La dana que azotó la provincia de Valencia el 29 de octubre de 2024 dejó 229 fallecidos, y miles y miles de vidas destrozadas. Entre otras cosas porque hay circunstancias y condicionantes que persisten una vez que las precipitaciones remiten y el agua poco a poco va desapareciendo, como, por ejemplo, el barro. Y eso precisamente es lo que ha investigado la enfermera ilicitana Anna Rodes Cascales, que actualmente trabaja en la planta de Digestivo y Endocrino del Hospital General Universitario Doctor Balmis de Alicante, en “Impacto en la salud pública de los eventos meteorológicos extremos: inundaciones”, que no sólo se convirtió en su trabajo del fin de máster en Salud Planetaria de la Universitat Oberta de Catalunya, sino que también le ha valido obtener el Premio Scele en su tercera edición, en el marco del XII Congreso Nacional y II Internacional de Scele de la Sociedad Científica Española de Enfermería celebrado recientemente en Alicante, lo que permitirá también su publicación en la revista científica de la organización. Hasta el punto de que en su estudio, entre otras conclusiones, apunta a dos datos clave. Por una parte, los efectos sanitarios y socioeconómicos de diversa índole que dejan las inundaciones y el barro, no sólo durante semanas o meses, también durante años. Por otro, el impacto desigual en función de los grupos sociales.
La enfermera e investigadora ilicitana Anna Rodes Cascales, en la Glorieta. / Áxel Álvarez
El cambio climático, en el foco
El estudio, tutorizado por Juan Jesús García Iglesias, parte de cifras estremecedoras. Entre otras, los 3.550 millones de personas afectadas por el cambio climático entre 1990 y 2019, las 242.516 muertes documentadas en 168 países, o los 47.368 días de inundaciones registrados. Ahora bien, por encima de todo, llama la atención sobre el caso que impulsó la investigación de Anna Rodes Cascales: las precipitaciones históricas registradas en la provincia de Valencia en 2024 y que superaron los registros en múltiples estaciones de medición. Un fenómeno sin precedentes en el que la especialista en Enfermería ilicitana trató de ahondar teniendo claro que la salud no es sólo biología, sino también entorno, economía y sociedad, sin perder de vista que cada vez más se intensifican los fenómenos extremos, como ella misma destaca. Con estos puntos de arranque, la pregunta que trataba de responder Anna Rodes Cascales era clara: “¿Qué enfermedades pueden sufrir las personas expuestas de forma continuada al barro tras una inundación”, especifica. Una cuestión que trató de contestar apoyándose en una revisión de la literatura científica internacional, hasta identificar 111 artículos, de los que, finalmente, incluyó 29, dos de ellos cualitativos y el resto cuantitativos, con investigaciones de entre 2014 y 2025, y 168 países representados.

Anna Rodes Cascales, hace unos días, durante la presentación de su trabajo en el congreso. / INFORMACIÓN
Los tiempos
Los resultados, en este sentido, como explica Rodes Cascales, muestran una cronología clara de riesgos sanitarios tras las inundaciones. Así, a corto plazo, en los primeros cuatro días, predominan las gastroenteritis y diarreas infantiles, las infecciones respiratorias agudas, los traumatismos y lesiones por escombros, y las infecciones cutáneas provocadas por la convivencia en refugios. A medio plazo, entre cuatro días y doce semanas después, se apunta a un aumento de enfermedades como la leptospirosis por el desplazamiento de roedores; dengue y arbovirosis transmitidas por mosquitos; así como casos de legionelosis, con más del 32 % de hospitalizaciones; y complicaciones en personas con enfermedades crónicas.

Anna Rodes Cascales, recogiendo el premio, durante el congreso. / INFORMACIÓN
A largo plazo
La investigación también advierte de consecuencias persistentes a largo plazo. De hecho, incluso años después de las danas, pueden aparecer casos de hepatitis A o hepatitis E; malaria en zonas endémicas; ansiedad crónica, depresión o trastorno de estrés postraumático; y enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares. Entre los principales patógenos identificados, además, la enfermera ilicitana señala bacterias como E. coli, Salmonella, Legionella, Leptospira, Vibrio cholerae, Flavivirus o Shigella.

Anna Rodes Cascales, en la Glorieta de Elche. / Áxel Álvarez
Desiguales efectos
Por otro lado, en el trabajo también se detalla que las consecuencias no afectan a toda la población por igual. Los adultos mayores aparecen como uno de los grupos más vulnerables, hasta el punto de que Rodes Cascales habla de 9.039 muertes en Estados Unidos entre 1999 y 2017, con un 20,6 % más de mortalidad en residencias tras el huracán Harvey de 2017, aunque subraya que el mayor riesgo se da en hombres e indígenas americanos. Los niños y adolescentes también sufren impactos significativos, con una mayor incidencia de infecciones gastrointestinales, y un alto impacto psicosocial y educativo, siendo más vulnerables en refugios y zonas rurales. En esta línea, según la investigadora, la vulnerabilidad se agrava especialmente entre personas con bajos ingresos, migrantes y residentes en asentamientos informales o zonas rurales. El acceso limitado a saneamiento y atención médica y el mayor tiempo de exposición al agua contaminada explican esos impactos.
Las conclusiones
Con estos puntos de partida, la experta ilicitana apoya las conclusiones de su trabajo en cinco pilares, comenzando por el hecho de que el estudio considera que el Mediterráneo es un “hot spot” de riesgo, lo que implica que el calentamiento global incrementará tanto los riesgos físicos como las desigualdades socioeconómicas, afectando en particular a esta región. A partir de ahí, resalta que las inundaciones generan efectos sanitarios multidimensionales, como enfermedades infecciosas, trastornos mentales y consecuencias socioeconómicas que persisten años, con el matiz de que el impacto se distribuye de forma desigual, con personas mayores, niños, familias vulnerables y migrantes padeciendo consecuencias que Anna Rodes Cascales tilda de “desproporcionadas”. Por eso mismo, aboga por una gestión integral del riesgo, desde un punto de vista multidisciplinar que combine salud pública, ingeniería, gobernanza y compromiso comunitario, teniendo en cuenta que, según la investigadora de Elche, existen brechas de conocimiento relevantes, porque faltan estudios longitudinales, datos de salud mental y análisis contextualizados para la zona mediterránea. La intención de esta enfermera ilicitana es continuar profundizando en esta cuestión con nuevas investigaciones.
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