Los años más negros de El Salvador comenzaron en 1979, cuando triunfó un feroz golpe militar contra un general, Carlos Humberto Moreno, el último eslabón de una cadena de gorilas uniformados que se habían sucedido desde 1931. Por lo visto, eran humoristas porque llamaron a su organización Partido de Conciliación Nacional.
Los nuevos gobernantes crearon una Junta Revolucionaria y prometieron reformas políticas y económicas, pero siguieron matando gente y haciendo negocios. De facto, en 1979 empezó una guerra civil que se prolongaría doce años. Doce años de matanzas, secuestros, torturas, asesinatos, robos, amenazas, violencia callejera y extorsión. Al otro lado, surgió una constelación muy activa de grupos de extrema izquierda encabezados por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que intentaba, y a menudo conseguía, infiltrarse en la sociedad civil.
Hundimiento económico, recrudecimiento de la violencia, la oportunidad perdida para la paz en el gobierno de Napoleón Duarte, huida de decenas de miles de salvadoreños hacia Estados Unidos y, desde finales de siglo, la eclosión del fenómeno de las pandillas criminales, que aprendieron pronto a ser más crueles y brutales que los militares o los revolucionarios.
Una poeta, Ana María Rivas, se dirigió así a la patria: «Te cambiaron los ojos por dardos, los dedos por gusanos y los pies por estacas«.
En 2018 los salvadoreños estaban hartos de violencia. Un político joven y carismático, Nayib Bukele, creyó ver una oportunidad. Había sido alcalde de San Salvador por el FMLN, pero montó su propio partido, Nuevas Ideas, y para captar voto rural, selló una alianza con una fuerza ya experimentada, la Alianza por la Unidad Nacional. En las elecciones presidenciales de febrero de 2019 ganó por más del 53% de los votos emitidos.
Nayid Bukele proviene de una familia muy rica. Su padre, Armando Bukele, de origen palestino, creó un gran patrimonio empresarial que incluye fabricación y venta de ropa, agencias de publicidad, farmacias e importación y venta de automóviles, con varias fincas agrícolas importantes y muchas propiedades en la capital salvadoreña. Precisamente, Bukele ha explicado que no terminó la licenciatura en Derecho porque debió dedicarse a la gestión de las empresas de la familia. Al principio parecía un político ecléctico, fiscalmente progresista y socialmente conservador, pero pronto su discurso enfatizó un populismo muy nacionalista y con un creciente tono mesiánico.
Aunque algunos opinan que improvisa y a veces recula, los hechos demuestran tercamente que el bukelismo tiene una clara estrategia: construir un nuevo régimen que perpetúe al presidente en el poder. Por supuesto, se aseguró de ganar las elecciones legislativas y tiene una amplia mayoría absoluta en el Parlamento. Ha sabido cooptar el Tribunal Supremo y jubiló a todos los jueces de más se sesenta años. También consiguió que se le permitiera a optar a un segundo mandato en 2023 y nadie duda que lo intentará de nuevo, aunque necesite modificar la Constitución.
En sus primeros meses, a través de un Plan de Control Territorial, golpeó duramente a los pandilleros. No fue suficiente. Pidió el estado de excepción al Parlamento y se lo dieron. La orden fue matar a todos los pandilleros que se pudiera. Al mismo tiempo se reformó el Código Penal. Pertenecer a una banda de pandilleros se castiga con veinte años de cárcel, con cuarenta años en el caso de los cabecillas. Se prohibieron las rebajas de penas y los indultos. Entre 2020 y 2022 fueron ejecutados cientos de pandilleros.
En enero de 2023 fue inaugurando el Centro de Confinamiento del Terrorismo, con una capacidad de 40.000 reclusos; Bukele está dispuesto a admitir (y lo ha hecho) a latinos expulsados ilegalmente de Estados Unidos a cambio de una buena pasta. El CCT es «un agujero negro de los derechos humanos», según Amnistía Internacional. El PIB de El Salvador creció en 2025 alrededor de un 4% empujado por el turismo, la inversión privada y la construcción, pero la deuda estatal es alta, todavía depende de las remesas de los emigrantes y la reforma fiscal no ha sido exitosa. La clase media todavía es débil e inestable.
La familia de Bukele se ha enriquecido aun más en los últimos cuatro años, el presidente sonríe y explica que todo el mundo tiene derecho a prosperar. Lo apoya más del 80% de los ciudadanos. Bukele insiste: los únicos que querrían volver a la vieja democracia son los pandilleros.















