sobre Taiwán
Entre las grandes incógnitas está si Trump cambiará el tono sobre la isla de Taiwán. En los mentideros diplomáticos globales se teme que, ansioso como está por conseguir algún acuerdo económico que le reconcilie con sus bases, Trump rompa el equilibrio retórico de Estados Unidos sobre la cuestión.
Podría decir, por ejemplo, que no se opone a la «reunificación pacífica» de la República de China (Taiwán) con la República Popular de China. Eso sería ya un cambio sísmico, porque hasta ahora el mantra desde Washington era simplemente oponerse a cualquier cambio no pacífico del statu quo.
Podría incluso llegar más lejos y romper la llamada ambigüedad estratégica de Estados Unidos, la doctrina por la cual Washington ni confirma ni descarta si acudiría en auxilio militar de la isla en caso de invasión. Cualquier cambio del lenguaje en un presidente dado a los mensajes abruptos y poco pensados podría alterar la estabilidad regional y sería un aviso para sus aliados en la región, entre ellos, Japón, Corea del Sur, Australia y Filipinas.
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